Roselyn giró su muñeca en un intento de liberarse, pero antes de que pudiera siquiera alcanzar la manija de la puerta, Nathan la atrajo hacia sus brazos. Con un giro brusco, él la presionó contra el asiento, quedando sobre ella.
"Señor, ¿qué quiere hacer? Por favor, no haga nada imprudente. ¡Ya no le pediré que me pague!", balbuceó en pánico la chica mientras intentaba zafarse de sus brazos.
"Te compensaré bien si me ayudas", propuso el hombre, y con el poco aplomo que le quedaba, sacó de su bolsillo una tarjeta bancaria dorada y la puso frente a ella.
Los instintos de Roselyn le gritaban que lo rechazara, pero el brillo de la tarjeta resplandecía como un cruel recordatorio de su abuelo en la UCI y las tarifas del hospital, así que tragó grueso y accedió.
Por suerte, él era inquietantemente atractivo y su rostro era tan refinado que parecía esculpido por los dioses. Se podría decir que era el ser más hermoso que ella había visto en su vida.
El calor acumulado dentro de Nathan se negaba a permanecer contenido, y el cuerpo suave de Roselyn presionado contra él alimentaba un hambre voraz que terminó rompiendo por completamente su autocontrol.
Por su parte, la chica no sabía nada de intimidad. De hecho, su primera vez no le dejó nada más que intensos recuerdos de dolor.
Bajo los árboles, el sedán blanco se mecía suavemente ante el resplandor plateado de la luna, como un barco solitario a la deriva en un mar tranquilo.
Roselyn soltó más de un grito, y cada vez que creía que el hombre había terminado, este comenzaba de nuevo con un implacable ritmo. ¡Ni siquiera parecía cansarse!
En la última ronda, la chica ya no tenía fuerzas para continuar suplicando.
Dado que el agotamiento empezó a hacer lo suyo, ella comenzó a quedarse dormida, y apenas escuchaba a Nathan hablar por teléfono.
La brisa matutina que se colaba por la ventana entreabierta la despertó en un momento.
"Me duele", balbuceó.
Ahora ella estaba tumbada de espaldas en el auto, y su cuerpo dolorido le recordó con brutal claridad lo irreal que había sido la noche anterior en los brazos de un hombre que no conocía.
Tras despertar de golpe, recordó la tarjeta, así que se incorporó rápidamente y escudriñó el asiento trasero.
Allí estaba la tarjeta junto a una nota que decía: "No se necesita contraseña".
Agarrándola fuertemente, ella se enderezó. Entonces trató de asimilar el hecho de que había pasado la noche con un extraño, y la verdad era que no sabía si debía reír o llorar.
De repente, su celular sonó. Era el hospital de nuevo, exigiendo el pago.
Ante eso, ella se armó de valor y abrió la puerta. En cuanto sus pies tocaron el suelo, una sensación de entumecimiento en sus piernas casi la hizo caer.
Murmurando el nombre de Nathan entre dientes, cojeó hasta el lado del conductor, y con cada paso, hacía una mueca de dolor. Tras abrocharse el cinturón de seguridad, lanzó su celular al tablero y puso el auto en marcha, dejando atrás el bosque que nunca quería volver a ver.
Ese hombre sabía lo que quería de ella desde el instante en que se subió al vehículo; Roselyn nunca había conocido a alguien tan descarado.
Una vez que volvió a su apartamento, la chica se duchó para quitarse los restos de la noche anterior, se puso ropa limpia y se dirigió directamente al hospital para saldar la cuenta.
Treinta minutos después, sintiéndose renovada, llegó al puesto de facturación del hospital.
En cuanto deslizó la tarjeta dorada de Nathan sobre el mostrador, el banco alertó rápidamente al personal correspondiente y, sin que ella lo supiera, eso la puso bajo vigilancia.
Después de realizar el pago, planeaba visitar a su abuelo. Pero al salir del edificio, un bullicio inesperado más adelante captó su atención. Tres autos de lujo estaban estacionados ordenadamente, y sus placas distintivas identificaban sin lugar a dudas a sus propietarios como personas ricas y poderosas.
Con la intención de evitar problemas, Roselyn pensó en pasar junto a los vehículos y dirigirse al área de hospitalización.
Sebastian Brown, el Jefe de Gabinete del presidente, se le acercó y le habló con tranquila autoridad y respeto. "Disculpe, ¿es usted la señorita Roselyn White?".
Aunque dudó, la chica asintió. "Sí".
"Nuestro superior desea hablar con usted, señorita White. Por favor, acompáñenos", la instó Sebastian.
Eso la molestó, puesto que ella no conocía a ese "superior" del que le hablaban y no tenía interés en conocerlo.
Sin embargo, dado que el hombre que tenía enfrente ya había anticipado su negativa, le mostró su celular. En la pantalla había imágenes de seguridad de ella usando la tarjeta bancaria.
"Si quiere ver a su abuelo de nuevo, suba al auto. De lo contrario, tendré que denunciarla por robo. Y si la declaran culpable, pasará mucho tiempo antes de que pueda encontrarse otra vez con él", la amenazó sonriente.
Roselyn no necesitó más explicaciones; su libertad y el bienestar de su abuelo ahora estaban en juego.
La promesa de Nathan resonó de repente en su memoria, por lo que una mezcla de vergüenza y furia se arremolinó en su interior.





