Con mi fecha de parto a la vuelta de la esquina, el "síndrome del nido" me golpeó con toda su fuerza. Me pasaba los días navegando en Mercado Libre, comprando todo lo que nuestra bebé necesitaría: pañales, ropa, una cuna, un monitor para bebés.
Para no perder la cuenta y facilitar las cosas, usaba mi cuenta de Mercado Pago para todo. Era un sistema que habíamos acordado con mi esposo, Máximo. Yo pagaba y a fin de mes, él me reembolsaba el total.
Máximo era un hombre hecho a sí mismo, un ingeniero de software que venía de la pobreza y le tenía un pánico terrible a volver a ella. Cada peso contaba. Yo lo entendía, o al menos, trataba de hacerlo. Por eso dejé mi carrera como diseñadora gráfica, para apoyarlo en su empresa y para que pudiéramos formar una familia sin presiones económicas extras.
Pero su ahorro se había convertido en una tacañería que me asfixiaba.
Este mes, con las ofertas del Buen Fin, el gasto fue un poco mayor. Cuando le pasé el total, Máximo sonrió, pero fue una sonrisa tensa.
"Claro, mi amor. Déjame revisar la lista y te transfiero."
Se sentó con su laptop, abriendo mi estado de cuenta de Mercado Pago en una pantalla y una hoja de cálculo en la otra. Lo vi fruncir el ceño, sus dedos tecleando con una furia contenida.
"Luciana," su voz era fría. "Hay un cargo aquí de 500 pesos que no tiene un producto correspondiente. ¿Qué es?"
Me acerqué, tratando de ver la pantalla. "¿500 pesos? Déjame pensar…"
Pero él no me dejó pensar. Se levantó de un salto, con el rostro rojo de ira.
"¿Pensar? ¿O estás tratando de inventar una historia? ¿Crees que soy estúpido? ¿Estás inflando las cuentas para sacarme dinero?"
Me quedé helada. No por la acusación, sino por el veneno en su voz.
"Máximo, ¿de qué hablas? ¿Por 500 pesos?"
"¡No es por los 500 pesos! ¡Es por la mentira! ¡La deshonestidad!" gritó, y sin decir más, agarró las llaves del coche y salió dando un portazo.
Sabía exactamente a dónde iba. Al Punto de Entrega de la comunidad, donde yo había recogido la mayoría de los paquetes esa misma tarde.
Un terror helado me recorrió. Cogí mi abrigo como pude y salí tras él, mi enorme barriga dificultando cada paso. Tenía que detenerlo antes de que hiciera una escena.
Pero llegué demasiado tarde.





