Capítulo 2
Recuerdos y sensaciones.
Samantha no podía permitirse ser una víctima más.
Con un último respiro tembloroso, salió del baño, tomó su celular y, sin darse tiempo de dudar, buscó el número de Valeria.
-¿Sam? -respondió su amiga al segundo tono, con voz preocupada.
-Necesito verlo -dijo, sin rodeos.
Valeria tardó un par de segundos en responder.
-¿A quién?
Samantha cerró los ojos.
-A Liam Decker.
El silencio al otro lado de la línea fue denso.
-Sam, ¿estás segura?
-No tengo otra opción. Es eso o sentarme a ver como mi padre se pudre en la cárcel por un crimen que no cometió.
-Liam no es... -Valeria suspiró-. No es un hombre fácil. Es frío, calculador, arrogante. Si vas a pedirle ayuda, más te vale estar preparada para jugar bajo sus reglas.
-No me importa cómo sea -afirmó Samantha, con una determinación recién nacida en su interior-. Si él es el único que puede ayudarme a sacar a mi padre de prisión, entonces haré lo que sea necesario para lograrlo.
Valeria maldijo en voz baja.
-Está bien. Puedo conseguirte una reunión con él. No será fácil, pero lo haré.
-Gracias, Val.
-No me lo agradezcas todavía. Y, Sam... no bajes la guardia. Liam Decker no es un hombre con el que se pueda jugar.
Samantha terminó la llamada y dejó el celular sobre la mesa.
Sus dedos se cerraron en puños mientras su mirada se endurecía.
No tenía intención de jugar. Tenía intención de ganar.
Dos días después, Samantha se encontraba en el vestíbulo de uno de los edificios más exclusivos de Nueva York. La oficina de Liam Decker ocupaba el último piso, un símbolo claro de su estatus y poder.
El recepcionista, un hombre de traje impecable, la miró con escepticismo cuando mencionó su nombre.
-El señor Decker no suele recibir visitas sin cita previa -dijo con voz cortante.
-Dígale que Samantha Brown está aquí -insistió, tratando de mantener la compostura.
El hombre la evaluó con la mirada, claramente dudando de que su nombre tuviera algún peso. Sin embargo, tomó el teléfono y marcó un número interno.
-Señor Decker, hay una señorita Brown aquí. Dice que quiere verlo.
Hubo un silencio tenso mientras escuchaba la respuesta del otro lado.
Finalmente, el recepcionista colgó y la miró con expresión neutra.
-El señor Decker la recibirá en cinco minutos. Puede subir en el ascensor privado.
Samantha sintió un extraño alivio y nerviosismo al mismo tiempo.
El ascensor subió con rapidez, y cuando las puertas se abrieron, se encontró en un pasillo minimalista con paredes de vidrio.
Al fondo, una puerta de madera oscura se abrió, y una mujer de traje negro la hizo pasar.
El despacho de Liam Decker era imponente. Una pared de cristal revelaba la ciudad a sus pies, y el mobiliario era sobrio pero lujoso.
Y allí estaba él.
Liam Decker.
Alto, con el porte de un depredador, vestido con un traje perfectamente confeccionado. Su rostro era severo, con rasgos afilados y una mirada que irradiaba inteligencia y peligro.
Se encontraba de pie junto a su escritorio, con las manos en los bolsillos de su pantalón, observándola con una mezcla de curiosidad y desinterés.
-Señorita Brown -saludó, con voz profunda y controlada-. Me intriga saber por qué está aquí.
Samantha sostuvo su mirada.
-Necesito su ayuda -fue lo más directa posible.
Liam enarcó una ceja, sin moverse.
-¿Y por qué debería ayudarla?
Ella tragó saliva.
-Porque sé que le gusta ganar. Y si me ayuda, esta será una victoria que nadie podrá ignorar.
Liam sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un hombre que disfrutaba del juego.
-Interesante respuesta. Tome asiento, señorita Brown. Vamos a ver si tiene algo que valga la pena.
Samantha exhaló lentamente y se sentó.
El juego había comenzado.
Samantha sintió el peso de la mirada de Liam Decker sobre ella, fría y calculadora, como si pudiera diseccionarla con solo observarla. Sus ojos, de un gris acerado, la escrutaban con un matiz de interés apenas perceptible.
Y entonces, sin previo aviso, su mente la traicionó.
Un destello.
Un recuerdo enterrado que la golpeó con la fuerza de un latigazo.
Aquellos ojos...
La música retumbaba en el bar, un murmullo constante de risas, vasos chocando y conversaciones entrecortadas. Samantha había llegado allí sin un plan, sin un destino. Solo quería perderse en la multitud, ahogar su dolor en tragos amargos y olvidar, aunque fuera por una noche, la pesadilla en la que se había convertido su vida.
-Otro -pidió, deslizando su vaso vacío hacia el bartender.
El hombre le lanzó una mirada de advertencia antes de servirle más whisky.
-¿Noche difícil?
Samantha soltó una risa seca.
-Podría decirse que la peor de mi vida.
Se llevó el vaso a los labios y sintió la quemazón del alcohol recorriendo su garganta.
-No deberías beber sola -dijo una voz masculina a su derecha.
Giró la cabeza con lentitud y lo vio.
Un hombre alto, de porte impecable, vestido con una camisa negra y el primer botón desabrochado, lo que le daba un aire de peligro innegable. Su rostro era severo, con una mandíbula fuerte y unos labios que parecían esbozar una sonrisa apenas insinuada.
Pero lo que la atrapó fueron sus ojos.
Grises.
Fríos.
Hipnóticos.
-No recuerdo haberte pedido compañía -respondió Samantha, con la lengua un poco torpe por el alcohol.
El desconocido apoyó un codo en la barra, estudiándola con una intensidad que la hizo estremecer.
-No lo hiciste. Pero aquí estoy.
Había algo en su presencia que la hacía querer apartar la mirada y, al mismo tiempo, quedarse atrapada en ella.
-Entonces, dime, ¿qué hace un hombre como tú en un bar como este?
Él escuchó, pero no le respondió de inmediato.
Tomó su propio vaso y bebió con calma, como si sopesara si valía la contestar.
-Tal vez lo mismo que tú -dijo finalmente-. Olvidar.
Samantha dejó escapar un suspiro amargo.
-No creo que puedas superarme en eso.
Él inclinó levemente la cabeza.
-¿Quieres apostar?
Había un atisbo de desafío en su tono, algo que encendió una chispa en el pecho de Samantha. Una chispa peligrosa, que la hizo sentir viva por primera vez en mucho tiempo.
Y así empezó todo.
No recordaba exactamente en qué momento la conversación se volvió coqueteo o cuándo su risa se mezcló con la suya. Solo recordaba la calidez de su aliento cuando se inclinaba para susurrarle algo al oído, el roce de sus dedos sobre su muñeca, la forma en que su corazón latió con fuerza cuando la tomó de la mano y la sacó de ese bar.
La noche se desdibujó en sensaciones.
El ascensor del hotel.
Los labios de él sobre los suyos, demandantes, hambrientos.
El calor de su piel bajo sus manos, el aroma a whisky y algo inconfundiblemente masculino.
Las sábanas frías y la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el suyo.
Samantha cerró los ojos un instante, atrapada en el recuerdo.
Había huido antes de que amaneciera, antes de que pudiera verlo a la luz del día, cuando todo habría sido demasiado real. No sabía su nombre. No quise saberlo.
Hasta ahora.





