Ojos Abiertos en la Oscuridad

El olor a café tostado y a pánico llenaba el aire. Era la hora pico de la mañana en "El Tinte de la Séptima", nuestra cafetería, un hervidero de estudiantes con los nervios a flor de piel. Justo al lado, la universidad más prestigiosa de Bogotá abría sus puertas para el examen de admisión, un evento que paralizaba esta parte de la ciudad cada año.

Mi mundo, en cambio, se estaba encogiendo.

Primero, los colores se apagaron, como si alguien le hubiera bajado la saturación a la vida. Luego, una niebla gris se instaló en los bordes de mi visión, avanzando implacable hacia el centro.

"Patrick, ¡dos lattes y un americano para la mesa cuatro!", gritó mi jefe desde la caja.

Intenté enfocarme en la máquina de espresso, pero mis manos temblaban. Las tazas de cerámica blanca eran solo manchas borrosas. El vapor silbante de la máquina sonaba lejano, ahogado. El pánico me subió por la garganta.

"No veo", susurré, pero nadie me escuchó por encima del estruendo.

La oscuridad se cerró por completo, como una cortina de teatro cayendo sobre mi última escena. Me desplomé, el sonido de la porcelana rompiéndose fue lo último que registré antes de que el silencio se lo tragara todo.

Mi vida se hizo añicos. Adiós a mi carrera como barista, adiós a mi sueño de volver a las competencias de cata. Me convertí en una carga, una sombra que se movía a tientas por un mundo que ya no podía ver. Los años pasaron en un borrón de oscuridad y desesperación.

Aprendí a ser masajista. Era uno de los pocos oficios donde mis manos podían reemplazar a mis ojos. Mi paladar, antes mi orgullo, ahora solo servía para recordarme lo que había perdido.

Veinte años después, en una camilla de masajes de mi pequeño local, la verdad me encontró.

Dos hombres hablaban en voz baja en la sala de espera. Reconocí sus voces. Eran clientes de la cafetería, de aquel día. Mi memoria auditiva, agudizada por años de ceguera, nunca fallaba.

"Todavía no me creo que funcionara", dijo una voz, la de Víctor Byrd, ahora más grave pero con el mismo tono arrogante. "El barista se quedó ciego de repente, todo el mundo se volvió loco. Fue el momento perfecto para que me pasaras la nota con las respuestas".

La otra voz, fría y calculadora, la de Máximo Sanderson, respondió.

"La ceguera no fue un accidente, primo. Yo me encargué de ello. Necesitaba una distracción, y un barista ciego era la distracción perfecta".

El aire se me heló en los pulmones. No fue un accidente. Mi vida no se arruinó por el azar. Fue un plan.

"¿Qué hiciste?", preguntó Víctor, con un nerviosismo que no recordaba.

"Un pequeño truco de química. Nada que se pudiera rastrear. Una pena por el tipo, pero gracias a eso entraste en la universidad".

Quise gritar, levantarme, enfrentarlos. Pero mi cuerpo estaba paralizado por el shock. Ellos se levantaron para irse.

"¿Y el masajista?", preguntó Víctor.

"Él no importa. No puede ver, no puede hacer nada", dijo Máximo.

Pero yo había escuchado. Lo sabía todo.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, me obligué a moverme. Tenía que ir a la policía. Tenía que hacer algo. Me levanté, tropezando con mis propios pies.

La puerta de mi local se abrió de nuevo. No tuve tiempo de girarme.

Sentí un dolor agudo y helado en la espalda. Una, dos, tres veces. Caí al suelo, un charco caliente extendiéndose bajo mi cuerpo. La última sensación fue el frío del suelo contra mi mejilla.

Y entonces, desperté.

El olor a café tostado y a pánico llenaba el aire. El estruendo de la cafetería era ensordecedor. Parpadeé. La luz del sol de la mañana me cegó por un instante. Podía ver. Podía ver los colores vibrantes de los pasteles de Lina en el mostrador, las caras ansiosas de los estudiantes, mi propio reflejo en el acero pulido de la máquina de espresso.

"Patrick, ¡dos lattes y un americano para la mesa cuatro!", gritó mi jefe.

Era el mismo día. Veinte años atrás.

Miré el reloj en la pared. Faltaban diez minutos para que me quedara ciego.

Esta vez, no sería la víctima. Sería el cazador.

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