El contrato no era un documento; era un tomo.
Repleto de cláusulas legales redactadas en un lenguaje frío y punitivo. Estaba encuadernado en cuero liso y pesaba casi tanto como la carpeta médica de su madre. La asistente de Caín, la eficiente rubia de voz robótica, lo había depositado sobre el escritorio de mármol con el mismo cuidado que se le podría dar a una bomba.
-El señor Foster espera que lo lea en su totalidad- dijo la asistente. -El acuerdo de confidencialidad y las sanciones por incumplimiento están detallados en la Sección C.
Caín se había retirado a una parte acristalada de la oficina, hablando por teléfono en un idioma que Olivia no reconocía (¿alemán? ¿turco?), su voz era un murmullo autoritario. Ella se sentó de nuevo en el sillón de cuero, sintiendo el peso de cada palabra que el abogado de Caín había elegido con malevolencia.
La Sección C era particularmente brutal. Especificaba que cualquier revelación pública de la naturaleza del acuerdo, o cualquier acción que pusiera en peligro la reputación de Caín Foster, resultaría en una demanda de diez millones de dólares y la anulación inmediata de todo pago. La cláusula final de esa sección, escrita en negrita, era una estocada: "La Parte Dos [Olivia Fox] debe abstenerse de cualquier acción o condición previa no revelada que pueda invalidar la apariencia de un matrimonio legítimo y recién formado."
Olivia pasó su mano temblorosa sobre esa frase. Era la cláusula del bebé. El secreto era su mayor acto de incumplimiento y su única esperanza. Si Caín lo descubría, no solo perdería el dinero para la operación de su madre, sino que lo perdería todo y enfrentaría una ruina financiera que duraría generaciones.
Con el pulso acelerado, firmó en las líneas designadas con la pluma de oro macizo que la asistente le ofreció. Cada trazo de tinta era un clavo en el ataúd de su libertad.
Cuando Caín terminó su llamada, se acercó y revisó las firmas con la atención de un auditor, sus ojos metálicos escudriñando el papel antes de firmar él mismo. Era un proceso mecánico, sin el menor atisbo de emoción.
-Bienvenida a la familia, señora Foster- dijo, y el título sonó a sarcasmo. Se puso de pie. -Los quinientos mil han sido transferidos a la cuenta fiduciaria que proporcionaste. El resto de las condiciones se activan en el momento en que cruces la puerta de la mansión.
-¿La puerta de la mansión?- preguntó Olivia, aturdida. -Pensé que...
-Te dije que te mudabas esta noche, Olivia- Caín la interrumpió, su tono impaciente. -No necesito que vayas a despedirte de un apartamento. Ya no existe ese mundo para ti. Tienes veinte minutos para lo que necesites hacer aquí. Mi chofer te está esperando.
Veinte minutos. Veinte minutos para dejar atrás toda su vida y entrar en esta farsa.
El viaje en el sedán blindado de Caín fue surrealista. La ciudad se transformó de rascacielos a barrios residenciales custodiados por muros de piedra y seguridad.
La mansión Foster, ubicada en una colina con vistas a toda la urbe, era menos una casa y más una fortaleza moderna, hecha de vidrio y concreto.
El coche se detuvo ante una gran puerta de roble. Al entrar, Olivia sintió que el frío de la oficina de Caín se había mudado con ella, amplificado por los vastos espacios. El vestíbulo de doble altura no tenía cuadros familiares o recuerdos; solo arte moderno abstracto que gritaba dinero.
Fue recibida no por Caín, que había desaparecido inmediatamente tras entrar, sino por una mujer. Alta, impecablemente vestida y con el cabello rubio oscuro peinado en un chignon tan apretado que parecía doloroso. Esta no era una sirvienta.
-Así que tú eres la elegida. Fascinante- la voz de la mujer era aguda y ácida, como el filo de una navaja. -Soy Süreyya Foster, la tía de Caín. Y te advierto desde ahora, niña: mi sobrino podrá ser ciego, pero yo no lo soy.
Olivia, aunque agotada y asustada, sintió un arrebato de su antiguo orgullo.
-Es un placer, señora Foster. Pero mi nombre es Olivia, y soy la esposa de su sobrino.
Süreyya rió, un sonido seco.
-Por contrato, querida. No intentes jugar a ser la Cenicienta en esta casa. Sé exactamente quién eres y de dónde vienes. Y sé que este matrimonio es una farsa para el Consejo. Caín necesita estabilidad, no una oportunista. Te toleraré por el bien de la fusión, pero un paso en falso, y yo misma te sacaré de aquí. ¿Entendido?
-Entendido- respondió Olivia, conteniendo la necesidad de decirle que ella era la menos interesada en estar allí.
-Bien. Ya que él no está, permíteme ser la encargada de tus... provisiones- Süreyya le hizo un gesto a una criada silenciosa que tomaba las maletas (que el chofer había traído del coche). -Tus habitaciones están en el ala este, lejos de las de Caín. Hay un vestidor completo. Y hazme un favor: déjate de jersey de lana. La señora Foster debe verse elegante.
El encuentro con Süreyya fue un baño de realidad. Caín no solo la había comprado, sino que la había arrojado a un nido de víboras. El verdadero trabajo no sería fingir amar a Caín, sino sobrevivir a su familia.
Ya en la inmensa suite de invitados, Olivia sintió un mareo. Se apoyó contra una pared de seda fría y se obligó a respirar hondo. El estrés y el cambio repentino de dieta siempre la afectaban.
Necesitaba comer algo, y necesitaba absoluto silencio.
Se dirigió al tocador y se miró al espejo. Su rostro estaba pálido, y sus ojos azules, normalmente brillantes, estaban inyectados en sangre. Su cabello rubio parecía apagado. Pero lo que más la asustó no fue su apariencia, sino la voz que le recordó: Estás sola en esto, Olivia. Si Caín se entera, lo pierdes todo.
Dejó su mano sobre su vientre abultado y susurró una promesa al vacío:
-Lo voy a proteger. Por un año, nadie sabrá que existes.
Un fuerte golpe en la puerta la hizo saltar. Era Caín.
-Tenemos una cena de negocios en cuarenta minutos. Ponte presentable. Y asegúrate de usar algo que cubra tu...- Caín la miró fijamente a la cara, no al vientre. -...tu palidez. Recuerda: eres mi esposa felizmente casada.
Y con eso, Caín Foster se marchó, dejándola sola con su primer gran desafío: presentarse como la perfecta Señora Foster ante el mundo, mientras cargaba con el peso de su mentira en cada paso.





