Ocultando mi Fortuna

—Pues tenga cuidado, que uno está vivo hoy, pero mañana no se sabe, que

vida solo hay una y otra no puede comprarse por mucho dinero que usted

tenga.

—Ya, ya, pero tampoco creo que el trabajo me vaya a matar. Darme

calentamientos de cabeza, pues sí, pero de ahí a otra cosa…

No había terminado de decirlo cuando me llamó Michael, mi mano derecha

en el negocio y mi hombre de confianza.

—Dante, estamos ante la situación más crítica ante la que nos hayamos

enfrentado jamás y lo sabes. Llevo una tarde de locos, tenemos que pensar

en posibles medidas que frenen el inminente desastre que se nos viene

encima. Piensa que el nombre de la aerolínea podría quedar en entredicho

de por vida y eso es justo lo que necesitamos en este momento—ironizó.

Mi padre siempre decía y ya me lo advirtió antes de que yo me embarcara

en aquella aventura, que negocios pequeños traen problemas pequeños y

negocios grandes traen problemas grandes.

En mi caso, pensé en eso de “caballo grande, ande o no ande” y lo logré,

pero también era grande el dolor de coco que tenía.

—Michael, trata de descansar y yo haré lo mismo. Mañana seguro que se

nos ocurren medidas de choque, ¿vale?

—En chocarme es justo en lo que estoy pensando, porque te juro que estoy

al límite.

—Mañana volverá a salir el sol, amigo…

—¿En París? Es una broma, ¿no? Hace quince días que no lo vemos y nos

podemos llevar otros quince sin verlo.

En eso también tenía razón y era una de las cosas que yo prefería de

España, la tierra de mi padre, una tierra de la que yo estaba enamorado, si

bien era parisino hasta la médula y no lo estaba menos de la mía.

Mi casa estaba a las afueras de París, en una tranquila campiña, lejos del

mundanal ruido, pero a un tiro de piedra de la ciudad.

El cumpleaños de Genoveva, su doceavo cumpleaños ya, estaba muy

cercano y su tía andaba como loca organizándole una gran fiesta que a la

niña le hacía muchísima ilusión.

Mi hija era lo primero para mí y se estaba convirtiendo en una distinguida

señorita de lo más guapa. Ya veía yo que los próximos quebraderos de

cabeza me llegarían también en unos años y por parte de ella, cuando

empezara a salir con chicos, pero yo era de los que pensaba que los

problemas había que afrontarlos de uno en uno.

—Lo siento, Dante, pero hemos pinchado—me comentó Alonso, que si

algo tenía, aparte de conducir endiabladamente rápido, era que entendía de

mecánica y que detectaba los problemas del coche casi antes de que

ocurrieran.

—¿Estás seguro? Yo no noto nada.

—Tan seguro como de que me voy a meter dos o tres lingotazos esta noche

entre pecho y espalda.

—Lo que me faltaba, llama al seguro y que vengan urgente, te lo pido por

favor.

—¿Al seguro para cambiar una rueda? Dígame que es una broma, eso lo

hago yo en un periquete.

A su lado estaba sentado Sergei, mi guardaespaldas, un serbio que parecía

un armario empotrado y que no se caracterizaba precisamente por su don de

palabras.

Sergei esbozó una sonrisita y yo entendí que ese era capaz de levantar el

coche con una mano para que el otro cambiase la rueda.

Los dos se bajaron del coche y lo hicieron echando mistos, pero aun así los

nervios se me crisparon todavía más.

Estaba entrando por casa cuando una nueva llamada por parte de Sara me

alertó hasta límites insospechados.

—Incontenible, esto es incontenible, los pilotos amenazan nuevamente

con…

—Sara, te dejo porque no me encuentro demasiado bien, lo siento.

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