Mary entró en el hospital y se dirigió a la sala de quimioterapia, ya se había acostumbrado a observar a su madre a través de la ventana de cristal.
Durante el último año, esta había estado en coma, y sabía en su interior que no le quedaba mucho tiempo. 'Mamá, tienes que despertarte…, por favor. Aún tengo que darte las buenas noticias', pensó mientras colocaba su mano sobre la ventana, esperando que ella pudiera escuchar sus súplicas.
Después de apreciarla durante una hora, la joven renunció a la idea de que se despertaría ese día. Entonces sacudió la cabeza y se alejó.
En el camino, de repente se chocó con alguien por accidente. Al mirar hacia arriba, vio a una mujer delicada y un hombre elegante, parecía como si los hubiera conocido de alguna parte, pero no podía decir dónde.
El hombre sostenía a la mujer, mientras le lanzaba una mirada a Mary.
"Lo siento", se disculpó esta rápidamente.
"¡Fíjate por dónde diablos vas! ¿Qué te pasa?". Aunque la voz de la mujer era dulce, no se podía decir lo mismo de las palabras que se le habían escapado de la boca.
'¿De verdad tengo tan mala suerte?', pensó Mary, resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco, luego se movió prudentemente hacia un lado para dar paso a la pareja.
Su madre siempre le había enseñado a no perder su tiempo peleando con otras personas.
"Venga Nancy, vamos a ver médico, ¿no decías que te sientes mal?", le dijo el hombre en voz baja, finalmente interponiéndose entre ellas. Ante la voz del hombre, la hostilidad de aquella mujer desapareció en un instante. Entonces, tímidamente tomó al hombre del brazo y se alejó pavoneándose, sin siquiera molestarse en mirar atrás.
Mary solamente resopló en voz baja, pues era hora de que se fuera a casa.
Mientras se alejaba, no se percató de que el hombre había volteado, lanzándole una intensa mirada antes de desaparecer entre la multitud.
Así, la chica volvió a casa, al menos, por el momento era su casa, mientras el acta de matrimonio era validada.
El apartamento estaba ubicado en la Comunidad Internacional Kylin en el centro de la ciudad. En el vigésimo piso, el ala sur del apartamento estaba frente al mar, mientras que el oeste daba a las montañas. Era moderno, pero también estaba cerca de la naturaleza.
Mary estaba encantada de vivir en un lugar así de lujoso. Nunca había vivido en una casa así desde que su padre las había abandonado.
Sin embargo, era obvio que esa no era la casa real de William, ya que tdos los muebles eran nuevos. En casa no había nadie, absolutamente nadie. En ese punto, Mary no se sorprendió, pues siendo el director ejecutivo de una empresa así de grande, no regresaría hasta altas horas de la noche.
'¿Y qué hay de la comida?', pensó de pronto, mientras recorría la cocina, y ahí no pudo encontrar nada. Parecía que había que abastecer el frigorífico, así que fue al supermercado para buscar comida que fuera conveniente para cocinar. Sin embargo, dado que no sabía cocinar, se conformó con comprar alimentos instantáneos. En poco tiempo, regresó a la mansión con bolsas de dumplings congeladas, fideos instantáneos y algunos snacks para matar el hambre.
No obstante, tan pronto como entró, sonó el teléfono. Entonces corrió hacia la sala de estar y respondió, "¿Hola?".
"Soy yo", una voz baja llegó desde el otro extremo de la línea.
"Am... ¿Y quién eres tú?", insistió la joven frunciendo el ceño.
William se quedó boquiabierto, antes de llevarse la mano al entrecejo, aquella mujer realmente estaba poniendo a prueba su paciencia.
"Soy William", finalmente dijo.
"Oh, eres tú". Mary se ruborizó de la vergüenza. "¿Qué pasa?", le preguntó.
"No llegaré a casa esta noche", comentó él.
"Está bien", la chica replicó. 'Bueno, al menos me lo dijo con anticipación', pensó ella.
Luego hubo un momento de silencio mientras ambos luchaban por hablar.
"Entonces...".
"Entonces...".
Los dos intentaron hablar al mismo tiempo.
"Lo siento…, tú primero", dijo el hombre.
"N…nada", tartamudeó la chica. "Bueno, te dejo", se despidió finalmente.
"Está bien, no te desveles", le recomendó él.
"Bueno, igualmen...".
Pero él colgó antes de que pudiera terminar sus palabras.
'Qué hombre tan maleducado', pensó esta.
Mirando el teléfono en su mano, Mary no pudo evitar sentir una sensación de decepción. Después de todo, se suponía que hoy era su noche de bodas. Y aunque todo era falso, igual se sentía un poco deprimida.
Así, con un plato de fideos instantáneos en la mano, la mujer se acomodó en el sofá para ver un programa de variedades. Ella miró la pantalla del televisor, y ante la dispersa mirada en sus ojos, nadie sabría lo que estaría pensando.
El Grupo AJ había sido fundado en el año 2000, y su giro principal incluía bienes raíces, marcas de ropa, entretenimiento y muchos otros. Ciertamente, era una empresa que incursionaba en múltiples industrias, destacándose en todas ellas. La empresa había crecido muy rápido, y todo gracias a William, el director ejecutivo de AJ Group. Él ya era demasiado bueno en su rama, entonces, ¿por qué tendría que pedirle que se casara con él?
'No, ocúpate en lo tuyo, ¿en qué estás pensando?', pensó súbitamente. Entonces la joven negó con la cabeza, volviendo a centrar su atención en la televisión.
La tenue luz amarilla en el techo hacía que la calidez se palpara en aquel lugar, y era una pena que tuviera que pasar la noche sola.
Mientras tanto, las luces de la oficina del CEO también estaban encendidas.
Con una copa de vino tinto en la mano, William se paró cerca de la ventana francesa, mirando las luces que destellaban por toda la ciudad. Incluso con la vista de la bulliciosa ciudad, no pudo evitar sentirse solo, y de seguida terminó su copa en un segundo.
Una parte de él no podía evitar sentirse incómodo al colgar el teléfono, dado que era la primera vez que tenía que dar su paradero a alguien en años. Digamos que todavía era nuevo en todo esto.
Mientras estaba sumido en sus pensamientos, la puerta detrás de él se abrió. Pronto, pudo ver la figura de un hombre reflejándose en la ventana, provocando que frunciera el ceño.
Era el mismo hombre con el que Mary se había encontrado en el hospital.
"¿Por qué estás bebiendo tú solo? ¿No deberías estar celebrando tu noche de bodas?", le preguntó este con cierto tono de burla.
"Sabes por qué me casé, ¿de verdad vas a estar burlando de mí cada vez que me veas?", espetó William.
"Está bien, ¿y cómo te sientes?", preguntó, dirigiéndose hacia William. Ahora los dos estaban uno al lado del otro.
"Si sintiera algo, ¿crees que estaría aquí esta noche, Frank?".
En ese momento hubo silencio entre los dos hombres, mientras miraban el paisaje nocturno.
"¿Qué crees que nos deparará el futuro?", preguntó Frank Liang.
"¿Honestamente? No lo sé".
"Mis padres me han estado presionando para tener un bebé", señaló Frank Liang. Fue ese día, cuando acompañó a su esposa al hospital para un chequeo general.
"Si te casas, es de esperar que tengas un hijo", respondió William.
"Bueno, en esta vida o en la próxima, al menos nos tenemos a nosotros para contar nuestras penas".
Entonces Frank Liang sonrió antes de sugerir, "O siempre podemos irnos al extranjero".
"Conociendo a nuestros padres, dudo que nos dejen", rebatió el otro.
Ante eso, Frank Liang se rio amargamente, mientras bebía las onzas restantes de su vino. Dando a entender que había algunas noches que estaban destinadas a ser solitarias.
Tan pronto como Mary se despertó, respiró aire fresco. Luego se estiró y se levantó para vestirse.
Nada más entrar en la empresa, el asistente del CEO la llamó para decirle que su jefe la estaba buscando. Sin nada que decir, esta se apresuró a su oficina en el piso treinta y dos.
Estando ahí, tocó la puerta.
"Adelante", respondió William en voz baja.
"Señor, ¿qué puedo hacer por usted?". La chica entró, inclinando la cabeza como signo de cortesía.
Por su parte, el hombre levantó la vista de la pila de documentos en su escritorio y la miró fijamente. Ella llevaba un traje ejecutivo negro que resaltaba sus curvas correctamente, y su cabello oscuro estaba recogido, mostrando así sus finos rasgos.
"¿Sr. Lan?", le preguntó una vez más.
"Llámame por mi nombre", respondió sin más.
Mary, después de una breve pausa, asintió.
"Entonces el Sr. L..., quiero decir… William". Se corrigió rápidamente.
"Te tengo un nuevo trabajo", él interrumpió.
"¿Qué? ¡Pero hago un buen trabajo en el Departamento de Relaciones Públicas!". La joven protestó, agitando las manos en el aire.
"Bueno, es una orden, no una sugerencia". Mientras firmaba su nombre en los documentos, continuó, "De ahora en adelante, serás mi asistente personal".
¡Oh, Dios mío! ¿Lo había escuchado bien? William nunca antes había solicitado a una asistente personal, de hecho, a su oficina rara vez entraban mujeres. ¿Por qué la elegiría para su asistente?
"No lo pienses demasiado", él espetó. "Está en el contrato", agregó casi de inmediato.
"Pero nunca he sido asistente, no he recibido capacitación…", ella tartamudeó.
"Entonces es hora de que aprendas, ¿no crees?", respondió él, arqueando una ceja.
"Está bien". Luego, hubo una breve pausa antes de que ella volviera a hablar, "¿Y qué pasará con mi salario?".
"Será más que tu actual…".
"Está bien". Ella afirmó con la cabeza rápidamente, sin siquiera darle la oportunidad de terminar sus palabras, pues mientras pudiera sacar más provecho de eso, ¡no tendría problemas con nada! Sin embargo, tan pronto como él la fulminó con la mirada, la chica se calló de inmediato.
"Vuelve al trabajo, te contaré los detalles una vez que lleguemos a casa".
"Ah…, ¿irás a casa esta noche?". Mary preguntó de pronto, mirándolo fijamente.
"Sí". Ni siquiera levantó la cabeza con su respuesta.
"Está bien, debo regresar", afirmó ella.
"Espera un minuto", le contestó, deteniéndola en seco. "Yo…, dormí en la compañía anoche".
"¿Qué?", exclamó la joven. Mary ya sentía que su corazón latía demasiado rápido, al punto de temer que se le saliera de su pecho en cualquier momento. '¿Me está dando explicaciones de dónde estuvo anoche? ¿Por qué me siento tan feliz?', pensó. No obstante, pudo deshacerse de aquellos pensamientos, y permitió que una sonrisa se dibujara en sus labios mientras asentía.
"Está bien". Así, con el rostro ruborizado, salió de la habitación y cerró la puerta suavemente.
Entonces, como por arte de magia, toda su formalidad desapareció casi por completo; saltó de alegría y entusiasmo. "¡Tengo un mayor salario!", susurró emocionada, luciendo como un niño al que le acababan de dar su regalo de Navidad.
Mientras tanto, William levantó la cabeza en silencio, contemplando aquella enérgica figura, provocando que las comisuras de sus labios se convirtieran en una sonrisa sin siquiera notarlo.





