Isabella Reyes miraba la pantalla del móvil de Alejandro, su prometido.
Un mensaje.
Otro.
Fotos.
Lucía Morales, una estudiante con ínfulas de influencer, sonreía desde la pantalla, abrazada a él.
Llevaban dos años de aventura.
Isabella sintió un nudo en el estómago.
La boda era en dos semanas.
Una boda fastuosa, un evento social en Sevilla.
Alejandro, el acaudalado bodeguero de Jerez, el novio perfecto.
Una farsa.
Isabella respiró hondo.
Sacó su propio móvil.
Buscó un contacto: Carmen. "Nuevos comienzos", decía su tarjeta.
"Carmen, soy Isabella Reyes. Necesito tus servicios. Para desaparecer."
Silencio al otro lado.
Luego, una voz calmada: "¿Estás segura, Isabella?"
"Más que nunca."
El plan era arriesgado: una "muerte accidental" el día de la boda.
Un paseo en yate antes de la ceremonia.
Una caída cerca de los acantilados.
Un cuerpo señuelo.
Una nueva vida.
Lejos del dolor, de la humillación.
Isabella colgó.
Miró su taller.
Los trajes de flamenca, las batas de cola, sus creaciones.
Su pasión, su independencia.
Una pequeña herencia familiar ayudaría.
La puerta se abrió.
Alejandro entró, sonriente, encantador.
"Mi amor, ¿lista para la entrevista de esta tarde? El programa de crónica social quiere un adelanto de nuestra felicidad."
Isabella forzó una sonrisa.
"Claro, cariño."
Su voz sonó extraña, incluso para ella.
Él se acercó, la abrazó.
Olía a azahar.
El perfume favorito de Lucía, según los mensajes.
Isabella cerró los ojos.
La determinación se asentó, fría y dura.
El plan era una locura, pero era su única salida.
La entrevista fue un éxito.
Alejandro lloró de emoción hablando de su amor por Isabella.
La audiencia se conmovió.
Isabella lo observaba, su corazón un témpano.
Sabía que cada lágrima era una mentira.
Más tarde, en casa, el móvil de Alejandro volvió a vibrar.
Él lo silenció rápidamente.
"Reuniones urgentes en la bodega, mi vida. Volveré tarde."
Otro beso, otro olor a azahar.
Isabella asintió, impasible.
Cuando él se fue, ella revisó su propio móvil.
Un nuevo mensaje de un número desconocido.
Era Lucía.
"Disfrutando de tu prometido. Ese perfume de azahar le sienta tan bien, ¿no crees? Pronto será mío por completo."
Isabella apretó los puños.
No iba a derrumbarse.
Recordó su conversación con Carmen.
El yate. Los acantilados. La nueva identidad.
"Elena Vargas", un nombre irónico, quizás.
Elena. Una nueva mujer.
Lejos de los encajes rotos y los vinos amargos de su vida actual.
Isabella se levantó.
Se secó una lágrima solitaria que había escapado.
Era hora de preparar su "muerte".





