Nombre y Herencia, Mi Venganza

En el Registro Civil, la funcionaria que me atendió esta vez parecía más comprensiva, o quizás mi desesperación era más palpable.

Solicité los documentos para el divorcio.

Después de una larga espera, regresó con una expresión de disculpa.

"Señora Morales, hay un problema", dijo en voz baja. "Su acta de matrimonio… parece que es falsa."

El mundo se detuvo.

¿Falsa?

Todo mi sufrimiento, mi culpa, mi "viudez", mi matrimonio… ¿una farsa?

Me derrumbé en la silla, las lágrimas brotando sin control.

La gente a mi alrededor comenzó a susurrar, algunos con burla, otros con lástima.

La funcionaria, conmovida, añadió con suavidad: "Pero el señor Alcázar sí está casado legalmente. La mujer con la que se registró se llamaba Isabella Morales, pero luego, hace unos años, cambió su nombre legalmente a Sofía de la Vega."

Un frío glacial me recorrió la espalda.

Sofía.

No solo me había robado a mi esposo, sino también mi nombre, mi identidad.

Pedí ver los archivos, desesperada por entender la magnitud del engaño.

Con la ayuda de la funcionaria, que parecía cada vez más intrigada y horrorizada por mi historia, accedí a los registros.

Allí estaba.

En 1983, una "Isabella Morales" –que ahora sabía era Sofía usando mis documentos robados– obtuvo una prestigiosa beca estatal.

Era para estudiar técnicas avanzadas de producción de tequila en una institución de renombre.

El ensayo que presentó para la beca se titulaba: "Innovaciones basadas en la tradición tequilera de mi familia".

¡Mi familia!

Recordé con una claridad dolorosa haber aplicado a esa misma beca.

Sofía, que yo supiera, nunca había mostrado interés ni conocimiento en el tequila.

Ricardo me había dicho que no la había ganado, que mi solicitud había sido rechazada.

Poco después, me propuso matrimonio apresuradamente.

Todo había sido una trampa.

Una trampa para mantenerme ignorante, atada a él en el pueblo, mientras Sofía construía una carrera sobre los cimientos de mi herencia.

Vi fotografías de Sofía recibiendo premios como "Maestra Tequilera Revelación".

Usaba la receta secreta de mi padre, el prestigio de su nombre.

Mi padre, Don Javier Morales.

No solo un maestro tequilero de renombre local, sino un héroe.

Murió salvando a sus trabajadores de un incendio que destruyó su pequeña destilería artesanal.

Sofía incluso se había apropiado de la medalla al Mérito Civil que le otorgaron póstumamente a mi padre.

La rabia me consumía.

Ricardo me encontró allí, entre los archivos, mi rostro pálido por la conmoción y la furia.

"¿Qué haces aquí?", preguntó, su voz tensa.

Lo encaré, los documentos temblando en mis manos.

"Yo gané esa beca, ¿verdad? ¡Esa era mi solicitud, mi ensayo!"

Intentó agarrarme del brazo, alegando mi "inestabilidad".

"Isabella, vámonos. Estás alterada."

Me zafé con fuerza.

Me llevó a su oficina, un espacio lujoso que contrastaba con la bodega donde me había encerrado.

Allí, con una calma exasperante, me exigió que "perdonara" a Sofía.

"Es mi prima", dijo, como si eso lo justificara todo. "No puedes arruinar su carrera, su reputación. Además", añadió con crueldad, "tú no tienes el carácter ni la inteligencia de Sofía para esos logros. Ella supo aprovechar la oportunidad."

Me tendió una carta.

"Firma esto. Es una declaración donde perdonas a Sofía y renuncias a cualquier reclamo."

La sangre me hirvió.

¿Perdonarla? ¿Renunciar a mi vida, al legado de mi padre?

Lo abofeteé con todas mis fuerzas y rompí la carta en mil pedazos.

"¡Nunca!", grité.

Un joven que había estado observando la escena en el Registro Civil se acercó discretamente cuando Ricardo me sacó de allí a la fuerza.

Ahora, mientras salía furiosa de la oficina de Ricardo, ese mismo joven me interceptó.

"Señora Morales", dijo con voz calmada pero firme. "Soy el Licenciado Mateo Herrera. Estoy haciendo mis prácticas aquí. Vi lo que sucedió. Su expediente tiene irregularidades muy graves."

Me ofreció un vaso de agua, su mirada llena de compasión y profesionalismo.

"Creo que puedo ayudarla. Podemos trabajar para restablecer su verdadera identidad y anular ese matrimonio fraudulento. En unos días, si todo sale bien, podría ser una mujer libre, con su historial académico de preparatoria restablecido."

Una pequeña luz de esperanza se encendió en mi oscuridad.

Acepté su ayuda, agradecida.

Regresé a la lujosa casa de Ricardo, o mejor dicho, de Sofía.

Necesitaba recuperar mis pocas pertenencias, si es que aún estaban en la bodega.

Apenas puse un pie en el jardín trasero, Sofía apareció.

Sus ojos brillaban con malicia.

Sin mediar palabra, me arrojó un balde de agua hirviendo.

Grité, esquivándola por poco, pero el agua me quemó el brazo y el hombro.

"¡Zorra!", siseó, abalanzándose sobre mí. "¡Vienes a robarme a mi hombre!"

Me golpeó, me arañó, me rasgó la ropa.

Los vecinos, atraídos por los gritos, comenzaron a juntarse.

Sofía, la gran actriz, cambió su semblante al de una víctima.

"¡Ayúdenme!", gimió. "¡Esta buscona está acosando a mi esposo! ¡No me deja en paz!"

La gente, creyendo la farsa de Sofía, la "respetada maestra tequilera", la "esposa legítima", comenzaron a insultarme.

"¡Desvergonzada!"

"¡Quítale las manos de encima a la señora De la Vega!"

Me arrojaron basura, restos de comida.

La humillación era insoportable.

"¡Don Javier Morales era mi padre, no el tuyo!", grité entre sollozos de rabia y dolor, pero mi voz se perdió entre el tumulto.

Ricardo y Javi aparecieron en ese momento.

La esperanza de que Ricardo pusiera fin a la locura se desvaneció al ver la frialdad en sus ojos.

Señalé a Javi, mi corazón encogido.

"¡Él es nuestro hijo, Ricardo! ¡Diles la verdad!"

Javi, mi pequeño Javi, me miró con desprecio.

"¡Ella no es mi madre!", gritó, su voz aguda y cruel. "¡Es una loca que molesta a mi papá y a mi tía Sofía!"

Ricardo asintió, secundando la mentira.

"Ya la oyeron. Está obsesionada."

En ese instante, Arturo, el hijo adolescente de Sofía, un joven de mirada violenta que había estado observando con una sonrisa sádica, tomó un ladrillo del suelo.

Antes de que pudiera reaccionar, me golpeó en la cabeza.

Una, dos, tres veces.

El mundo se tiñó de rojo y luego se volvió negro.

Desperté en una clínica, el dolor punzante en mi cabeza era insoportable.

Tenía la cabeza vendada. Veinte puntadas, me informaría luego una enfermera.

Ricardo estaba a mi lado, fingiendo preocupación.

"Isabella, qué susto nos diste."

Intenté incorporarme, la rabia superando el dolor.

"Voy a denunciarlos. A Sofía, a Arturo… a ti."

Ricardo suspiró, con fastidio.

"Ya lo arreglé todo. No es para tanto. Arturo es solo un niño, se asustó. Hice que Sofía rezara un rosario por ti como penitencia."

¿Un rosario? ¿Esa era la justicia por casi matarme?

La indignación me ahogaba.

"Si no te quedas tranquila en el pueblo cuidando a mi madre y a Javi, y dejas de molestar con tus locuras", continuó, su voz ahora gélida, "te quitaré la tumba de tu padre. Después de todo, él era solo un simple artesano, y su tumba está en terrenos de mi familia."

Era una mentira; la tumba de mi padre estaba en el panteón municipal. Pero su intención era clara: intimidarme, aplastarme.

Lo abofeteé de nuevo, con la poca fuerza que me quedaba.

Él sonrió con crueldad.

Sacó de su bolsillo el certificado de preparatoria que el Licenciado Herrera me había ayudado a conseguir, mi única prueba de identidad recuperada.

Y lo rompió en pedazos delante de mis ojos.

"No necesitas esto", dijo.

Luego me encerró en la habitación de la clínica, llevándose la llave. Más tarde, supe que me había trasladado de nuevo a la miserable bodega.

A la mañana siguiente, el horror continuó.

Desperté y descubrí que Sofía había entrado mientras dormía.

Me había rapado el cabello a mechones, dejándome un aspecto grotesco.

Y me había hecho más rasguños en la cara, profundos y dolorosos.

"Para que aprendas a no meterte con hombres ajenos", siseó, su rostro contorsionado por el odio.

Forcejeamos.

Javi y Arturo, alertados por los ruidos, entraron.

Al ver la escena, se lanzaron a defender a Sofía.

Me golpearon brutalmente, patadas, puñetazos.

Me obligaron a arrodillarme ante una imagen de la Virgen de Guadalupe que Sofía había colgado en la pared de la bodega.

"Pide perdón por faltarle el respeto a mi tía y por intentar destruir nuestra familia", ordenó Javi, sus ojos fríos.

Ricardo llegó entonces, deteniendo la golpiza justo cuando sentía que iba a perder el conocimiento.

Pero no por compasión. Sino porque tenía otros planes.

Desperté de nuevo en la clínica. Esta vez, me sentía más débil.

Ricardo estaba allí, con una extraña sonrisa.

"Sofía tuvo una crisis nerviosa por tu culpa", dijo con un tono falsamente compasivo. "Necesitó una transfusión de sangre urgente. Como son del mismo tipo, y estabas aquí inconsciente, usé la tuya. Fue un acto de caridad, ¿no crees?"

La rabia me consumió. ¡Había usado mi sangre para salvar a la mujer que me había destruido la vida!

Exploté, gritando, llorando.

Ricardo intentó calmarme con promesas vacías de ropa nueva, de una vida mejor si "me portaba bien".

Luego se fue, diciendo que tenía que cuidar a la "pobre Sofía".

Mientras salía, lo escuché hablar por teléfono con ella, su voz llena de ternura: "No te preocupes, mi amor. Ya está controlada. Volverá mansa como un cordero. No puede vivir sin mí."

Esa frase fue la gota que colmó el vaso.

No. Ya no más.

Esta vez, yo tenía el control.

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