Mateo Sánchez amaba a su esposa, Isabela Vargas.
Con locura.
Por ella, había soportado desprecios que a otro hombre lo hubieran hecho huir.
Él era arquitecto técnico, un apasionado de restaurar la historia de Sevilla ladrillo a ladrillo.
Isabela trabajaba en relaciones públicas para la bodega de su familia en Jerez. Era guapa, sociable, pero con una inseguridad que la devoraba por dentro.
Y esa inseguridad tenía un nombre: Javier Herrera.
Su primer amor. Una obsesión.
Javier era un emprendedor de proyectos vistosos y humo, un vividor de apariencias y de una fortuna familiar que se encogía.
Un día, Javier regresó a Sevilla.
Y buscó a Mateo.
Se encontraron en una cafetería cerca del estudio de Mateo. El sol de la mañana entraba a raudales.
Javier sonreía, esa sonrisa suya que encantaba a Isabela y que a Mateo le revolvía el estómago.
"Mateo, viejo amigo," dijo Javier, con una familiaridad que nunca habían tenido.
Mateo lo miró, sin decir nada. Sabía que nada bueno podía salir de allí.
"He estado pensando," continuó Javier, removiendo su café con parsimonia. "En Isabela. En ti. En nosotros."
Mateo apretó la mandíbula.
"Isabela te quiere, Mateo. O eso dice." Javier hizo una pausa, paladeando las palabras. "Pero todos sabemos a quién quiso primero. A quién sigue buscando cuando cree que nadie la ve."
"Ve al grano, Javier."
"Un pacto," propuso Javier, sus ojos brillando con malicia. "Nueve ocasiones. Nueve momentos significativos. Si en esas nueve ocasiones, Isabela me elige a mí sobre ti, me concedes el divorcio. Le dejas el camino libre."
Mateo sintió un frío recorrerle la espalda. ¿Cómo se atrevía?
Pero luego, una chispa de esperanza, terca y dolorosa, se encendió en su pecho.
Quizás esta era la prueba definitiva. Quizás Isabela, enfrentada a la elección, le demostraría a él, y a sí misma, que su amor era real. Que Javier era solo una sombra del pasado.
"¿Y si te elige a mí?", preguntó Mateo, su voz más firme de lo que se sentía.
Javier soltó una carcajada. "Eso no va a pasar, créeme. Pero si ocurriera, me alejaré para siempre. Palabra."
Mateo miró por la ventana, a la Giralda recortándose contra el cielo azul. Sevilla era testigo de tantas historias de amor y desamor.
Pensó en los años con Isabela, en los momentos buenos, que cada vez eran menos. En su paciencia, en su devoción.
Aceptó.
Por la remota esperanza de que Isabela lo eligiera. Por demostrar que el amor de su esposa por él era verdadero.
El primer desprecio no tardó en llegar.
Era su aniversario. Mateo había reservado en un tablao flamenco íntimo en Triana, uno de esos sitios con duende, con alma. Había comprado un pequeño colgante de filigrana, antiguo, como a ella le gustaban, o como él creía que le gustaban.
Isabela estaba deslumbrante con un vestido rojo. Sus ojos brillaban.
"Estoy lista," dijo ella, sonriendo.
Justo cuando iban a salir, sonó el móvil de Isabela.
Ella miró la pantalla. Javier.
Su sonrisa se tensó un poco. "Dime, Javi."
Mateo observó su expresión cambiar. Preocupación. Angustia.
"¿Qué? ¿En el río? ¿Estás bien?"
Colgó. Miró a Mateo, con los ojos suplicantes.
"Cariño, lo siento tantísimo. Javier ha tenido un pequeño accidente con la moto de agua en el Guadalquivir. Dice que no es grave, pero necesita que lo recoja. Está solo."
Mateo sintió un nudo en el estómago. "¿Un pequeño accidente? ¿No puede llamar a una ambulancia, a un amigo?"
"Ya sabes cómo es él, se agobia. Por favor, Mateo. Es solo un momento. Ve tú empezando, yo voy en cuanto lo deje en su casa."
Mateo sabía que no iría. Sabía que la noche se había arruinado.
Pero asintió. "Ve."
Isabela le dio un beso rápido en la mejilla. "Gracias, mi amor. Eres el mejor."
Y salió corriendo.
Mateo se quedó solo en el salón, con el traje puesto, el regalo en el bolsillo.
El tablao. La cena. El aniversario. Olvidado.
Javier apareció en el piso de Mateo al día siguiente, mientras Isabela estaba en el trabajo.
Venía a regodearse.
"Uno menos, Mateo," dijo Javier, con una sonrisa triunfal. "Te dije que sería fácil."
Mateo lo miró, con el corazón hecho añicos, pero con una nueva y fría determinación naciendo en su interior.
"Has ganado esta vez," dijo Mateo.
Pero en su fuero interno, algo se había roto. El primer hilo de su amor por Isabela, tan fuerte, tan resistente, se había deshilachado.
Recordó la noche anterior. La mesa vacía. El cantaor dedicándole una soleá que hablaba de amores perdidos.
Recordó otras veces. Pequeños desprecios. Citas canceladas. Fines de semana arruinados por las "emergencias" de Javier.
Javier siempre había estado ahí, una sombra constante.
Isabela lo conoció en la universidad. Mateo también. Javier era el chico popular, el carismático. Mateo era el estudioso, el tranquilo.
Isabela se había enamorado perdidamente de Javier. Un amor de juventud, intenso, idealizado.
Javier jugó con ella. La tuvo y la dejó varias veces.
Luego, Isabela empezó a fijarse en Mateo. En su calma, en su constancia. Quizás buscaba un puerto seguro después de tantas tormentas con Javier.
Se casaron. Mateo pensó que había ganado. Que el amor tranquilo y verdadero había triunfado sobre la pasión fugaz.
Qué ingenuo había sido.
Javier nunca desapareció del todo. Siempre encontraba una excusa para llamar, para aparecer, para recordarle a Isabela lo que "podría haber sido".
Y ella, insegura, siempre caía.
Mateo miró a Javier, que seguía sonriendo en su salón.
"¿Contento?", preguntó Mateo.
"Mucho," respondió Javier. "Esto es solo el principio."
Mateo pensó en los ocho desprecios que faltaban.
Su amor por Isabela era grande. Pero no era infinito.
Y por primera vez, se preguntó si realmente valía la pena luchar por alguien que, claramente, no lucharía por él.
La idea del divorcio, antes impensable, empezó a tomar forma en su mente. No como una derrota, sino como una posible liberación.
"Supongo que tienes razón," dijo Mateo, con una calma que sorprendió a Javier. "Ella te prefiere a ti."
Le tendió unos papeles. Eran los documentos del divorcio. Ya firmados por él.
"Dáselos a firmar. No te pondrá pegas si se los das tú."
Javier lo miró, desconcertado por un momento. Luego, su sonrisa regresó, más amplia, más cruel.
"Vaya, vaya. Te rindes pronto."
"No me rindo," dijo Mateo. "Simplemente, he dejado de quererme tan poco. He aprendido. Viviré para mí."
Justo en ese momento, Isabela entró en el piso.
Vio a Javier, luego a Mateo. Parecía cansada.
"Javi, ¿qué haces aquí?", preguntó, con un deje de sorpresa.
Javier le sonrió, ocultando los papeles a su espalda. "Nada, mi vida. Solo pasaba a saludar. Y a traerte una sorpresa."
Le tendió un bolígrafo y los papeles, doblados de tal manera que solo se veía la línea de la firma. "Firma aquí. Es para un nuevo negocio que estamos montando. Algo grande."
Isabela, confiada, sin leer, firmó.
"Gracias, Javi. Siempre pensando en mí." Le dio un beso en la mejilla.
Luego miró a Mateo. "¿Todo bien, cariño?"
Mateo asintió, con el corazón helado. "Todo perfecto."





