He decidido casarme.
No con Gael, el hombre al que amé durante la mitad de mi vida, sino con Diego, el mariachi de mi pueblo.
Mi abuela tomó mis manos entre las suyas, sus palmas cálidas y arrugadas me transmitieron una paz que no había sentido en años. Sus ojos oscuros, llenos de la sabiduría de ochenta inviernos oaxaqueños, me examinaron con cariño.
"¡Qué bueno, mija! Ya era hora," dijo con un suspiro que parecía liberar una preocupación de años. "Ese muchacho de la ciudad, Gael… nunca me gustó para ti. Mucho nombre, mucho restaurante famoso, pero un corazón ciego."
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta. Mi abuela sabía, como saben todas las abuelas, el dolor silencioso que yo había cargado. Sabía de las noches que pasé perfeccionando diseños de vajillas para su nuevo restaurante en la Ciudad de México, de los días que invertí en el horno de cerámica hasta que mis manos se agrietaron, todo para que él pudiera brillar un poco más.
Mi teléfono sonó, rompiendo la calma de nuestro patio lleno de flores de buganvilla. En la pantalla brillaba su nombre: Gael.
Mi corazón ya no dio un vuelco. Solo sentí un cansancio profundo, como el que se siente después de una larga enfermedad.
Contesté.
"Xochitl, ¿dónde andas? Necesito que revises los menús de la nueva temporada," su voz sonaba distante, llena de la arrogancia del éxito. No preguntó cómo estaba. Nunca lo hacía.
"Estoy en Oaxaca, Gael," respondí con calma.
Hubo una pausa. Pude imaginarlo frunciendo el ceño, molesto por mi ausencia no autorizada de su mundo.
"¿Oaxaca? ¿Qué haces allá? Te necesito aquí," su tono era de reproche, como si yo fuera una empleada más y no la amiga de la infancia que había sacrificado todo por él.
"Vine a ver a mi familia."
"Bueno, pues apúrate en volver," dijo con impaciencia. "Ah, por cierto, Sofía está aquí conmigo. Está escogiendo unos diseños tuyos para una sesión de fotos que tiene. Le encantó el juego de platos con colibríes."
Cerré los ojos. Esos platos. Me tomó tres meses crearlos, inspirada en una leyenda que mi abuela me contaba de niña. Eran mi pieza más preciada, el alma de mi taller. Se los había regalado a él para su cumpleaños, para su uso personal.
Y ahora se los daba a ella. A Sofía. Su "hermana adoptiva", una influencer de moda cuyo único talento era manipular a Gael y aferrarse a su fama como una enredadera.
"¿Xochitl? ¿Sigues ahí?"
Miré a mi abuela, que negaba lentamente con la cabeza, su expresión llena de una triste confirmación.
"Sí, aquí sigo," dije, mi voz un suso.
"Te dejo, Sofía necesita mi opinión sobre qué vestido usar. Vuelve pronto," y colgó.
No hubo un adiós. Nunca lo había.
Me quedé mirando el teléfono, un aparato inútil en mi mano. Era como si estuviera viendo una obra de teatro desde muy lejos. Veía a los personajes, escuchaba sus líneas, pero ya no sentía la necesidad de saltar al escenario a salvar a nadie. El telón de mis emociones había caído.
Marco, el sous-chef de Gael y mi único amigo en esa ciudad fría, me había llamado la semana pasada. Su voz estaba llena de frustración.
"Xochitl, tienes que decirle. Gael no tiene idea de que el préstamo para ampliar la cocina lo pagaste tú con la herencia de tu padre. Cree que fue un 'inversor anónimo'," me había suplicado. "Cree que esos diseños que le diste son solo 'bonitas artesanías'".
En ese momento, algo dentro de mí se había rendido. Lo detuve.
"No, Marco," le dije, mi voz sonando extraña a mis propios oídos. "Déjalo así. Ya no tiene caso."
"¿Pero por qué? ¡Es injusto!"
"Porque buscar su reconocimiento sería la humillación final," respondí. "Y ya estoy cansada de humillarme."
Amé a Gael desde que éramos niños corriendo descalzos por las calles de tierra de nuestro pueblo. Lo amé cuando se fue a la capital a estudiar para ser chef, y lo amé más cuando me pidió que fuera con él, que le ayudara a montar su sueño.
Pero el amor, me di cuenta en ese patio silencioso, no puede vivir de un solo lado. Se seca. Se convierte en polvo.
Y yo ya estaba lista para dejar que el viento se llevara esas cenizas para siempre.





