Javier me llamó esa noche. Yo ya estaba en un hotel cerca del aeropuerto con Mateo. No habíamos hablado mucho, solo lo necesario para reservar una suite y pedir servicio de habitaciones. El certificado de matrimonio, fresco y oficial, estaba sobre la mesa de centro.
Su voz en el teléfono era un torbellino de excusas y manipulación.
"Sofía, mi amor, tenemos que hablar. Fue un error, un estúpido error".
"¿Qué fue un error, Javier? ¿Acostarte con ella o dejarme plantada?".
"¡No es tan simple!", exclamó, su tono volviéndose suplicante. "Estaba borracho. Fue en la fiesta de celebración del premio. Isabella... ella está embarazada".
Mi mano se apretó alrededor del teléfono. Así que esas eran las "buenas noticias".
"Lo siento mucho, de verdad. Pero tengo un plan", continuó, como si estuviera presentando una propuesta de negocios. "Voy a cuidar de ella durante el embarazo. Es mi responsabilidad. Pero una vez que nazca el bebé, la enviaré a estudiar un máster a Harvard, o donde quiera. Le daré todo el dinero que necesite".
Hizo una pausa, esperando mi reacción. Como no dije nada, prosiguió con su indignante propuesta.
"Y el bebé... el bebé nos lo quedaremos nosotros, Sofía. Lo criaremos como si fuera nuestro. Nadie tiene por qué saberlo. Solo pospondremos la boda unos meses. Piensa en ello, seremos una familia".
La náusea subió por mi garganta. Quería gritar, insultarlo, pero un frío glacial se apoderó de mí.
"¿Has terminado?", pregunté.
"Sofía, sé que es difícil, pero es la única solución. La quiero lejos de nuestras vidas, pero no puedo abandonar a mi hijo. Entiéndelo, por favor".
"Entiendo perfectamente, Javier".
Entendía que él me veía como una idiota. Entendía que creía que mi amor por él era tan ciego que aceptaría criar al hijo de su amante como una solución conveniente a su "error".
"Entiendo que eres un pedazo de mierda", dije con una calma mortal. "Y entiendo que nuestra relación se ha terminado".
"¡No digas eso! ¡Te amo! ¡Solo a ti! ¡Isabella no significa nada!".
"Adiós, Javier".
Colgué y bloqueé su número.
Mateo, que había estado observándome en silencio desde el otro lado de la habitación, se acercó. Su rostro era una máscara de furia contenida.
"¿Qué te ha dicho ese desgraciado?".
Le conté el plan. La ira en los ojos de Mateo se intensificó hasta convertirse en algo peligroso. Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
"Voy a matarlo".
"No", dije, poniendo una mano en su brazo. "No vale la pena. Ya he solucionado el problema".
Le mostré el certificado de matrimonio sobre la mesa. Lo miró, luego me miró a mí. La furia en sus ojos se suavizó, reemplazada por una profunda y dolorosa comprensión.
"Sofía...", susurró.
"Gracias, Mateo", dije, mi voz finalmente quebrándose. "Gracias por no dejarme sola".
Él no dijo nada. Simplemente me atrajo hacia sí y me abrazó con fuerza. Y en sus brazos, por primera vez ese día, me permití llorar.





