No Soy Tu Marioneta: El Juego Final

En cuanto entregué mi solicitud a la universidad, mi madre cumplió su amenaza. Me consiguió un trabajo en la cocina de un restaurante mugriento. Catorce horas al día, seis días a la semana. El olor a grasa y basura se me pegó a la piel y al pelo.

Cada sábado, mi madre me esperaba en la puerta del restaurante.

"El dinero," decía, extendiendo la mano.

Yo le entregaba el sobre con mi sueldo completo. Ella lo contaba delante de mí, con una sonrisa de satisfacción. Nunca me dejaba ni un peso para mí.

Su crueldad no terminaba ahí. Decidió que yo necesitaba "disciplina". Me obligaba a levantarme a las cuatro de la mañana para preparar el desayuno para toda la familia. Un desayuno completo: huevos, frijoles, tortillas frescas. Mientras ellos comían, yo solo podía beber un café aguado. Para el almuerzo y la cena, solo me permitía comer las sobras frías, si es que quedaba algo.

Mi cuerpo empezó a protestar. Estaba siempre cansada, siempre hambrienta. Perdí peso rápidamente. Mis compañeros de trabajo me miraban con lástima.

Un día, el hambre fue demasiado fuerte. Me comí un trozo de sandía que habían tirado a la basura en el restaurante. Estaba un poco pasada, pero no me importó.

Esa noche, el dolor me dobló en dos. Vómitos, diarrea, fiebre. Me arrastré fuera del baño, pálida y sudando.

Mi madre me vio en el suelo. Su primera reacción no fue de preocupación, sino de furia.

"¿Qué te pasa?" me gritó, su cara desfigurada por la rabia. "¿Estás embarazada? ¿Nos has deshonrado, perra?"

No esperó una respuesta. Me agarró del pelo y empezó a golpearme. Patadas en el estómago, bofetadas en la cara.

"¡Te voy a matar! ¡Arruinaste todo! ¡Todo mi plan!"

El dolor era insoportable. Me arrastró de vuelta a mi cuarto y me encerró de nuevo.

"¡Te quedarás aquí hasta que me digas quién es el padre!" gritó desde el otro lado de la puerta.

Me quedé tirada en el suelo, temblando. Sabía que no sobreviviría si me quedaba allí. Tenía que pedir ayuda.

Vi mi camiseta blanca tirada en una silla. Con la poca fuerza que me quedaba, me arrastré hasta ella. Busqué en mi bolsillo el lápiz labial rojo barato que usaba para parecer mayor en el trabajo.

Con manos temblorosas, escribí en la tela una sola palabra: AYUDA.

Me acerqué a la ventana. La abrí con dificultad y lancé la camiseta a la calle. Recé para que alguien la viera.

Luego, todo se volvió negro.

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