No soy madre alquiler

Salí de la clínica sintiéndome vacía, pero extrañamente ligera.

El dolor físico era agudo, pero era un dolor limpio, honesto. No como el dolor sucio de la traición.

Llegué a casa. La mansión se sentía fría, ajena.

Fui a mi armario, el que Alejandro había llenado de lujos. Saqué los mantones de Manila, las peinetas de carey, los vestidos de diseñador.

Los metí todos en grandes bolsas de basura.

No quería nada que me recordara a su mentira.

Alejandro llegó esa noche. Me encontró en el salón, rodeada de las bolsas.

"Sofía, ¿qué es todo esto?", preguntó, confundido. "¿Una limpieza de armario? ¿Es por lo de tu abuela?".

Su ceguera era insultante.

"Si quieres cosas nuevas, solo tienes que pedirlas. Te compraré lo que quieras".

No le respondí.

Me miró, su expresión se suavizó. "Sé que estás pasando por un mal momento. Pero ya verás, cuando nazca el bebé, todo será diferente. Seremos una familia".

Su fachada de esposo devoto me revolvía el estómago.

Justo en ese momento, sonó el teléfono de la casa. Alejandro contestó.

"¿Isabel? Sí, claro. Una cena familiar para darte la bienvenida. Por supuesto que iremos".

Colgó y me miró, sonriente.

"Es Isabel. Su familia organiza una cena de bienvenida este fin de semana. Tenemos que ir".

"No me encuentro bien, Alejandro", dije, mi voz apenas un susurro.

"Tonterías. Es solo una cena. Tienes que estar allí. Por respeto a la familia".

Su insistencia no era por respeto. Era por él. Quería lucirme frente a ella. Su trofeo. La sobrina que era una copia pálida del original.

Al día siguiente, me trajo una caja de regalo.

"Esto es para Isabel", dijo, sin mirarme a los ojos. "Es un collar que le gustaba. Dáselo de mi parte en la cena. Quedarás bien".

Quería que yo fuera su mensajera. La humillación era un sabor amargo en mi boca.

Llegó la noche de la cena. La tensión en la mesa era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

Isabel nos vio llegar juntos. Su sonrisa se congeló por un instante.

Le entregué el regalo. "De parte de Alejandro", dije, mi voz monótona.

Ella abrió la caja. El collar era exquisito.

"Gracias, Alejandro", dijo ella, pero no se lo puso. "Lo guardaré. Es demasiado valioso para usarlo en una simple cena".

Vi la decepción cruzar el rostro de Alejandro como una sombra.

Durante la cena, él fue un torbellino de atención hacia ella.

"Isabel, prueba estas gambas, son tus favoritas".

"¿Quieres más vino? Este es el que te gustaba".

Ignoró por completo que yo, su esposa supuestamente embarazada, no podía comer marisco crudo ni beber alcohol. Mi plato permaneció casi intacto.

Nadie se dio cuenta. O a nadie le importó.

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