No Soy la Luciana que Rompiste

El auditorio de la universidad estaba abarrotado, el aire vibraba con aplausos y murmullos de admiración.

En el escenario, bajo los focos, estaba Máximo Lawrence, el hijo pródigo de la familia dueña de las bodegas más famosas de la región, el exalumno más brillante de la facultad de derecho.

Siete años. Siete años sin verlo, y ahí estaba él, tan impecable como siempre, hablando de éxito y legado.

Yo, Luciana Castillo, estaba sentada entre el público, una invitada de honor más, la bailaora de flamenco que había conquistado los escenarios de Europa. Nadie aquí, excepto él, sabía que mi carrera se construyó sobre las cenizas de la vida que él quemó.

Cuando su discurso terminó, no bajó del escenario. En su lugar, sus ojos me buscaron en la multitud, y una sonrisa que yo conocía demasiado bien se dibujó en sus labios.

"Hay una persona especial aquí esta noche," dijo al micrófono, y el silencio se hizo denso. "Una mujer que una vez me prometió que bailaría para mí, que con sus pasos me traería la gloria."

Mi corazón se detuvo. No podía estar haciendo esto.

Caminó hacia el borde del escenario, directamente frente a mí. De su bolsillo sacó una pequeña caja de terciopelo.

"Luciana," su voz resonó, llena de una emoción que me revolvió el estómago. "Hace siete años te perdí. Hoy, te pido que vuelvas a mí."

Abrió la caja. Dentro no había un anillo, sino un broche de plata con la forma de unas castañuelas, idéntico al que yo perdí el día que me destrozó.

"Cásate conmigo."

El público jadeó. Los flashes de los móviles se dispararon. Todos esperaban mis lágrimas, la rendición de la chica que una vez lo amó con locura.

Pero yo solo sentí un frío glacial.

Porque lo único que mi mente podía ver era su rostro, siete años atrás, en otra rueda de prensa, con los mismos periodistas delante.

Ese día, él me señaló con el dedo y con una voz desprovista de toda calidez, declaró que mi baile, mi obra maestra "Corazón Espinado", era un plagio.

Que yo era una ladrona.

Y luego, como representante de las bodegas Lawrence, el principal patrocinador del concurso nacional de danza, anunció que rompía todo vínculo conmigo y exigió que el mundo del flamenco me cerrara sus puertas para siempre.

Ahora, este hombre, mi verdugo, me pedía matrimonio delante de todos, como si fuera el héroe de una historia de amor.

La ironía era tan amarga que casi me hizo reír.

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