Era el aniversario de mi recuperación, el día que marcaba tres años desde que mis piernas sanaron. Javier insistió en celebrar una gran fiesta en nuestra bodega.
Él era mi marido, Javier, y juntos habíamos fundado esta bodega que ahora era el orgullo de Sevilla.
Yo, Sofía, una vez fui una bailaora de flamenco, pero un accidente de coche me robó el escenario. Javier apareció en mi vida entonces, me cuidó y construimos este imperio del vino juntos.
O eso era lo que yo recordaba.
La fiesta estaba en su apogeo cuando Javier se acercó, trayendo consigo a una joven.
"Sofía, esta es Isabel, nuestra nueva aprendiz. Es muy talentosa."
Isabel parecía nerviosa, con una inocencia que desarmaba. Me sonrió, pero sus ojos se detuvieron en la pulsera de diamantes de mi muñeca, un regalo de Javier.
Poco después, al cortar el pastel, Isabel tropezó "accidentalmente", cayendo sobre la mesa. El pastel quedó arruinado.
"Lo siento, señora, lo siento mucho, soy tan torpe."
Se disculpó repetidamente, con lágrimas en los ojos.
Javier ni siquiera miró el desastre. La ayudó a levantarse y, en lugar de regañarla, le quitó la pulsera de mi muñeca y se la puso a ella.
"No llores. Eres solo una niña. Toma esto como un regalo de bienvenida."
Me quedé helada. La sonrisa se congeló en mi rostro.
La fiesta continuó, pero para mí, ya había terminado. Esa noche, en nuestra habitación, le pregunté a Javier por qué le había dado mi pulsera a una extraña.
"Solo es una pulsera, Sofía. Le compraré una mejor. Isabel es huérfana, ha tenido una vida difícil. Seamos amables con ella."
"¿Amables? Javier, ese era tu regalo para mí."
"No seas tan mezquina. Eres la dueña de la bodega. ¿Por qué te preocupas por algo tan pequeño?"
No volví a decir nada. Me di la vuelta, dándole la espalda. El frío entre nosotros era más profundo que nunca.
Unas semanas después, Isabel anunció que estaba embarazada.
De Javier.
El abuelo de Javier, Don Alejandro, un hombre tradicional que valoraba a los herederos por encima de todo, estaba eufórico. Siempre me había despreciado por no poder tener hijos.
Esa tarde, Javier llegó a casa con Isabel y sus maletas.
"Sofía, el abuelo insiste. Isabel necesita cuidados. Vivirá con nosotros hasta que nazca el bebé."
Miré a Isabel, que se escondía tímidamente detrás de Javier, tocándose el vientre.
"¿Vivir aquí?"
"Sé que es difícil para ti, mi amor," dijo Javier, intentando abrazarme. Lo esquivé. "Pero es por el bien del niño. Es el heredero de la familia. Después de que nazca, le daré a Isabel una suma de dinero y ella se irá. Seguiremos siendo tú y yo, como siempre."
Promesas vacías.
Acepté. ¿Qué más podía hacer?
Esa misma noche, llamé en secreto a Mateo, el mayor rival de Javier en los negocios, dueño de un famoso olivar en Madrid.
"Mateo, soy Sofía. Necesito tu ayuda. Quiero destruir la bodega de Javier."
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, su voz profunda y tranquila respondió.
"Haré lo que me pidas."
Colgué, sintiendo un extraño alivio. Mi sumisión era solo una fachada. La guerra acababa de empezar.





