No Necesito Novio que No Me Confia

El aire en el vestidor estaba cargado, denso con el olor a sudor, linimento y la tensión palpable que precede a un gran combate, se sentía pesado en mis pulmones.

Durante diez años, este olor había sido mi vida, mi perfume, el aroma de mi sacrificio.

Diez años invirtiendo cada gramo de mi energía, cada peso que ganaba en mi restaurante de alta cocina, para convertir a mi novio, Mateo, en el luchador que estaba a punto de competir por el campeonato nacional.

Pero en ese momento, mi atención no estaba en Mateo, sino en la mujer que estaba a su lado, su "amiguita de la infancia", Carla.

Ella le ofrecía una taza de té humeante, su rostro lleno de una dulzura empalagosa y falsa.

"Toma, Mateíto, es un té de hierbas especial que te preparé para que te relajes antes del combate", dijo con una voz melosa que siempre me revolvía el estómago.

Mi sangre se heló.

Reconocí las hierbas que flotaban en la superficie, una mezcla que había estudiado y descartado hacía años porque contenía una sustancia en el límite de lo prohibido, una que podría dar un falso impulso de energía pero que, con toda seguridad, aparecería en una prueba de dopaje.

Arruinaría su carrera para siempre.

"No lo bebas", dije, mi voz sonando más dura de lo que pretendía.

Ambos se giraron para mirarme, Mateo con fastidio y Carla con una inocencia perfectamente ensayada.

"Sofía, no seas así", dijo Mateo, frunciendo el ceño, "Carla solo está tratando de ayudar".

"Esa ayuda te va a descalificar de por vida", le espeté, caminando hacia ellos, mis ojos clavados en la taza que Carla sostenía.

Carla apretó la taza contra su pecho, como si yo fuera a arrebatársela.

"Sofía, ¿por qué siempre eres tan celosa? Solo quiero lo mejor para Mateo", su voz tembló, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Era una actuación digna de un premio.

"No estoy celosa, estoy tratando de proteger diez años de nuestro trabajo", le dije, mi paciencia agotándose.

"¡Quizás la que quiere sabotearlo eres tú!", gritó Carla, sus facciones distorsionadas por un arrebato de celos genuinos por primera vez. "¡Quizás estás asustada de que si gana, ya no te necesite!".

Las palabras me golpearon. Miré a Mateo, esperando que la defendiera, que viera la locura en las acusaciones de Carla.

Pero él solo me miraba con duda, su lealtad claramente dividida.

En ese momento, la desesperación me consumió. No podía dejar que lo bebiera. En un movimiento rápido, le di un manotazo a la taza.

El té caliente salpicó el suelo y la porcelana se hizo añicos.

Silencio.

La mano de Mateo se movió tan rápido que apenas la vi venir.

El sonido de la bofetada resonó en el pequeño cuarto, y el escozor en mi mejilla fue agudo y humillante.

Me quedé paralizada, no tanto por el dolor físico, sino por la conmoción de su traición. Diez años de amor y sacrificio, borrados por una bofetada.

El resto de la noche fue una pesadilla borrosa. Mateo perdió el combate, no por dopaje, sino por una deshidratación severa. Sin mi plan de nutrición e hidratación, su cuerpo simplemente no aguantó.

La culpa, sin embargo, recayó sobre mí.

Carla, la víctima perfecta, aprovechó la situación. Lloró ante las cámaras, insinuando que mi "arrebato de celos" había desestabilizado a Mateo.

Luego, la campaña de acoso comenzó.

Videos de nuestros entrenamientos, sacados de contexto, aparecieron en redes sociales. Mis gritos de ánimo se editaron para sonar como abusos verbales, mis correcciones de postura parecían actos de crueldad.

Carla y los compañeros de equipo de Mateo, a quienes yo también había alimentado y cuidado, compartieron las publicaciones, añadiendo sus propios testimonios falsos.

Me convertí en la villana de México, la novia controladora y sádica que saboteó la carrera de su prometedor novio.

Las amenazas de muerte inundaron mis mensajes. Mi restaurante fue vandalizado. Perdí mi negocio, mis amigos, mi vida.

La policía me ofreció poca protección, viéndome como la instigadora.

Una tarde, mientras salía de la estación de policía tras presentar otra denuncia inútil, una figura se me acercó.

Era una chica joven, con los ojos encendidos por un fanatismo desquiciado. La reconocí de las fotos de perfil que me enviaban amenazas. Una fanática radical de Mateo.

"Tú arruinaste a nuestro campeón", siseó.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí un dolor agudo y punzante en el abdomen.

Me apuñaló.

Caí al suelo, la sangre manchando el pavimento. La gente gritaba a mi alrededor, pero todo sonaba lejano.

Mientras mi vida se desvanecía, mi último pensamiento consciente fue una imagen, una visión o un recuerdo. Carla estaba de pie sobre mí, sonriendo.

"Gracias por todo, Sofía", susurró en mi mente, su voz goteando veneno. "Con tu muerte, todos creerán que te suicidaste por la culpa. Y yo podré consolar a Mateo y disfrutar de todo lo que construiste para él".

La oscuridad me envolvió.

Pero entonces...

Abrí los ojos.

El olor a sudor y linimento llenó mis fosas nasales.

Estaba de pie en el vestidor.

Frente a mí, Carla sostenía una taza de té humeante, ofreciéndosela a Mateo.

"Toma, Mateíto, es un té de hierbas especial que te preparé...".

El tiempo había retrocedido. Se me había dado una segunda oportunidad.

Esta vez, no habría sacrificio. No habría advertencias.

Solo habría justicia.

Una sonrisa fría se dibujó en mis labios.

"Claro, Mateo", dije, mi voz sorprendentemente calmada. "Bebe el té de tu amiguita".

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