No Necesito Familias que Me dañan

Iván Castillo sentía un vacío en el pecho mientras observaba a su esposa y a su hija.

Lina, su esposa, solo tenía ojos para Máximo Salazar.

Luciana, su hija, imitaba a su madre, y su afecto también era para Máximo.

Para ellas, él era un extraño.

La música de la Fiesta de la Vendimia llenaba el aire, pero para Iván, era solo ruido de fondo. De repente, un grito rompió la celebración. Luciana se había caído de su caballo.

Iván corrió hacia el puesto de primeros auxilios. Su corazón latía con fuerza, pero se detuvo en seco al ver la escena.

Lina ya estaba allí, del brazo de Máximo. Parecían la pareja perfecta, dueños del viñedo, mientras él, Iván, era solo el enólogo de origen humilde.

El médico preguntó: "¿Quiénes son los padres de la niña?".

"Yo soy su madre", respondió Lina, su voz clara y autoritaria, ignorando por completo a Iván, que estaba a su lado.

El capataz de la finca, que lo conocía, lo miró con una mezcla de sorpresa y lástima. Esa mirada lo hirió más que la indiferencia de Lina.

Iván se acercó para ver la pierna vendada de su hija. El dolor se reflejó en su rostro. "Luciana, mi amor, deja que papá te cargue".

Luciana lo apartó con frialdad. "No. Quiero ir con el tío Máximo".

Extendió sus bracitos hacia Máximo, quien la levantó con una sonrisa de suficiencia, consolándola con palabras suaves.

Lina se giró hacia Iván, con el rostro lleno de acusación. "Todo es tu culpa. ¿Por qué no te aseguraste de que usara su equipo de protección?".

"Lo preparé todo, Lina. Estaba en su bolso", intentó defenderse Iván.

"¡Irresponsable!", lo interrumpió ella.

Máximo intervino, con una falsa amabilidad que era más cruel que cualquier insulto. "Lina, no seas tan dura con Iván. Ningún padre querría que su hijo saliera herido".

Sus palabras lo silenciaron, lo dejaron sin aire, impotente.

Lina, Máximo y Luciana se alejaron, una familia perfecta de tres, dejándolo solo en medio de la multitud. La música y las risas parecían burlarse de su soledad.

Mientras caminaba de regreso a la imponente casa de la finca, los recuerdos lo asaltaron. Recordó cómo había comenzado todo, años atrás.

Su madre, Elena, una curandera respetada en su pueblo, había salvado a Doña Isabel Ramírez, la matriarca de la familia, de una grave reacción alérgica.

Como agradecimiento, Doña Isabel insistió en que Iván, un joven y prometedor enólogo, trabajara en su bodega y viviera en la finca, a pesar de la enorme brecha social.

Fue allí donde conoció a Lina. Se enamoró perdidamente de ella, sabiendo que era un amor imposible. Ella amaba a Máximo, su amor de la infancia, el heredero de una bodega rival.

Su relación terminó cuando Doña Isabel se opuso firmemente. Máximo, sin luchar, se fue a estudiar a Francia.

Una noche, durante la vendimia, Lina, con el corazón roto y borracha, buscó consuelo. En la oscuridad del viñedo, lo confundió con Máximo. Iván intentó resistirse, pero la pena y el alcohol de ella eran más fuertes.

Dos meses después, se descubrió el embarazo. Para proteger el honor de la familia, Doña Isabel obligó a Lina a casarse con él.

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