Los días siguientes se sintieron extraños, como despertar de un sueño largo y pesado. Mientras Laura seguía en el pueblo de Pedro, yo comencé a desmantelar mi vida anterior, pieza por pieza.
Lo primero fue mi puesto en el mercado. Llegué temprano, como siempre, pero en lugar de acomodar la fruta, empecé a empacar mis básculas y mis cajas de madera.
Toño, el de las carnitas, se acercó con su habitual aire de superioridad.
"¿Qué pasó, mi Lobo? ¿Ya te corrió La Jefa también del mercado? Te dije que no era bueno morder la mano que te da de comer."
Su risa grasosa resonó en el pasillo silencioso de la mañana. Los otros comerciantes observaban desde sus puestos, cuchicheando. Yo era el espectáculo del día.
No le respondí. Simplemente tomé una caja de aguacates Hass, los más perfectos, los que siempre le guardaba a él porque a su esposa le encantaban, y la puse frente a su puesto.
Luego, tomé el machete que usaba para cortar los cocos y, con un solo movimiento limpio y preciso, partí por la mitad cada uno de los aguacates, dejando al descubierto sus huesos pálidos. Lo hice sin prisa, con una calma metódica, aguacate tras aguacate, hasta que la caja entera fue un desastre de pulpa verde y huesos rotos.
La sonrisa de Toño se desvaneció. Su cara se puso pálida. Entendió el mensaje. Nadie más dijo una palabra.
Terminé de empacar mis cosas y vendí el resto de la mercancía a mitad de precio a Don Manuel, un anciano que vendía jugos y que siempre me había tratado con respeto.
"Cuídate, muchacho," me dijo, apretando mi hombro. "El lobo siempre caza mejor solo."
Asentí, agradecido por sus palabras.
Después, fui a la taquería. "La Jefa".
Estaba cerrada, por supuesto. Laura aún no regresaba. Usé mi llave para entrar. El lugar olía a grasa fría y a cerveza rancia.
Miré a mi alrededor. Cada mesa, cada silla, la plancha de acero inoxidable, el trompo de pastor apagado. Yo había lijado esas mesas, yo había soldado esa silla coja, yo había pasado noches enteras limpiando esa plancha hasta que rechinara de limpia.
Fui a la pequeña oficina del fondo. Sobre el escritorio había una foto enmarcada de nuestra boda. Laura se veía radiante, yo sonreía como un tonto enamorado.
Tomé el marco. Por un momento, recordé el día, el calor, la promesa de un "para siempre". Pero el recuerdo se sentía hueco, como una película vieja que ya no te crees. Saqué la foto, la doblé cuidadosamente y me la metí en la cartera. El marco de plata, un regalo de mis padres, me lo llevé.
Luego, abrí la caja fuerte. Adentro había fajos de billetes de las ventas del fin de semana. Conté rápidamente. Faltaban casi tres mil pesos de lo que debería haber. Suspiré. Pedro, seguramente.
Saqué una cantidad, el equivalente a mi último mes de sueldo, un sueldo que Laura misma me había fijado y que era ridículamente bajo. Dejé el resto. No quería su dinero, solo lo que era mío por derecho.
Mi última parada fue el banco. Tenía una cuenta de ahorros, una que abrí cuando era soltero y que Laura no sabía que existía. Ahí había guardado cada peso que pude ahorrar durante años, las propinas que los clientes me daban directamente a mí, el dinero extra de trabajos de fin de semana que hacía antes de que la taquería nos absorbiera por completo.
Y luego estaba el terreno. Un pequeño lote que mi abuela me había heredado. Laura siempre lo había despreciado. "¿Para qué quieres ese pedazo de tierra lleno de piedras? Véndelo y metemos el dinero al negocio."
Nunca lo hice. Fue mi único acto de rebeldía en siete años.
Esa misma tarde, puse un anuncio en línea para vender el terreno. Para mi sorpresa, recibí una llamada casi de inmediato. Era de una constructora que estaba planeando un nuevo fraccionamiento en esa zona. El precio que me ofrecieron era cinco veces mayor de lo que yo jamás hubiera imaginado.
La ironía era casi cómica. El pedazo de tierra inútil que Laura despreciaba iba a ser mi boleto a la libertad.
Esa noche, dormí en el pequeño cuarto de servicio de la casa de mis padres. Hacía años que no dormía ahí. La cama era pequeña y el colchón duro, pero dormí profundamente, sin pesadillas por primera vez en mucho tiempo.
Al día siguiente, mientras desayunaba con mis padres, Laura llamó. Era la primera vez desde mi "berrinche", como ella lo llamaba.
"Ricardo, ya voy de regreso. Llego mañana. Espero que ya se te haya pasado el coraje."
Su tono era el de una madre regañando a un niño.
"Ah," fue todo lo que dije.
"Más te vale que hayas arreglado el problema con el proveedor de la carne. Y necesito que vayas al mercado por verdura fresca, la que había ya se debe haber echado a perder."
"Laura," la interrumpí. "Ya no trabajo para ti. Y ya no vivo en la casa."
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Pude imaginar su ceño fruncido, su cara de incredulidad.
"No empieces con tus dramas, Ricardo. Nos vemos mañana."
Y colgó. No me dio tiempo de decirle que no habría un "mañana" para nosotros.
Pero no importaba. Pronto lo descubriría por sí misma.





