No Más La Ingenua Sofía

El dolor me partía en dos, un dolor agudo y brutal que me arrancaba gritos desde el fondo del alma.

La habitación del hospital era fría, blanca y olía a desinfectante.

Afuera, la lluvia golpeaba el cristal de la ventana, como si el cielo llorara por mí.

Estaba dando a luz, pero no había alegría, no había esperanza, solo un vacío inmenso. El hijo que llevaba dentro era una marca de vergüenza, el resultado de una noche de horror.

Marco, mi esposo, el hombre por el que había sacrificado todo, no estaba a mi lado.

Una enfermera de rostro indiferente entró y me revisó sin decir una palabra.

"¿Dónde está mi esposo?", pregunté con un hilo de voz.

Ella se encogió de hombros. "El señor Marco dijo que tenía asuntos importantes."

Asuntos importantes. Más importantes que el nacimiento de su supuesto hijo, más importantes que mi vida.

Las contracciones se hicieron más fuertes, una ola de agonía que me ahogaba. Cerré los ojos y la memoria, cruel y vívida, me arrastró de vuelta a mi noche de bodas.

El vestido blanco, las flores, las sonrisas falsas. Me casé con Marco para salvar la empresa de mi padre, creyendo que su amor era real, que yo era la mujer más afortunada del mundo.

Qué ingenua fui.

Esa noche, en la suite nupcial, Marco me sirvió una copa de champán.

"Por nuestro futuro, mi amor", dijo con esa sonrisa encantadora que me había cautivado.

Bebí, y el mundo empezó a girar. Mi cuerpo se sentía pesado, mi mente nublada. Lo último que recuerdo con claridad fue la puerta abriéndose y los amigos de Marco entrando, sus rostros distorsionados por la risa y el alcohol.

"Miren a la princesita", dijo uno de ellos, su aliento apestando a licor.

"Marco, ¿qué pasa?", susurré, aterrada.

Marco solo se rio. Una risa fría y cruel que no reconocí. "Diviértanse, muchachos. Pero no la rompan, todavía me sirve."

Me arrojaron sobre la cama. Me arrancaron el vestido. Sus manos sucias me tocaron por todas partes, sus risas burlonas resonaban en mis oídos mientras yo luchaba inútilmente, atrapada en una pesadilla inducida por las drogas.

Cuando desperté, estaba sola, con el cuerpo dolorido y el alma rota.

Marco entró horas después, silbando una melodía alegre.

"¿Dormiste bien, querida?", preguntó, sin siquiera mirarme.

El recuerdo se desvaneció y volví al presente, al dolor del parto. Cuando finalmente descubrí mi embarazo, confronté a Marco. Su reacción fue la última pieza que destrozó mi corazón.

"¿Un hijo?", se burló. "¿Cómo sabes que es mío? Después de esa noche, podría ser de cualquiera."

Lloré, le grité, lo golpeé con mis puños débiles. Él simplemente me abofeteó y me encerró en una habitación de la mansión, tratándome como a una prisionera.

"Te quedarás aquí hasta que nazca ese bastardo", sentenció. "Luego veremos qué hacemos contigo."

Y ahora, aquí estaba, muriendo. Lo sentía en cada fibra de mi ser. La sangre se me escapaba, la fuerza me abandonaba. El llanto débil de un bebé llenó la habitación por un instante, un sonido que apenas registré.

Mi visión se volvió borrosa. El rostro de Ricardo, el tío de Marco, apareció en mi mente. El hombre noble en silla de ruedas, el único que siempre me trató con amabilidad, con un respeto que Marco nunca conoció. Recordé su mirada triste cuando me casé, como si supiera la desgracia que me esperaba.

Lo siento, Ricardo. No pude ver la verdad.

Mi último aliento fue un suspiro de arrepentimiento.

La oscuridad me envolvió.

Un instante después, una luz cegadora me asaltó, y un coro de voces ansiosas.

"¡Sofía! ¡Sofía, por Dios, reacciona! ¡Llegarás tarde a tu propia boda!"

Abrí los los ojos de golpe.

El rostro preocupado de mi madre estaba a centímetros del mío. A mi alrededor, damas de honor revoloteaban, ajustando los últimos detalles de un vestido blanco. Mi vestido de novia.

Miré mis manos. No había marcas, no había cicatrices. Mi vientre estaba plano.

Me toqué la cara, el cuello. Todo era real.

La puerta se abrió y entró él. Marco.

Lucía un traje impecable, su cabello perfectamente peinado, su sonrisa arrogante en su lugar. La misma sonrisa que me había engañado, la misma sonrisa que se había burlado de mi sufrimiento.

"Mi amor, te ves hermosa", dijo, acercándose para besarme.

Un asco profundo, violento, subió por mi garganta.

Me aparté de él como si su contacto quemara.

En mis ojos no había amor, no había ilusión. Solo había el hielo de la tumba de la que acababa de regresar.

Él me miró, confundido por mi reacción.

"¿Sofía? ¿Qué te pasa?"

Lo miré fijamente, viendo al monstruo detrás de la máscara. Vi a mi violador, a mi carcelero, a mi asesino.

He vuelto, Marco. Y esta vez, el infierno lo vas a vivir tú.

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