Los días siguientes fueron una obra de teatro macabra. Yo interpretaba al marido devoto y futuro padre feliz, mientras ellos, los actores principales, seguían con su farsa.
"Cariño, el ginecólogo dice que necesito reposo absoluto. Y un ambiente libre de estrés" , me dijo Sofía una mañana, mostrándome una revista con un bolso de diseñador. "Creo que esto me ayudaría mucho con el estrés."
Javier, que había venido a "revisar unas facturas" , añadió con falsa preocupación: "Tiene razón, hermano. Sofía ha pasado por mucho. Deberías consentirla. Además, las finanzas van bien, te lo puedes permitir."
Asentí, mi rostro una máscara de comprensión.
"Claro, lo que necesitéis."
Observaba cómo Javier manejaba mis cuentas en su portátil, moviendo mi dinero, el dinero que yo sudaba en cada partido, con una familiaridad que me revolvía el estómago. Hablaban de mi fortuna como si ya fuera suya, planeando inversiones, compras, viajes. Yo era un espectador en el saqueo de mi propia vida.
La rabia era una brasa ardiendo en mi pecho, contenida, esperando el momento de convertirse en un incendio. Tenía que aguantar. Tenía que mantener la fachada hasta que el plan de Don Alejandro estuviera en marcha. Cada sonrisa falsa que les dedicaba, cada gesto de cariño que fingía, era un paso más hacia mi venganza.
Una noche, incapaz de dormir, abrí un viejo baúl en mi estudio. Dentro, bajo camisetas de mis primeros equipos, encontré una caja de zapatos. La abrí. Estaba llena de cartas. Las cartas que Sofía me escribía cuando yo empezaba en las categorías inferiores y ella estaba en la universidad.
"Mi campeón" , empezaba una. "Sé que estás lejos, pero cada gol que marcas es como si lo marcaras para mí. Estoy tan orgullosa de ti. Vuelve pronto, tu futura esposa te echa de menos."
Leí sus palabras, llenas de promesas de un futuro juntos, de una vida construida sobre el amor y el sacrificio mutuo. Recordé las horas extra de entrenamiento, aguantando el dolor de la rodilla, todo para darle la vida que ella soñaba, la vida que me pedía en esas cartas.
Y entonces, escuché su risa en el piso de arriba, una risa compartida con mi hermano.
La cruda realidad se estrelló contra el recuerdo idealizado. Todo había sido una mentira. Cada "te quiero" , cada promesa, cada sacrificio. Había sido un tonto, un peón en su juego.
El dolor en mi corazón era más profundo que cualquier lesión física. No era la rabia de la traición, era la tristeza amarga por el amor que creí real, por la vida que había construido sobre cimientos de arena.
Cogí la caja de cartas, la llevé a la chimenea y, una por una, las arrojé al fuego. Observé cómo las llamas consumían las palabras de amor y las promesas vacías, convirtiéndolas en cenizas.





