"¿Neta te da hueva hasta a ti, Eduardo?", la voz de Ricardo sonaba irritada, como si la objeción de su amigo fuera una ofensa personal. "Tú eres el bueno para estas cosas, el que siempre sabe qué decir. A ti te hará caso".
Escuché un suspiro del otro lado. La voz de Eduardo sonó de nuevo, esta vez con una nota de resignación.
"Está bien, güey. Yo voy", dijo. "Pero que sea la última vez que me pides estas cosas. No está chido jugar así con la gente".
"Sí, sí, lo que digas, santo Eduardo", se burló Ricardo. "Solo asegúrate de que se vaya. No quiero encontrármela después en la universidad. Qué oso".
La voz de Eduardo, a pesar de la situación, tenía algo que me llamó la atención. Era profunda y tranquila, sin el tono arrogante y superficial de Ricardo. Me transmitía una extraña calma.
Me esforcé por recordar las fotos que Ricardo me había mandado. A veces salían sus amigos, pero siempre estaban en segundo plano, borrosos. ¿Sería Eduardo uno de ellos? Un tipo alto, de cabello oscuro, que siempre parecía estar un poco apartado del grupo. Sí, creo que lo recordaba.
Pero, ¿por qué aceptó? ¿Por lástima? ¿O simplemente para quitarse a Ricardo de encima? La duda se instaló en mi mente, pero no opacó mi decisión. Mi plan seguía en pie.
Respiré hondo, conté hasta diez y salí de mi escondite detrás de la planta. Caminé con la cabeza en alto, como si no hubiera escuchado nada. Crucé el umbral del café y miré directamente a la mesa de Ricardo. Él levantó la vista, me vio y su rostro se contrajo en una mueca de fastidio antes de desviar la mirada rápidamente hacia su celular.
Le envié un último mensaje.
"Ya estoy aquí. ¿Dónde te sientas?".
Su respuesta fue casi instantánea, fría y cortante.
"La mesa junto a la ventana. Te está esperando mi amigo Eduardo. Tuvo que venir él, a mí me salió un imprevisto familiar urgente. Te explica él. Hablamos luego".
Ni siquiera una disculpa. "Hablamos luego". Claro.
Guardé el teléfono, una sonrisa helada dibujada en mi rostro. El juego estaba por comenzar.





