Un mes después de nuestra boda, la vida parecía haberse asentado en una nueva normalidad. Máximo era un esposo devoto, atento a cada una de mis necesidades, especialmente con el embarazo. Su gentileza era un bálsamo para la herida que Roy había dejado. Mi pueblo, aunque inicialmente conmocionado, aceptó nuestra unión, felices de verme cuidada.
Pero la paz era una ilusión.
Una noche, el sonido de disparos rompió el silencio del pueblo. Gritos de terror reemplazaron el suave murmullo de las olas. Máximo me empujó dentro de nuestra pequeña casa.
"¡No salgas, Lina! ¡Quédate aquí!"
Corrió hacia afuera, supuestamente para protegernos. Me acurruqué en un rincón, rezando a todos los santos que conocía, mis manos protegiendo instintivamente mi vientre. El caos afuera era un infierno de violencia. Escuché los gritos de mis vecinos, de las familias que había conocido toda mi vida, silenciados uno por uno.
El estrés, el miedo, el horror... fue demasiado. Un dolor agudo y desgarrador me atravesó. Caí al suelo, un grito ahogado escapando de mis labios mientras la sangre comenzaba a manchar mi vestido.
Cuando Máximo regresó, encontró el suelo manchado y a mí, temblando, rota. Me levantó en brazos, su rostro una máscara de angustia.
"¡Lina! ¡No, no, no!"
Perdí a mi bebé esa noche. Y con él, perdí a todo mi pueblo. No hubo supervivientes. Los sicarios, bajo la excusa de una guerra entre carteles, no habían dejado a nadie.
Máximo se mostró desconsolado. Lloró conmigo, me sostuvo mientras yo gritaba mi dolor al cielo vacío. Prometió venganza.
"Encontraré a los que hicieron esto, Lina. Te lo juro por nuestro hijo perdido. Pagarán por cada vida que tomaron."
Fue rápido y eficiente. En cuestión de semanas, anunció que había encontrado a los responsables, un pequeño grupo rival. Los eliminó sin piedad. Me trajo la noticia como una ofrenda, esperando que me trajera paz. Y por un tiempo, le creí. Me aferré a él, el único pilar que me quedaba en un mundo de ruinas.





