Negocios Placenteros

Alice.

¿Que era una herramienta? Sí, claro, ¿cómo iba a olvidar eso? Lo tenía bastante presente, pero no podía decirle nada en ese momento, no me podía arriesgar a que alguien me escuchara o me leyera los labios. Así que mejor me quedé callada y seguí con mi actuación: me mostré totalmente enamorada porque así era justo como me sentía en ese momento, además de confundida, sorprendida, enojada, feliz, deprimida… todo eso, sí.

No podía creer que ahora que había encontrado por fin al amor de mi vida, al que había estado buscando por tantos años, este me hablara tan fríamente como si no tuviera corazón. ¿Acaso no se acordaba de mí? ¿Se había olvidado de todo? ¿Por qué se le había congelado el corazón?, porque antes sí tenía, y era uno bien grandote. No, no estoy hablando en doble sentido, él y yo no tuvimos una relación sexual ni pasional ni de amor siquiera.

Todos esos años soñando con nuestro reencuentro se fueron al caño en un par de segundos. Alguna vez lo había pensado, claro, que yo para él no significara nada, que solo había sido un momento que había olvidado al día siguiente, pero seguía aferrada en que lo más probable era que él también estaba enamorado de mí, así como yo de él.

Tremendo cubetazo de agua fría que me cayó al oírlo hablar.

Nos retiramos a pasos lentos por el pasillo mientras sonreíamos y saludábamos a todos nuestros conocidos. Llevábamos nuestras manos entrelazadas, como debíamos de llevarlas, pero su mano estaba fría, mientras que la mía temblaba un poco y sudaba. No me importaba notarme así frente a él, le diría después que había sido mera actuación.

Al salir una limosina blanca nos esperaba. Entramos y en el momento en que cerramos la puerta y la visión hacia el interior quedó cegada por el gran papel negro que cubría las ventanillas, Harvey se deslizó hacia la otra orilla alejado de mí, y sacó su celular para ya no prestarme más atención. Me sentí pequeña. No me preocupaba, pero su indiferencia dolía.

Llegamos al hotel en donde sería la recepción un poco más tarde y en cuanto entramos, él se desapareció. Oh, vaya, otra decepción más.

—La acompaño, señora. —Una joven bastante simpática y guapa se me acercó y me guio hacia el ascensor—. Tenemos que subir hasta el último piso, al penthouse, señora Harrison.

—Mi esposo llevaba prisa, le dije que se adelantara —dije para excusarme de ir sola recién casada.

—No se preocupe, yo la acompañaré para que no vaya sola. ¿Le ayudo con el vestido?

—Sí, gracias, pesa una tonelada. Mi esposo se enfermó del estómago. —Bien, esa era mi manera de vengarme, y la disfrutaba—. Pobrecillo, espero se le pase pronto para que pueda disfrutar de nuestra fiesta.

—Enseguida pido que le lleven medicamento al señor —dijo la amable y tonta señorita.

—Sí, por favor, y toallas extras por si tiene que bañarse varias veces. Tú sabes cómo es eso de estar con diarrea. Es embarazoso, pero natural —dije y me carcajeé mentalmente. La chica solo ocultó una mueca de asco—. Más si no te controlas con la comida grasosa.

—Nosotros nos encargamos, no se preocupe.

Una vez llegamos al penthouse, la despedí en la puerta y entré. Era una maravilla de habitación. De seguro el costo debía ser elevadísimo solo por el par de horas que estaríamos ahí.

Fui hacia la recámara principal y me acerqué a un espejo de cuerpo completo. Ahí estaba yo, mi reflejo más bien; en un vestido blanco y hermoso, con mi cabello rojo y rizado atado a lo alto y con el velo colgando. Me imaginé a mis padres, ¿estarían felices por mí?, ¿tristes? Suponía que estarían felices porque el acuerdo que hice con mi abuelo era confidencial, y si mis padres hubieran estado vivos, no se hubieran enterado de que todo era mentira.

Escuché una voz en el balcón y me asomé por la persiana. Era Harvey, mi marido. Estaba sentado y sostenía el celular frente a él mientras hablaba con alguien por videollamada.

—No te preocupes más —dijo él—, pronto terminará.

No supe con quién estaba hablando pues enseguida me alejé porque no quería ser descubierta, pero advertí que con quien hablaba era alguien importante para él.

Un par de horas más tarde, al llegar al salón de eventos donde se llevaría a cabo la gran fiesta por nuestro matrimonio, saludamos a todos los conocidos míos y de él, aunque la mayoría iban de su parte. Actuábamos por completo como una feliz pareja de recién casados. Yo de reojo miraba sus hermosos ojos azules y recordaba con cierta tristeza aquella tarde en que lo conocí. Él no me miraba para nada, ni siquiera un gesto, una mirada, nada.

Cuando se llegó el momento de que bailáramos nuestra primera canción, no pude encontrar a Harvey por ningún lado. La gente me miraba, pero yo no sabía qué hacer. ¿Qué se suponía que debía de hacer?, ¿sentarme?, ¿bailar sola?, ¿quedarme de pie esperando a que alguna pareja se animara a bailar por mí?

—Puedes sustituir al novio —dijo un hombre realmente atractivo mientras me tendía la mano—. ¿Bailas conmigo? Es broma lo de sustituir al novio, no creo que sea legal —dijo.

Lo tomé como un buen motivo para que dejaran de verme todos con cara de «miren, la novia fue plantada en la pista por el novio» y la cambiaran por «miren, la novia está bailando con otro». Realmente no me importaba lo que dijeran, por lo que acepté y comenzamos a bailar la canción lenta que sonaba.

El chico era alto, bastante alto en realidad, su cabello negro contrastaba con su piel blanca, y sus ojos color miel brillaban. No quise decir nada, solo me dediqué a bailar sonriendo y mirando a mi alrededor. No quería que pensaran que estaba coqueteando con un completo desconocido el día de mi boda.

«Harvey, ¿dónde estarás? ¿Por qué te atreviste a hacerme esto este día?», pensé mientras miraba hacia todos lados.

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