«Carlos». Su nombre era lo primero que aparecía en su pensamiento al despertar, justo antes de palpar las sábanas, la almohada y descubrir que todo fue un sueño. Que ya no se encontraba entre sus brazos, a pesar de que cada fibra de su ser le gritaba que era real. Que todavía sentía el calor de sus besos sobre los labios, el tacto de sus manos cuando recorría la piel desnuda y el sonido de su voz junto al oído. Amaba aquel arrullo nocturno más de lo que podía explicar con palabras. No existía vocabulario, ni idioma, para expresar el dolor que la apresaba cada mañana. El vacío en el que caía al encontrarse sola y saber que, por más que lo intentara, él era producto de su imaginación. Ella vivía en el año 2018.
Se arrastró por el colchón hasta dejar los pies reposar en el suelo. Se restregó los ojos y maldijo encontrarse en aquella habitación. Era muy complicado amar dos vidas, amarlo a él y saber que se estaba volviendo loca. O tal vez lo estaba desde hacía mucho tiempo.
La puerta de la habitación comenzó a vibrar con los fuertes golpes que Elena le propinaba. Antes de que le diese paso, su mejor amiga se aventuró al interior, la miró desde la puerta y colocó los brazos en jarra.
—Floja —siseó entre dientes—. Son las doce de la mañana y tienes la marca de la almohada en la cara. Ya deja la depresión, ¿no?
Elena tenía el cabello castaño claro, mojado y recogido en una coleta alta. Llevaba una camiseta negra de tirantes ajustada, unas mallas del mismo color y unas deportivas. La tela se le adhería al cuerpo humedecida por el sudor. Lo más probable es que acabara de regresar de su carrera por el parque.
Leire se levantó de la cama refunfuñando y caminó hacia ella, la apartó y salió del cuarto directa a la cocina.
—¡Hola, hola, hola! ¿Acaso soy invisible? —Su amiga la alcanzó y se sentó en el taburete junto a la barra americana—. Corro cada mañana para estar en forma, pero este cuerpo serrano no fue esculpido para ser ignorado.
Leire podía contestarle y continuar la misma discusión de cada día, pero no estaba preparada para hacerlo sin su dosis de cafeína diaria. Elena y ella eran amigas desde el instituto. Desde entonces fueron inseparables. Llevaban diez años compartiendo un apartamento de alquiler, y después de ese tiempo parecía que su compinche seguía sin percatarse de que, sin su café, no era un ser humano.
Dejó caer el agua en la cafetera y la encendió. A los pocos minutos el delicioso aroma a nuevo día impregnó sus sentidos.
—Ya hablamos de esto —murmuró sin dejar de mover las manos. Agarró la taza, agregó azúcar y leche—. Necesito mi droga antes de entrar en debates sobre mi forma de vida.
—Leire…, no puedes seguir así.
—¿Lo dices de verdad? —preguntó sarcástica—. Si no me lo dices no me habría dado cuenta, ¡mira qué eres lista! —Sujetó la jarra con cuidado, aspiró el aroma y sirvió el contenido en la taza.
Movió con tanta lentitud la cuchara, que parecía haberse adentrado en una película en cámara lenta. No deseaba que se derramara una sola gota. Con la misma meticulosidad, sostuvo un paño y lo paseó por la parte baja para asegurarse de que no estuviese manchada. En el momento que fue a dejarla sobre la barra, arrugó el entrecejo y lo pensó mejor. Con el mismo paño comenzó a limpiar el mueble, equilibrando la taza en la mano como el mejor malabarista.
—¡Está limpio, doña mugre! ¡Qué asquerosa eres!, tú y tu obsesión con que se pueda pasar la lengua por encima. —Elena elevó los brazos y estiró las palmas junto a la cabeza.
La ignoró, ¿qué otra cosa podía hacer? Limpiar la ayudaba a controlar la ansiedad, y en esos días estaba desbordada. Buscó un posavasos y dejó la taza sobre él. Se sentó en el taburete junto a Elena y suspiró al llevarse el primer sorbo de bebida a los labios.
—Ahora sí, ya puedes hablar. —Su amiga la miró y arqueó una ceja.
—Pues ahora no quiero. —La vio llevarse los brazos al pecho y darle la espalda mientras tamborileaba el pie en el suelo.
—Mejor —fue la escueta respuesta.
Si bien el café comenzaba a hacer efecto en su organismo, el sueño de la noche anterior la seguía torturando.
—Te levantas a las doce de la tarde con los ojos tan rojos que pareces Drácula, en las noches te escucho gritar como la llorona, Carlos por aquí, Carlos por allá, Carlos dame más duro. —Con la taza asegurada en la barra, se volvió hacia la espalda de Elena y le propinó un tortazo en la nuca.
Su amiga que no esperaba la reacción, no le dio tiempo a sujetarse y cayó como un costal de patatas al suelo, con las piernas enredadas entre la madera del taburete y los brazos cubriéndole el rostro para protegerse.
—Pero ¡¿qué te pasa, tía?! —aulló con la boca pegada al suelo.
Como un gusano se liberó del amarre del mueble, y fue dándose la vuelta hasta que quedó mirándola con los labios fruncidos y la nariz arrugada.
Leire ahogó una carcajada y simuló estar bebiendo. De pronto el cielo ya no le parecía tan gris, ni la mañana tan detestable. Ver a Elena como una rana en el suelo debatiéndose entre gritar o hacerse la digna, hacía que mereciese la pena haberse despertado.
—Lo único que pasa es que no me tomé el café, y, mientras no tenga en el cuerpo hasta la última gota, estás jugando con fuego. —Su amiga apoyó las palmas en la loseta y se mantuvo sentada.
—No puedes seguir así, ya me canso a mí misma de repetirme, ¿cuánto llevas con las pesadillas? Las tienes desde que te conozco. Tal vez la psiquiatra… —Apuró el café de un sorbo y la enfrentó con el dedo índice como si fuese una espada.
—¡Todas las mañanas lo mismo! Estoy bien y no hay más que hablar. —Se levantó, molesta.
Sentía el estómago gruñir por el hambre, pero no estaba dispuesta a seguir un minuto más en la cocina. Tras proferir unas cuantas maldiciones se dirigió a la habitación, a la vez que sintió en su espalda la presencia de su amiga que había recuperado la posición vertical, y la seguía sin estar dispuesta a dejarla decir la última palabra.





