Mi Viñedo Precioso

Al día siguiente, la noticia del compromiso de Catalina y Mateo se extendió por toda La Rioja. Lo vi en el periódico local mientras desayunaba solo en la cocina de servicio. Una foto de ellos dos, sonriendo, felices. Una felicidad que en mi vida anterior se construyó sobre mi desgracia.

No sentí nada. Solo un vacío helado.

La puerta de la cocina se abrió de golpe. Era Catalina.

«Mi padre quiere verte en su despacho. Ahora».

Su voz era cortante. Ya no había rastro de la confusión de ayer, solo una fría determinación.

El despacho del Señor Rojas olía a cuero viejo y a vino caro. Él estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba, con el rostro sombrío.

«Javier», comenzó, sin mirarme a los ojos. «Catalina me ha pedido… exige… que le entregues el control del Viñedo Centenario».

Mi corazón, que creía muerto, dio un vuelco doloroso. El Viñedo Centenario. Cepas de más de cien años que yo mismo había recuperado de la enfermedad. La fuente del "Reserva de la Familia", el vino más prestigioso y rentable de la bodega. Mi obra maestra.

«Es una locura», dijo el Señor Rojas, más para sí mismo que para mí. «Mateo no sabe distinguir una tempranillo de una garnacha. Esto arruinará la cosecha».

«Pero es mi hija», suspiró, finalmente levantando la vista. Sus ojos reflejaban una mezcla de impotencia y decepción. «Y es lo que ha elegido».

No dije nada. Simplemente me acerqué al escritorio. Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta un juego de llaves de hierro forjado. Las llaves de la bodega, del laboratorio, de la cava privada donde envejecía el Reserva. Las puse sobre la madera pulida.

Luego, saqué un cuaderno de cuero gastado. El "Libro de Campo". En sus páginas estaba todo: mis anotaciones sobre el terruño, los ciclos lunares para la poda, las levaduras autóctonas que había aislado, los secretos de una década de trabajo incansable. Mi legado.

Lo coloqué junto a las llaves.

«Aquí tiene todo», dije con voz neutra.

El Señor Rojas cerró los ojos, como si no pudiera soportar la visión de esa rendición.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Entraron Catalina y Mateo, cogidos de la mano. Mateo sonreía, una sonrisa de triunfo arrogante.

«Vaya, vaya», dijo Mateo, mirando los objetos sobre el escritorio. «Así que por fin entiendes cuál es tu lugar».

Se acercó y cogió las llaves, haciéndolas tintinear en su mano como un trofeo.

Catalina no me miraba. Mantenía la vista fija en un punto de la pared, como si mi presencia le resultara insoportable.

«Padre», dijo ella, con una voz cargada de un resentimiento que yo conocía de otra vida. «Javier ya no es necesario aquí. Es hora de que se vaya».

El Señor Rojas parecía a punto de protestar, pero una mirada de su hija lo silenció.

Mateo se rió.

«Por supuesto que se va. Y se irá tal como llegó. Sin nada».

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