Mi Vientre, Su Infidelidad

La sala de espera de la clínica era blanca, estéril y silenciosa. El tipo de silencio que grita. Ximena se sentó en una de las sillas de plástico, con las manos entrelazadas sobre su vientre plano. Un vientre que había sido un campo de batalla durante años. Lleno de hormonas, punciones y esperanzas rotas. Ahora, era el escenario de su última y más dolorosa decisión.

Una enfermera de rostro amable se acercó a ella.

"Señora Orozco, el doctor la verá en un momento. ¿Necesita algo? ¿Un vaso de agua?"

Ximena negó con la cabeza, esbozando una sonrisa forzada.

"Estoy bien, gracias."

La enfermera le dirigió una mirada cargada de compasión. Conocía su historial. Había estado con ella en cada tratamiento fallido, en cada prueba de embarazo negativa. Podía ver la confusión y la tristeza en sus ojos.

"Lo siento mucho, de verdad," susurró la enfermera antes de retirarse.

Ximena cerró los ojos, tratando de no pensar. Tratando de no recordar la pequeña imagen borrosa en el ultrasonido de la semana pasada, el pequeño punto de luz que le habían dicho que era el latido de un corazón. Su bebé. Un bebé que no nacería en un mundo de mentiras.

Su teléfono, el nuevo que había comprado esa misma mañana después de destrozar el otro, vibró en su bolso. Lo sacó.

Era un mensaje de Mateo.

"Mi amor, ¿dónde estás? Fui a tu taller y no estabas. Anoche me porté como un idiota, perdóname. Estoy estresado. Hablemos, por favor. Te compré los churros que tanto te gustan."

Una risa seca y sin alegría escapó de sus labios. Churros. Pensaba que podía arreglar una traición de este calibre con churros. La absoluta ceguera de su egoísmo era casi cómica.

Borró el mensaje sin responder.

Un segundo después, otra notificación. Un mensaje de un número desconocido.

"Hola."

Ximena frunció el ceño.

"¿Quién eres?" tecleó.

La respuesta fue instantánea.

"Soy Sofía. ¿Podemos hablar?"

El mensaje desapareció un segundo después. "Este mensaje fue eliminado". Típico de ella. Lanzar la piedra y esconder la mano.

Ximena sintió una oleada de ira. ¿Cómo se atrevía? ¿Después de la burla pública, ahora quería hablar?

El teléfono comenzó a sonar. Era el mismo número desconocido. Ximena dudó un instante, pero la rabia pudo más que la prudencia. Contestó.

"¿Qué quieres?" espetó.

La voz al otro lado era melosa, falsamente dulce.

"Ximena, ay, qué bueno que contestas. Mira, yo solo quería explicarte lo de la foto. Fue un malentendido. Mateo y yo solo somos amigos, de verdad. Él me ha ayudado mucho, es como un hermano mayor para mí."

Un hermano mayor. La desfachatez era increíble.

"Ahórrate el cuento, Sofía. Vi la foto y vi tu comentario. Sé perfectamente qué clase de 'hermano mayor' es para ti."

Hubo un sollozo fingido al otro lado de la línea.

"No, de verdad, no es lo que parece. Yo no sabía... él me dijo que ustedes ya casi no estaban juntos, que lo suyo era más una costumbre. Me siento fatal, Ximena. No quise lastimarte. Yo te admiro mucho como artista."

La manipulación era tan burda, tan transparente. La típica táctica de la otra: hacerse la víctima, la niña inocente que fue engañada por el hombre malo.

"No me interesa tu admiración ni tus mentiras," dijo Ximena, su voz cortante como el vidrio roto. "Y para que te quede claro, no fuiste tú la que me lastimó. Tú solo eres un síntoma de la enfermedad. El problema es él."

"Pero..."

"Pero nada," la interrumpió Ximena. "Disfruta de tu 'inspiración'. Te lo regalo. Pero te doy un consejo: asegúrate de que tenga dinero, porque es lo único que le va a quedar. Y ni siquiera eso por mucho tiempo."

"¿De qué hablas?" la voz de Sofía ahora sonaba confundida, despojada de su falsa dulzura.

"Hablo de que la fuente de financiamiento de tu 'hermano mayor' se acaba de cerrar. Permanentemente."

Sin esperar respuesta, Ximena colgó y bloqueó el número. Se sintió un poco mareada, pero también extrañamente poderosa. Era la primera vez en años que ponía un límite, que se defendía.

"Señora Orozco," dijo la enfermera desde la puerta. "El doctor está listo para verla."

Ximena se levantó, alisó su ropa y caminó hacia el consultorio con la cabeza en alto. Dejaba atrás un matrimonio fallido, un hombre egoísta y una joven sin escrúpulos.

Y también, una parte de sí misma. Pero sabía, con una certeza dolorosa, que era necesario para poder reconstruirse.

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