Mi Vida por Tu Agonía Eterna

Mi nombre es Elena Valdés, aunque en el bajo mundo me conocen como "La Bruja".

Soy la última curandera-médico forense del México moderno, una herencia que carga tanto poder como maldición.

Con mis manos, puedo hablar con los muertos y, a veces, incluso convencerlos de que regresen.

Así fue como conocí a Ricardo Montoya, "El Príncipe".

Lo encontré en una plancha de la morgue, con el cuerpo frío y tres balas en el pecho, un capo de la droga caído en desgracia, traicionado por los suyos.

En lugar de realizarle la autopsia, le devolví la vida.

Fue un acto que me costó parte de mi propia esencia, un sacrificio que hice por un impulso que confundí con amor.

Lo resucité y, por voluntad propia, me casé con él.

Me convertí en su sombra, su consejera, su arma secreta.

Usé mis conocimientos ancestrales para ayudarlo a reclutar a los sicarios más leales, hombres que sentían el aura de la muerte y me respetaban por ello.

Lo ayudé a reconstruir su imperio, pieza por pieza, batalla por batalla.

Creí que éramos un equipo, un rey y su reina destinados a gobernar juntos.

Pero en el mundo del narco, la lealtad es una moneda que se devalúa con rapidez.

Durante una huida desesperada, acorralados por un cartel rival, Ricardo tomó una decisión.

Para salvar su propia vida, nos entregó.

A mí y a nuestro hijo, Ángel.

Nos usó como carnada, como un sacrificio menor para asegurar su supervivencia.

En el campamento enemigo, sufrí humillaciones que marcaron mi alma para siempre.

Vi cómo el terror constante quebraba la mente de mi pequeño Ángel, dejándolo atrapado en una infancia perpetua, su desarrollo mental afectado de por vida.

Cuando finalmente logramos escapar y regresar a la Ciudad de México, encontré un escenario desolador.

Ricardo no solo había sobrevivido, había prosperado.

Ya había consolidado su poder, más fuerte y temido que nunca.

Me recibió con lágrimas en los ojos, un actor consumado en el teatro de su propia vida.

"Lo siento, Elena", dijo, con la voz rota por un arrepentimiento que ahora sé que era falso. "Fue por el bien mayor. Era la única manera de sobrevivir y recuperar todo para nosotros".

Y yo, tonta de mí, le creí.

Lo perdoné.

Me convirtió en su "Reina" del cartel, un título hueco.

Me escondió junto a nuestro hijo en una mansión de lujo, una jaula dorada donde nuestra identidad era un secreto a voces.

Decía que nuestro hijo, con su mente afectada, era "débil y tonto", una vergüenza que no podía ostentar ningún rango para no ser blanco de ataques.

Éramos su tesoro oculto y su debilidad secreta.

Y así pasaron los años, en un limbo de opulencia y soledad.

Hasta que la mentira se hizo demasiado grande para sostenerla.

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