Isabella Vargas vivió veinte años creyendo ser la hija de los Herrera, una rica familia bodeguera.
Un día, encontró un viejo testamento.
Sus verdaderos padres, empleados de los Herrera, murieron en un accidente en la finca.
Los Herrera la habían acogido, pero nunca fue realmente una de ellos.
Sintió un frío recorrer su espalda. Su vida era una mentira.
Los Herrera, al ver que ya no les "servía" o temiendo que reclamara algo, decidieron que era hora de que se fuera.
"Ya no te necesitamos, Isabella," dijo Doña Elena con frialdad.
Isa intentó irse esa misma noche, con una pequeña maleta y el corazón roto.
Mateo Herrera, el hijo mayor, la interceptó en la puerta.
Siempre la había tratado con una frialdad distante, pero sus ojos oscuros la seguían a todas partes.
"¿A dónde crees que vas?" su voz era un susurro peligroso.
"Me voy, Mateo. Ya no pertenezco aquí."
Él sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Siempre has sido mía, Isabella."
La agarró del brazo, su fuerza era brutal. La arrastró de vuelta adentro.
Anunció a sus padres un compromiso forzado. "Isabella y yo nos casaremos."
Don Rafael y Doña Elena palidecieron, pero no se atrevieron a contradecir a Mateo.
Él había tomado el control de las bodegas, de todo.
Isa intentó escapar varias veces. Cada intento fue frustrado por Mateo.
La encerraba, la vigilaba. Su obsesión era una jaula.
Un día, Isa hizo un plan desesperado. Sabía que Mateo la seguiría.
Mientras él la perseguía en coche por una peligrosa ruta de montaña, ocurrió el accidente.
El coche de Mateo volcó.
Él sobrevivió, pero perdió la memoria.
Los Herrera, sus padres y Sofía, su hermana, vieron una oportunidad.
"Isabella es solo una empleada doméstica," le dijeron al amnésico Mateo.
Le ofrecieron a Isa una gran suma de dinero para que desapareciera. Un millón de dólares en pesos.
Isa, desesperada por huir de la obsesión de Mateo, incluso sin memoria, aceptó.
Tomó el dinero, sintiendo un amargo sabor a libertad comprada.
Mateo, sin recuerdos de su fijación, la trataba con el desdén que su familia le inculcaba.
"Una simple sirvienta no debería usar ese perfume," le dijo una vez, arrugando la nariz. "Ni mirarme a los ojos."
Pero luego murmuró, "Aunque... recuerdo vagamente que antes me gustaba tu aroma natural."
Isa sintió un escalofrío. Incluso sin memoria, algo de él la reconocía.
Sofía, la hermana menor, disfrutaba humillándola.
Anunció con pompa el compromiso de Mateo con Valeria Montoya, hija de una familia rival y poderosa.
Un día, por una nimiedad, Sofía ordenó encerrar a Isa en la fría y oscura bodega de vinos de la estancia.
"Para que aprendas tu lugar," siseó Sofía.
Mateo, indiferente, lo consintió. "Haz lo que quieras con ella."
Isa casi muere congelada.
Horas después, la puerta se abrió. Un empleado conmovido la sacó, temblando.
O quizás fue Mateo, en un vago impulso protector que no comprendía. No lo supo.
Despertó en una clínica pequeña, con la luz del sol hiriéndole los ojos.





