El reflector me daba de lleno en la cara, sentía el calor en la piel, pero por dentro estaba helada.
Era el plató de "El Desafío del Emprendedor" , el reality show más visto del país, mi gran oportunidad.
Mi proyecto, "Raíces Vivas" , una aplicación para enseñar lenguas indígenas, era mi vida entera.
Años de investigación, de viajes a comunidades en Oaxaca, de noches sin dormir programando.
"Sofía, tu pasión es evidente" , dijo uno de los jueces, una mujer de negocios con una sonrisa amable. "El proyecto es… conmovedor" .
Mi corazón se aceleró, sentí un nudo de esperanza en la garganta.
Estaba a punto de conseguirlo, la inversión que cambiaría todo.
Pero entonces, Ricardo, el magnate de la tecnología, carraspeó, atrayendo toda la atención. Se reclinó en su silla de piel, con una expresión de superioridad.
Era el "experto" en cultura mexicana del programa, aunque todos sabían que su única conexión con México eran las vacaciones en Cancún y los sombreros de charro que compraba para sus fiestas.
"Muy conmovedor, sí" , dijo arrastrando las palabras. "Pero la autenticidad es clave en este tipo de… proyectos folclóricos" .
Me miró fijamente.
"A ver, señorita… experta. Dígame esta frase en zapoteco del Istmo: 'Xcaanda guyúba' guie' dxu' " .
Lo dijo con una pronunciación torpe, casi insultante, como si estuviera leyendo una mala traducción de internet.
Aun así, entendí.
"Significa 'En sueños buscaré tu pueblo' " , respondí con calma, pronunciando cada sílaba con el cuidado que me habían enseñado los ancianos de Juchitán. "Y se dice 'Sh-caanda guyúba' guié-dshu' " , enfaticé la entonación correcta.
Ricardo soltó una carcajada seca y cruel.
"Terrible" , sentenció, mirando a los otros jueces y al público. "Una pronunciación espantosa. ¿Y tú quieres enseñar lenguas indígenas? ¡Qué farsa!" .
El aire se congeló. El murmullo del público se convirtió en un cuchicheo hostil.
La jueza que antes me sonreía ahora me miraba con decepción.
"Señor Ricardo, con todo respeto" , intenté defenderme, mi voz temblaba de rabia y humillación, "existen variantes dialectales. La pronunciación puede cambiar de una comunidad a otra. Mi proyecto se basa en la investigación de campo, he trabajado directamente con hablantes nativos…" .
"¡Basta de excusas!" , me cortó, su voz resonando en los altavoces. "Eres un fraude. Una de tantas oportunistas que quieren lucrar con nuestra cultura sin entenderla. Vienes aquí a vendernos charlatanería, a insultar la memoria de nuestros ancestros con tu falsa pericia" .
Cada palabra era un golpe.
Fraude.
Oportunista.
Charlatanería.
Me señaló con el dedo.
"¡Eres una farsante! ¡Y en mi programa no toleramos a los falsos expertos!" .
Los otros jueces asintieron, como marionetas. La presión del magnate era demasiado fuerte.
El público, que segundos antes parecía apoyarme, ahora me miraba con desprecio. Escuché a alguien gritar "¡Fuera!" .
Intenté mostrarles mi prototipo en la tablet, mostrarles los videos de mis entrevistas, las cartas de apoyo de las comunidades.
"Por favor, solo déjenme mostrarles…" .
Pero el presentador, un hombrecillo servil, me bloqueó el paso.
"Sofía, el tiempo se ha acabado. Los jueces han tomado una decisión" .
Ricardo hizo un gesto de desdén con la mano.
"Saquen esta basura del escenario" .
Un asistente del programa, con prisa por obedecer, se acercó a mi pequeño stand y, sin querer o a propósito, tiró mi póster y mi tablet al suelo.
La pantalla se estrelló, haciendo un ruido seco y final.
El sonido de mi proyecto, de mis sueños, rompiéndose en mil pedazos.
Me quedé paralizada, mirando los fragmentos de cristal en el suelo.
Luego, los guardias de seguridad me tomaron de los brazos y me arrastraron fuera del escenario, lejos de las luces, lejos de las cámaras, hacia la oscuridad más absoluta.





