Miro el correo de aceptación en la pantalla de mi celular y un escalofrío me recorre la espalda, un eco de un dolor que ya viví, el recuerdo de una vida que terminó en cenizas. La beca para el Instituto Gastronómico más prestigioso de la Ciudad de México. Mi sueño. El principio de mi fin.
En mi vida pasada, este correo fue mi boleto dorado, la prueba de que mi esfuerzo y talento valían la pena. Pero también fue la mecha que encendió la envidia de mi prima, Valentina. Una envidia tan corrosiva que lo destruyó todo.
Recuerdo el frío del pavimento cuando me declaré en bancarrota, el olor a humo del horno de mi restaurante destrozado, el rostro de Valentina, fingiendo preocupación mientras por dentro celebraba mi caída. Recuerdo morir por dentro, mucho antes de que mi cuerpo se rindiera.
Pero ahora estoy aquí, de vuelta en el pasillo del instituto, justo en el momento en que abrí este mismo correo por primera vez. El bullicio de los estudiantes a mi alrededor es el mismo, la luz que entra por los ventanales es la misma, y junto a mí, Valentina jadea y se tapa la boca con las manos.
"¡Prima! ¡Felicidades! ¡No puedo creerlo, lo lograste!"
Su voz es un veneno dulce que ya conozco. Se acerca para abrazarme, y su perfume barato, una imitación burda del que yo uso, me revuelve el estómago. En mi vida pasada, acepté ese abrazo, ingenua, feliz de compartir mi triunfo con ella.
Hoy, no.
Doy un paso atrás, mi movimiento es tan brusco que su abrazo se queda en el aire. Valentina parpadea, confundida. La sonrisa en su rostro tiembla por un segundo.
"¿Sofía? ¿Qué pasa?"
La miro directamente a los ojos. Veo la envidia que apenas disimula, el cálculo detrás de su falsa alegría. Lleva un vestido casi idéntico al mío, uno que yo usé la semana pasada. Su peinado es una copia del que me hice esta mañana. Durante años, ha sido mi sombra, mi eco distorsionado.
"Pasa que estoy harta, Valentina."
Mi voz sale fría y clara, cortando el ruido del pasillo. Varios estudiantes que estaban cerca se voltean a mirarnos. La confusión en el rostro de Valentina se transforma en una máscara de ofensa.
"¿Harta? ¿Harta de qué? Solo te estoy felicitando."
"Estoy harta de tus imitaciones," digo, mi voz subiendo un poco de volumen. "Estoy harta de que copies todo lo que hago. Mi ropa, mis peinados, mis tareas... ¿crees que no me di cuenta de que el ensayo que entregamos ayer era prácticamente el mismo? Le cambiaste un par de palabras, pero la idea central, mis conclusiones, las robaste."
El silencio se hace a nuestro alrededor. Ahora todos nos miran. El rostro de Valentina se descompone.
"No sé de qué estás hablando," susurra, y sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Es su mejor arma, la que siempre usa. La víctima.
"¡Claro que lo sabes!" insisto. "Siempre ha sido así. Desde que éramos niñas. Si yo quería una muñeca, tú querías la misma. Si yo entraba a clases de ballet, tú también, aunque lo odiaras. Y ahora esto. No es admiración, Valentina, es una obsesión enfermiza."
Las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas. Son perfectas, silenciosas, diseñadas para generar lástima.
"¿Cómo puedes decirme eso?" solloza, su voz quebrada. "Tú sabes que yo no tengo las mismas oportunidades que tú. Mi familia no tiene dinero. Intento esforzarme, intento ser como tú porque te admiro, ¿y así me pagas? ¿Humillándome frente a todos?"
Un murmullo de simpatía recorre al grupo de espectadores. Un chico le pone una mano en el hombro a Valentina, en señal de apoyo. Una chica me mira con desaprobación.
"No seas así, Sofía," dice la chica. "Ella solo te ve como un ejemplo."
En mi vida pasada, estas palabras me habrían hecho sentir culpable. Me habría disculpado, habría intentado consolarla, y el ciclo habría continuado.
Pero ya no.
Mi mirada baja a su bolso, una imitación evidente de una marca de lujo. Una que, casualmente, es muy similar a la que mi papá me regaló en mi cumpleaños.
"¿No tienes dinero, Valentina?" pregunto, mi voz cargada de un sarcasmo helado. "Qué curioso. Porque ese bolso que traes, aunque es una pésima imitación, intenta parecer uno que cuesta más de lo que tu familia gana en un mes. Y los zapatos, y el reloj. ¿De dónde sacas dinero para tus lujos si eres tan humilde? Ah, ya sé. Dejas de pagar la renta, le pides prestado a todo el mundo y luego te declaras en quiebra emocional para que te perdonen las deudas."
El color desaparece del rostro de Valentina. Su llanto se detiene de golpe, reemplazado por una expresión de puro odio. El chico que la consolaba retira su mano, incómodo.
La gente a nuestro alrededor empieza a mirarla de otra forma, observando los detalles que acabo de señalar. La farsa se estaba desmoronando.
"Eres una..." Valentina aprieta los puños, temblando de rabia. La máscara de víctima se ha caído por completo. "¡Voy a acusarte con el director! ¡Le diré que me estás acosando, que me estás inventando cosas por envidia!"
"¿Envidia de qué, prima?" sonrío, una sonrisa sin pizca de alegría. "Adelante. Ve con el director. De hecho, vamos juntas. Hay muchas cosas que me gustaría aclarar con él."
Valentina retrocede un paso, sorprendida por mi seguridad. No esperaba esto. Esperaba que yo me acobardara, que me sintiera culpable.
Pero la Sofía que se sentía culpable murió en otra vida.
Esta Sofía está aquí para reclamar lo que es suyo. Y para asegurarse de que la sombra que la persiguió hasta la tumba, esta vez, se quede en la oscuridad a la que pertenece.





