Me desperté por un dolor agudo en la cabeza, sentía como si me la hubieran partido en dos.
Abrí los ojos lentamente, la luz blanca del hospital me cegaba.
Olía a desinfectante, un olor que odiaba.
Miré a mi alrededor, confundida. ¿No estaba muerta?
Recordaba claramente a Camila, mi supuesta hermana, riéndose a carcajadas mientras me empujaba por el acantilado.
Recordaba a Mateo, mi prometido, sosteniéndola por la cintura, mirándome con desprecio, como si yo fuera una basura.
"Sofía, nunca debiste haber existido", me había dicho.
Y luego, la caída. El viento silbando en mis oídos, el impacto contra las rocas, y la oscuridad.
Entonces, ¿por qué estaba en un hospital?
Una enfermera entró en la habitación, al verme despierta, sonrió.
"Señorita Sofía, qué bueno que despertó, su hermano estaba muy preocupado".
¿Mi hermano?
Mi hermano, Alejandro, había muerto hacía un año en un accidente de coche.
Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.
"¿Qué fecha es hoy?", pregunté con voz temblorosa.
La enfermera me miró extrañada, pero respondió.
"Es 23 de mayo de 2023".
Me quedé helada.
Había vuelto.
Había vuelto tres años atrás en el tiempo.
El día antes de que todo comenzara.
El día antes de que Camila, la hija ilegítima de mi padre, llegara a nuestra casa con una prueba de paternidad falsa, asegurando que ella era la verdadera heredera y yo solo una impostora adoptada.
Todo por una estúpida frase.
En una fiesta de la industria de la moda, alguien me preguntó qué pensaba de los diseños de Camila, que en ese entonces era una diseñadora emergente.
Yo, con toda sinceridad, dije: "Tiene talento, pero le falta pulir su propio estilo".
Esa frase, una crítica constructiva sin mala intención, fue suficiente para que ella me odiara a muerte.
Pensó que la estaba humillando, que la estaba menospreciando.
Y a partir de ese día, juró destruirme.
En mi vida pasada, fui una tonta, creí en su actuación, en sus lágrimas.
Creí que de verdad era mi hermana y que solo quería el reconocimiento de nuestro padre.
La dejé entrar en mi casa, en mi vida, en mi familia.
Y ella, como una serpiente venenosa, destruyó todo.
Primero, convenció a mi padre de que yo no era su hija biológica, usando esa prueba de ADN falsificada.
Mi padre, con el corazón roto, sufrió un infarto y murió.
Luego, con la ayuda de mi prometido, Mateo, falsificó el testamento, quedándose con toda la fortuna de la familia.
Me echaron a la calle sin un centavo.
Pero eso no fue suficiente para ella.
Me secuestraron, me torturaron.
"¿Sabes por qué te odio tanto, Sofía?", me dijo mientras me golpeaba. "Porque lo tienes todo, el talento, la belleza, el dinero, el amor de papá, ¡todo lo que debería ser mío!".
En mi desesperación, el único que intentó ayudarme fue Ricardo.
Ricardo, el tío de Mateo.
Un hombre bueno y solitario, al que todos en la familia trataban como un bicho raro porque no le interesaban los negocios.
Él descubrió el engaño de Camila y Mateo, e intentó rescatarme.
Pero ellos eran demasiados, lo golpearon hasta dejarlo casi muerto y luego nos arrojaron a ambos por el acantilado.
Recuerdo sus últimas palabras, mientras me abrazaba en la caída.
"No te preocupes, Sofía, no estás sola".
Y ahora, estaba aquí. Viva.
Con la oportunidad de cambiarlo todo.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, pero no eran de tristeza, eran de rabia.
De una rabia fría y decidida.
Camila, Mateo, esta vez, no les daré la oportunidad de destruirme.
Esta vez, seré yo quien los destruya a ustedes.
No cometeré los mismos errores.
En mi vida pasada, cuando Camila apareció, intenté razonar, busqué pruebas, hablé con abogados.
Fui débil.
Esta vez, no.
Busqué mi celular en la mesita de noche, mis manos temblaban, pero mi mente estaba clara.
Marqué un número que conocía de memoria.
La voz al otro lado respondió al segundo tono.
"¿Sofía? ¿Estás bien? Me dijeron que te desmayaste en la oficina".
Era la voz de mi hermano, Alejandro.
Vivo.
Se me hizo un nudo en la garganta.
"Alejandro", logré decir, conteniendo un sollozo. "Necesito que vengas al hospital, ahora mismo. Es urgente".
No dudó ni un segundo.
"Voy para allá".
Colgué el teléfono y respiré hondo.
El juego acababa de empezar. Y esta vez, yo pondría las reglas.





