Un torbellino de recuerdos me inundó, tan vívidos que el salón de clases se desvaneció y me encontré de nuevo en la oscuridad de mi vida anterior.
Todo comenzó con esa estúpida reserva en la tienda de lujo. Brenda usó mi identificación para solicitar un préstamo rápido en línea por una cantidad astronómica. El dinero nunca tocó mis manos; se fue directamente a su cuenta. Días después, cuando la primera notificación de pago llegó, yo no entendía nada. Mis padres, confiando en mí, pagaron la deuda para evitar problemas, pero la mancha en mi historial crediticio ya estaba allí. Me convertí, oficialmente, en una persona de la lista negra, una morosa.
Mis padres no se alarmaron demasiado. "El dinero va y viene, hija. Lo importante es que estés bien", me dijeron. Pero para mí, fue una humillación terrible. Brenda, la "estudiante pobre", se convirtió en la heroína de la clase. Todos la elogiaban por su "generosidad", mientras a mí me miraban con desprecio, como la niña rica y tacaña que ni siquiera quería compartir su identificación.
El siguiente golpe llegó durante la competencia de baile de la universidad. El baile era mi pasión, mi sueño. Estaba a punto de subir al escenario, sintiendo los nervios y la emoción, cuando Brenda apareció detrás de mí en lo alto de las escaleras.
"Sofía", dijo con una sonrisa dulce. "Qué pena que una bailarina tan talentosa tenga tan mala suerte."
Antes de que pudiera procesar sus palabras, sentí un empujón violento en mi espalda. Perdí el equilibrio y caí rodando por los largos y duros escalones de concreto. El dolor fue insoportable, un fuego blanco que explotó en mis piernas. Escuché un crujido espantoso, seguido de mis propios gritos. Me había roto ambas piernas.
Mientras yacía en el suelo, retorciéndome de agonía, vi a Brenda bajar las escaleras corriendo, con el rostro lleno de falsa preocupación. "¡Oh, Dios mío, Sofía! ¿Estás bien? ¡Te tropezaste!"
Aguanté el dolor y logré ir a la dirección de la escuela para confrontarla. Pero fue inútil. Diego, mi novio, se paró junto a Brenda y testificó en su contra.
"Yo lo vi todo", dijo con una seriedad fingida. "Sofía estaba celosa de la atención que Brenda estaba recibiendo. Trató de empujar a Brenda, pero perdió el equilibrio y cayó ella misma. Es una mentirosa y una manipuladora."
Toda la clase, como un coro de idiotas, asintió. "Sí, Sofía siempre ha sido así de envidiosa". "Pobre Brenda, siempre la molesta". "Qué mala persona".
Me quedé sola, destrozada física y emocionalmente. El mundo se había vuelto en mi contra. Pero la verdadera tragedia aún no había llegado. Durante la acalorada discusión que siguió fuera de la oficina del director, mientras yo, apoyada en muletas, intentaba defenderme, Brenda se acercó a mí.
"Sabes, Sofía", susurró para que solo yo la escuchara, "nunca debiste haber tenido todo lo que yo merecía."
Y entonces, con una fuerza sorprendente, me empujó. Me empujó con toda su malicia hacia la carretera transitada que pasaba junto a la escuela. El sonido de un claxon ensordecedor llenó el aire. No tuve tiempo de reaccionar. Un enorme camión de carga me arrolló. Lo último que sentí fue una presión increíble, el sonido de mis huesos convirtiéndose en polvo y la oscuridad total.
El recuerdo me sacudió con tal violencia que volví al presente de golpe. El aire silbaba en mis pulmones. La rabia, pura y helada, reemplazó el miedo y el dolor.
Brenda todavía tenía mi bolso, y Diego la protegía con su cuerpo.
"¡Devuélveme mi bolso!", grité, mi voz temblando de furia.
"Sofía, cálmate", dijo Diego con condescendencia. "Solo vamos a usar la identificación y te lo devolvemos."
"¡Dije que me lo devuelvas!"
En un movimiento rápido, me abalancé hacia adelante. Empujé a Diego a un lado con una fuerza que no sabía que tenía y le arrebaté el bolso de las manos a una sorprendida Brenda.
Luego, sin pensarlo dos veces, mi mano derecha se movió por el aire y aterrizó con un sonido seco y fuerte en la mejilla de Diego.
¡PLAS!
El silencio cayó sobre el salón de clases. Todos nos miraban, boquiabiertos. Diego se llevó una mano a la cara, su expresión de incredulidad mezclada con furia.
"¿Te atreviste a pegarme?", siseó.
Antes de que pudiera reaccionar, me giré hacia Brenda, que ya había comenzado su actuación. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su labio inferior temblaba.
"Sofía... yo solo quería hacer algo bueno", sollozó, como si fuera la víctima de una gran injusticia. "No tienes que ser tan cruel. Si no quieres prestarla, solo dilo, no tienes que pegarle a Diego."
Su actuación fue tan convincente que varios compañeros de clase comenzaron a murmurar en mi contra.
"Oye, eso no estuvo bien."
"Pobre Brenda, solo intentaba ser amable."
Un par de chicas, las seguidoras más leales de Brenda, se acercaron y me empujaron.
"¿Cuál es tu problema, Sofía? ¡Discúlpate con Brenda y Diego ahora mismo!"
Sentí sus manos sobre mis hombros, empujándome hacia atrás. Pero esta vez, no caería.





