Mi Venganza:No Más Ingenua

Si pudiera borrar un solo momento de mi vida, sería el día en que le confesé a Ricardo De la Vega que lo amaba.

Ese día marcó el comienzo de mi infierno.

Mis padres murieron en un accidente de coche cuando yo tenía diez años.

Eran filántropos muy conocidos en Guadalajara.

Ricardo, el socio más cercano y mejor amigo de mi padre, se convirtió en mi tutor.

Me acogió en su hacienda tequilera en Jalisco.

Me prometió que siempre me cuidaría.

Yo era dulce e inocente.

Estaba profundamente agradecida y enamorada en secreto de Ricardo.

Para mí, él era mi salvador, mi familia.

A los quince años, sufrí acoso en mi prestigioso colegio.

Ricardo intervino.

Humilló a los acosadores.

Su imagen de protector se consolidó en mi mente.

Lo admiraba aún más.

A los dieciocho, Ricardo tuvo un accidente grave en una charreada.

Necesitaba una transfusión de sangre muy específica.

También múltiples cirugías.

Yo era compatible.

Doné sangre repetidamente.

Le salvé la vida.

Un día, creyendo que dormía, lo besé.

Ricardo despertó.

Me vio.

Desde entonces, me trató con frialdad, con horror en sus ojos.

Mantuvo la distancia.

El verdadero desencadenante de mi tragedia fue Isabela Montenegro.

El antiguo amor de Ricardo.

Reapareció gravemente enferma.

Necesitaba un trasplante de riñón urgentemente.

Yo era la única compatible.

Ricardo me lo pidió.

"Sofía, por favor, salva a Isabela. Te daré lo que quieras."

Su voz era suplicante, pero sus ojos estaban fijos en un punto lejano, donde seguramente estaba Isabela.

Me negué.

Me sentía traicionada por su frialdad.

Tenía miedo por mi propia salud.

Isabela murió.

Ricardo, consumido por el dolor y el odio, me culpó.

"Tú la mataste", me gritó, su rostro descompuesto por la rabia.

Entonces comenzó mi calvario.

Filtró mis cartas íntimas y diarios a la prensa amarillista.

En ellos expresaba mi amor adolescente por él.

Me convirtieron en el hazmerreír de la alta sociedad tapatía.

"La sobrina incestuosa y obsesiva", me llamaban.

Me despojó de mi herencia, la que mis padres me dejaron y él administraba.

Me acusó falsamente de robo en su empresa.

El día de mi cumpleaños, el peor día de mi vida anterior, Ricardo me drogó.

Permitió que unos matones contratados me golpearan brutalmente.

Abusaron de mí en una bodega abandonada de la hacienda.

Él observaba, impasible.

"Nunca te me acerques. Me das asco", me dijo, su voz gélida.

Finalmente, con un machete ceremonial de la familia, me hirió gravemente.

"Esto es por Isabela", susurró.

Creí morir.

Desperté, confundida.

Estaba de nuevo en el hospital.

Escuché la voz de Ricardo, angustiada, pero esta vez sonaba diferente, casi… fingida.

"Sofía, por favor, dona el riñón para Isabela. Es mi único amor, no puedo perderla."

Me di cuenta.

Había regresado.

Estaba en el día en que me pidió el riñón, antes de mi negativa, antes del infierno.

Ricardo repitió su súplica.

"Sofía, sé que es mucho pedir. Pero si lo haces, te prometo que cumpliré cualquier deseo que tengas. Lo que sea."

Sus ojos mostraban una desesperación que, ahora sabía, era solo por Isabela.

Esta vez, una frialdad calculadora, nacida del trauma vivido, me invadió.

Ya no era la niña inocente.

"Acepto", dije, mi voz firme, sin rastro de la emoción que él esperaba.

"Donaré el riñón."

Mi única motivación ahora era la supervivencia, la libertad.

El médico, un hombre mayor de semblante serio, intervino.

"Señorita Herrera, usted ya donó sangre en múltiples ocasiones para el señor De la Vega. Una donación de órgano mayor como un riñón conlleva riesgos significativos para usted, especialmente con su historial. ¿Está segura?"

Asentí. "Estoy segura, doctor."

Mi libertad valía cualquier riesgo.

Ricardo pareció aliviado, una sonrisa tensa se dibujó en su rostro.

"Gracias, Sofía. Sabía que entenderías. Entonces, ¿cuál es tu deseo? Pide lo que quieras."

Esperaba que pidiera su amor, su atención, algo que lo vinculara a mí.

Lo miré directamente a los ojos.

"Quiero la totalidad de la herencia de mis padres, la que tú administras. Quiero que firmes todos los documentos legales necesarios para desvincularme por completo de la familia De la Vega y de ti. Y quiero que nunca más volvamos a tener contacto. Esa es mi única condición."

Ricardo me miró, sorprendido por mi frialdad.

Una mueca se formó en sus labios.

"¿Eso es todo? ¿Dinero y libertad? Pensé que… bueno, no importa."

Seguramente asumió que era una treta para manipularlo, para hacerlo sentir culpable.

"Está bien, Sofía. Pero debes saber que mi corazón siempre será de Isabela. Lo que siento por ella es amor verdadero."

Como si necesitara recordármelo. Como si sus acciones pasadas no lo hubieran dejado dolorosamente claro.

"Lo sé, Ricardo," respondí, mi voz neutra. "Por eso quiero irme. Lejos de ti, lejos de ella, lejos de todo esto."

Él me miró fijamente, una extraña expresión en su rostro.

Como si viera a una extraña, no a la Sofía que había criado.

Y era verdad. Ya no era la misma.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Isabela Montenegro entró, pálida pero con una chispa de furia en sus ojos delicados.

"¿Así que esta es la condición? ¿Aprovecharte de la situación para 'amarrar' a Ricardo con dinero y obligaciones?"

Se acercó y, sin previo aviso, me abofeteó.

La mejilla me ardió.

Ricardo corrió hacia Isabela, tomándola suavemente por los hombros.

"Isabela, mi amor, cálmate. No es bueno para tu salud."

La abrazó, consolándola, ignorando completamente la agresión que yo acababa de sufrir.

Mi corazón, que pensé ya no podía romperse más, sintió una nueva punzada de dolor y resignación.

Me levanté lentamente de la cama, dándoles la espalda.

Mientras caminaba hacia la puerta, escuché a Ricardo decirle a Isabela en voz baja, pero lo suficientemente alta para que yo oyera:

"No me importa lo que le pase a ella, mi amor. Solo quiero que tú estés bien."

Cerré los ojos un instante.

Esa frase era la confirmación final.

Salí de la habitación.

En el pasillo, saqué mi teléfono y marqué un número que recordaba de mi vida anterior.

Mi antiguo profesor de la universidad.

"Profesor, soy Sofía Herrera. ¿Sigue en pie ese programa de voluntariado para enseñar en Oaxaca?"

Confirmé mi participación. Me iría inmediatamente después de la cirugía.

Esta vez, mi futuro sería diferente.

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