Mi Venganza, Mi Boda

Una risa suave se escapó de mis labios.

Fue un sonido genuino, lleno de una diversión que no había sentido en mucho tiempo en su presencia.

Del otro lado de la puerta, escuché un silencio atónito, seguido por el murmullo confuso de los amigos de Ricardo.

"¿Esa era Sofía? Se ve… diferente".

"No parece una chica de campo. ¿Viste su ropa?".

Sonreí para mis adentros. Me había vestido con esmero esa mañana, no para ellos, sino para mí. Llevaba un vestido de lino blanco, sencillo pero elegante, que resaltaba el ligero bronceado que había adquirido viviendo aquí. Mi cabello, que antes llevaba largo y sin mucho estilo, ahora estaba cortado en un bob chic que enmarcaba mi rostro. No llevaba mucho maquillaje, solo lo suficiente para resaltar mis facciones.

Había dejado de ser la sombra desaliñada que ellos recordaban. Era Sofía Romero, fotógrafa de bodas y organizadora de eventos, una mujer que había construido su propio éxito desde cero.

La puerta se abrió de nuevo. Esta vez fue Ricardo quien la empujó, su rostro una máscara de furia contenida.

"Sofía."

Su voz era fría, dura. Ya no había rastro de la falsa calidez de antes.

"Señor Vargas", respondí, mi tono educado pero distante. "¿Se le ofrece algo más?".

La formalidad en mi voz pareció enfurecerlo aún más.

"Deja de jugar, Sofía. ¿Quién es él? ¿Con quién te casaste?".

"No creo que eso sea de tu incumbencia", dije calmadamente.

"¡Claro que es de mi incumbencia!", espetó. "Todavía eres mi prometida. Nuestro compromiso nunca se rompió oficialmente".

Una ola de recuerdos amargos me invadió.

Yo era huérfana. Mis padres murieron en un accidente cuando era niña, y fue el abuelo de Ricardo, Héctor Vargas, quien me acogió. Crecí en la casa de los Vargas, siempre consciente de que no era una de ellos. Mi vida entera giró en torno a Ricardo. Nuestro compromiso fue arreglado por el abuelo, un intento de darme seguridad y un lugar en el mundo.

Y por un tiempo, pensé que lo amaba. Me aferré a la idea de él, a la idea de una familia, porque no tenía nada más.

Luego llegó Camila.

La "prima" adoptiva, la hija de un viejo amigo de la familia que había fallecido. Ricardo quedó cautivado por su aparente dulzura y fragilidad. La llamaba su "luz de luna", mientras que yo, su prometida, me convertía en una sombra molesta.

El punto de quiebre llegó durante una fiesta familiar. Camila me acusó de robarle un costoso collar de diamantes. Era una mentira, por supuesto, pero todos le creyeron a ella. En medio de la discusión, Ricardo, ciego de ira, me agarró del brazo. En el forcejeo, un brazalete que yo llevaba se rompió.

No era un brazalete caro. Era una simple pulsera de plata con un pequeño dije, el único recuerdo que me quedaba de mi madre.

Se hizo añicos en el suelo.

Mi mundo se hizo añicos con él.

En la conmoción que siguió, Camila "tropezó" y cayó por un corto tramo de escaleras, gritando que yo la había empujado.

Fue la gota que derramó el vaso.

Ricardo, sin dudar un segundo, me declaró culpable. Me llamó malvada, celosa y desagradecida. Al día siguiente, me envió aquí, a esta casa de campo propiedad de la familia, con órdenes estrictas de no volver a la ciudad hasta que él lo decidiera.

Me dejaron sola con mi corazón roto y los fragmentos de mi única herencia.

Poco después, mi perro, el único ser que me había dado consuelo incondicional, murió. El veterinario dijo que fue por vejez, pero yo sabía que también fue por tristeza.

Ese fue mi punto más bajo. Sola, humillada y completamente destrozada.

Miré a Ricardo, a su rostro contorsionado por la ira, y no sentí nada. Ni amor, ni dolor. Solo un vacío frío.

Ese amor había muerto hace tres años, junto con mi perro y mi brazalete.

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