"¿Estás segura, Sofía? Un matrimonio no es un juego, y menos con la familia de Ricardo. Una vez que entres ahí, no habrá vuelta atrás."
La voz de mi madre sonaba seria al otro lado de la línea, una mezcla de alivio y preocupación.
"Estoy segura, mamá."
Le respondí sin dudar, mi vista perdida en la pared blanca de mi habitación.
"Completamente segura."
Colgué el teléfono antes de que pudiera decir algo más. No quería escuchar advertencias ni consejos, ya había tomado una decisión.
Mi mente viajó al pasado, a los días en que Daniel llegó a nuestras vidas. Mi madre, una mujer de gran corazón, lo adoptó cuando él tenía dieciocho años y yo apenas ocho. Sus padres, amigos cercanos de mi familia, habían muerto en un accidente y él se había quedado solo en el mundo.
Daniel se convirtió en mi "tío", el hermano mayor que nunca tuve.
Me cuidaba, me ayudaba con las tareas, me leía cuentos antes de dormir. Su presencia era una constante en mi vida, un pilar de seguridad y cariño.
Con los años, esa admiración infantil se transformó en algo más profundo.
Recuerdo perfectamente el día que me di cuenta. Tenía dieciséis años, y él me había llevado a un concierto de mi banda favorita. Llovía a cántaros y él me cubrió con su chamarra, rodeándome con su brazo para que no tuviera frío. Su olor, la calidez de su cuerpo, el sonido de su risa cerca de mi oído... todo en él me hizo sentir algo que nunca antes había experimentado.
Esa noche, cuando llegamos a casa, empapados y riendo, lo besé.
Fue un beso torpe, impulsivo, pero él me correspondió.
Así comenzó nuestra relación secreta. Diez años de vernos a escondidas, de llamadas a medianoche, de caricias robadas en los pasillos de nuestra propia casa.
Yo sacrifiqué todo por él. Rechacé invitaciones a salir, me alejé de amigos que sospechaban, inventé excusas para no tener novio. Vivía por y para él, esperando el día en que finalmente pudiéramos estar juntos sin escondernos.
Un golpe suave en la puerta de mi habitación me sacó de mis recuerdos.
Era Daniel.
Entró sin esperar respuesta, su rostro lleno de una angustia que, por primera vez, me pareció falsa.
"Sofi, mi amor, tenemos que hablar," dijo, acercándose a mí.
Se sentó en el borde de mi cama y tomó mis manos. Estaban frías.
"Lo de Facebook fue una tontería, Laura me presionó, los amigos estaban molestando. Sabes que a la única que quiero es a ti."
Sacó una pequeña caja de terciopelo azul de su bolsillo.
"Te traje esto," dijo, abriéndola para revelar un brazalete de plata con un pequeño dije en forma de sol. "Para que nunca olvides que tú eres mi sol, la que ilumina mi vida."
Sus palabras, que antes habrían derretido mi corazón, ahora sonaban huecas, ensayadas.
Me quedé mirando el brazalete, un objeto brillante y frío que representaba una década de mentiras.
No dije nada, simplemente lo observé, y en mi silencio, él pareció encontrar la respuesta que quería. Sonrió, aliviado, y me abrazó.
"Sabía que me entenderías," susurró en mi oído. "Eres la única que realmente me conoce."
Sentí su cuerpo contra el mío, pero por primera vez, no sentí nada. Solo un vacío inmenso.





