Mi teléfono empezó a vibrar en el asiento del copiloto, en la pantalla brillaba el nombre "Sofía", la misma llamada, el mismo momento, pero el hombre que iba a contestar ya no era el mismo.
Deslicé el dedo para aceptar la llamada y puse el altavoz, la voz de Sofía, chillona y exigente, llenó el pequeño espacio del coche.
"¿Ricardo? ¿Dónde demonios estás? ¡Te he estado esperando por horas! ¿Ya vienes para acá o qué?"
Antes, mi respuesta habría sido una disculpa sumisa, "Ya voy, mi amor, tuve mucho trabajo", pero el Ricardo sumiso y trabajador estaba muerto en una carretera en otra línea de tiempo.
"No", dije, mi voz sonaba extrañamente calmada, fría.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. "¿Qué?"
"Que no voy a ir", repetí, articulando cada palabra con claridad. "Estoy cansado, me voy a mi casa a dormir".
"¡¿Qué te pasa, idiota?!", gritó ella, la sorpresa en su voz rápidamente reemplazada por la furia. "¿Te atreves a hablarme así? ¡Más te vale que muevas tu trasero y vengas ahora mismo! ¡Alejandro nos está esperando en el club!"
"Dile a Alejandro que se divierta", dije, y sentí una punzada de placer sádico al decir su nombre. "Yo no soy su payaso".
"¡Eres un inútil! ¡Un mariachi de quinta! ¡Siempre serás un fracasado! ¡Si no estás aquí en veinte minutos, olvídate de que tienes prometida!"
Me reí, una risa seca y sin alegría. "Tómalo como un hecho, Sofía", y antes de que pudiera gritar otra sarta de insultos, colgué.
Arrojé el teléfono al asiento y sentí una oleada de poder, era la primera vez en años que le decía que no, la primera vez que no cedía a su chantaje emocional, conduje directamente a mi departamento, ignorando el desvío que solía tomar para ir a verla.
Cuando llegué, ella ya estaba allí, esperándome fuera de la puerta como una furia, su coche de lujo, un regalo de Alejandro, por supuesto, estaba mal estacionado, ocupando dos lugares.
"¡Ricardo Mendoza!", gritó en cuanto me vio bajar del coche. "¡¿Quién te crees que eres para colgarme el teléfono?!"
Caminó hacia mí a grandes zancadas, su cara roja de ira, levantó la mano para abofetearme, un gesto que ya me era familiar, pero esta vez, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, le detuve la muñeca en el aire, mi agarre era firme, inquebrantable.
Ella me miró, boquiabierta, nunca antes me había defendido, nunca la había tocado con nada que no fuera gentileza.
"No vuelvas a intentar ponerme una mano encima, Sofía", le advertí, mi voz era un susurro peligroso. La solté con un empujón suave, como si estuviera apartando algo sucio.
Ella se tambaleó hacia atrás, frotándose la muñeca, su ira se transformó en una confusión temerosa, me miraba como si fuera un extraño.
"¿Qué te pasa?", balbuceó. "Tú no eres así".
"La gente cambia", respondí, caminando hacia la puerta de mi departamento.
De repente, su actitud cambió por completo, la furia desapareció y fue reemplazada por una dulzura falsa y empalagosa, corrió hacia mí y me abrazó por la espalda, presionando su cuerpo contra el mío.
"Ay, mi amor, perdóname", ronroneó, su voz ahora era un susurro seductor. "Es que me preocupo por ti, por nuestro futuro, sé que estás cansado, pero Alejandro tenía una oportunidad de negocio para ti, por eso quería que fueras".
Mentiras, todo eran mentiras, sentí náuseas al sentir sus manos recorriendo mi pecho, la misma piel que en unas horas estaría celebrando mi muerte, me quité sus brazos de encima con firmeza.
"No me interesa", dije, abriendo la puerta. "Lo único que me interesa ahora es dormir".
Entré y traté de cerrar la puerta, pero ella puso el pie para impedirlo.
"¡No puedes hacerme esto, Ricardo!", su voz volvió a ser aguda y desesperada. "¡Prometiste que irías! ¡Le prometí a Alejandro que te convencería! ¡No me hagas quedar mal!"
Ahí estaba, la verdad, no le preocupaba yo, le preocupaba su imagen frente a su verdadero amo, Alejandro.
"Ese es tu problema, no el mío", dije, y empujé la puerta con más fuerza, obligándola a quitar el pie, cerré la puerta en su cara y eché el cerrojo.
Escuché sus gritos y golpes en la puerta durante unos minutos, llamándome de todo, desde "inútil" hasta "egoísta", pero yo ya no la escuchaba, el ruido era solo un eco lejano de una vida que ya no me pertenecía.
Me quité el traje de charro y lo tiré al suelo, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevara el cansancio y la suciedad de la noche, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía como una víctima.
Me sentía como un fénix, renacido de las cenizas de una traición.
Y estaba listo para quemarlo todo.





