La confusión en sus caras se convirtió rápidamente en irritación.
"Sofía, ¿qué te pasa?" preguntó Valeria, su tono volviéndose agudo. "Siempre hemos compartido todo."
"Las cosas cambian," respondí, mirándolos directamente a los ojos.
Luego, me giré hacia Mateo.
"Y tú, Mateo. Deberías estar más preocupado por tus supuestos 'negocios' que por pedir prestado mi coche."
Vi un destello de pánico en sus ojos.
"¿De qué estás hablando?"
Sonreí, una sonrisa sin alegría.
"Sé lo vuestro. Sé que no solo compartís viajes al pueblo."
El color desapareció del rostro de Valeria. Mateo abrió la boca para protestar, pero no le salieron las palabras.
Se miraron el uno al otro, una fracción de segundo de pánico compartido que confirmó todo lo que ya sabía.
"No sé de qué estupideces hablas," dijo Mateo finalmente, intentando recuperar el control. "Nos vamos. Cuando se te pase el capricho, hablamos."
Se fueron, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
Me quedé sola en la pastelería. El silencio era pesado.
Sabía que no se rendirían. Tenían una llave de repuesto de mi casa, un "regalo" de Mateo para que pudiera "entrar si alguna vez me olvidaba las mías". En mi vida anterior, usaron esa llave para robar el coche.
Y robaron mi carnet de conducir de mi bolso.
Esa era la clave. El carnet. Necesitaba una coartada que no pudieran falsificar.
Mi mente trabajó a toda velocidad, un plan audaz y desesperado tomando forma.
Fui a la trastienda y cogí una pequeña botella de orujo que mi padre me había regalado. Vertí un poco sobre el asiento del copiloto, lo suficiente para que el olor fuera inconfundible.
Luego, metí en mi bolso un enjuague bucal con un altísimo contenido de alcohol que había comprado precisamente para esto.
Salí de la pastelería y me subí a mi coche nuevo.
Conduje sin rumbo fijo, esperando. Sabía que en la víspera de Semana Santa, la Guardia Civil montaría controles de alcoholemia en las salidas de la ciudad.
No tardé en ver las luces azules intermitentes a lo lejos.
Mi corazón latía con fuerza, pero no era miedo. Era determinación.
Reduje la velocidad. Justo antes de llegar al control, abrí el enjuague bucal y me enjuagué la boca a fondo, sin tragar.
Un agente me hizo señas para que me detuviera.
"Buenas noches. Control de alcoholemia rutinario," dijo, asomando la cabeza por la ventanilla. Su nariz se arrugó. "¿Ha estado bebiendo, señorita?"
"No, agente. Acabo de usar enjuague bucal," respondí con calma.
"Huele a alcohol aquí dentro. Por favor, sople aquí."
Soplé en el alcoholímetro. El resultado fue instantáneo y predecible. Positivo. Muy por encima del límite legal.
"Señorita, va a tener que acompañarnos. Su carnet de conducir queda retirado."
Mientras me llevaban al coche patrulla, una sensación de alivio me invadió.
Mi carnet original, el de verdad, estaba ahora en posesión de la Guardia Civil.
Suspendido por seis meses.
Una coartada irrefutable.





