Ximena salió del estudio con el acta de matrimonio en la mano, un pedazo de papel que pesaba como una lápida. Su mente era un torbellino de confusión y dolor. Necesitaba una explicación. Necesitaba que Mateo la mirara a los ojos y le dijera que todo era un error, una pesadilla.
Lo llamó a su celular. Una, dos, tres veces. No contestó. Le mandó un mensaje.
"¿Dónde estás? Necesito hablar contigo. Es urgente."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"En una junta, mi amor. Salgo tarde. ¿Todo bien?"
Mentía. Ximena lo sabía. Podía sentir la mentira en la forma en que las letras aparecían en la pantalla. Recordó el bar al que Mateo iba a veces con su mejor amigo, Daniel, para "cerrar negocios" . Estaba a unas pocas cuadras. Sin pensarlo dos veces, agarró las llaves del coche y salió.
El bar estaba lleno de gente, el ruido de las conversaciones y la música era abrumador. Lo vio en una mesa al fondo, riendo a carcajadas con Daniel. No había ninguna junta. Solo ellos dos, bebiendo cerveza. Se escondió detrás de una columna, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. No quería que la viera. Todavía no. Solo necesitaba escuchar.
"Entonces, ¿la huérfana ya se tragó el cuento?" , preguntó Daniel, con una sonrisa burlona.
Mateo tomó un trago largo de su cerveza y asintió.
"Completamente. Es tan ingenua. Cree que soy su salvador, su todo. No tiene a nadie más, así que se aferra a mí como si fuera un salvavidas. Es perfecto."
Ximena se tapó la boca para ahogar un grito. ¿Huérfana? Así se refería a ella.
"¿Y Sofía no se pone celosa? Digo, llevas diez años con la otra" , continuó Daniel.
"Sofía sabe cuál es el plan. Ximena es solo un vientre de alquiler. Un cuerpo sano para darnos el hijo que Sofía no puede tener. Cuando quede embarazada y nazca el bebé, la desapareceré de nuestras vidas. Le diré que el bebé murió. Ella se derrumbará, y yo estaré allí para 'consolarla' , hasta que me aburra y la deje. ¿Quién va a querer a una huérfana rota y deprimida? Nadie. Estará sola para siempre."
Cada palabra era un golpe directo al corazón de Ximena. Vientre de alquiler. Un cuerpo. Un objeto que se usa y se desecha. Las lágrimas corrían por sus mejillas, calientes y amargas. El amor de su vida, el hombre por el que habría dado todo, la consideraba una herramienta, un peón en su juego enfermo.
El dolor en su estómago se intensificó, una quemazón que le subía por la garganta. Sintió una oleada de náuseas y corrió hacia la salida, empujando a la gente sin ver. Llegó justo a tiempo a un callejón oscuro y vomitó con violencia. El ácido le quemaba la garganta, pero no era nada comparado con el veneno que las palabras de Mateo habían inyectado en su alma.
Se quedó allí, temblando, apoyada contra la pared de ladrillos fríos. Cuando las fuerzas le volvieron, caminó de regreso al departamento. Cada paso era una tortura. Abrió la puerta y la visión de su hogar la golpeó con la fuerza de un huracán. Las fotos de ellos dos en la pared, sonriendo en vacaciones, en fiestas, en momentos que ella creía reales. Los jarrones que ella había hecho con sus propias manos, llenos de las flores que él le regalaba. Todo era una farsa. Una decoración macabra en el escenario de su humillación. Se sentó en el sofá, en la oscuridad, y esperó. Esperó al monstruo que se hacía llamar su novio.





