Cuando Shirley Howard entró con una bandeja de café, echó un vistazo y notó que Kristine ya no estaba.
La curiosidad pudo más que ella e inquirió: "Señor Higgins, ¿la señora Higgins ya se fue? Veo que tiene una nueva invitada. ¿Debería prepararle algo de beber o hay algo más que le gustaría?".
Benny levantó la vista hacia su secretaria con confusión. "¿Kristine? ¿Estuvo aquí?".
La mención de ese nombre provocó una conmoción evidente entre los tres hombres presentes en la habitación.
Benny se levantó de un salto, con el ceño fruncido mientras recordaba en su cabeza los comentarios previos de sus amigos.
Mientras tanto, Emily se mantuvo perfectamente serena. Con una sonrisa astuta, inclinó su celular para que Shirley pudiera ver con claridad la foto de ella y Benny en la pantalla.
"Ahora soy la señora Higgins. Evitemos más confusiones", dijo la mujer con suavidad, y luego se giró hacia Benny. "¿No es así, cariño?".
"¿Qué...?". A Shirley se le cayó la mandíbula, sin poder entender lo que acababa de ocurrir.
Tras una tensa pausa, Benny se aflojó la corbata y, con un asentimiento forzado, reconoció la afirmación de Emily.
"Por supuesto, señora Higgins. Es un placer conocerla", respondió Shirley, adaptándose rápidamente a la nueva realidad.
Satisfecha de sí misma, Emily se levantó de su silla, colocándose un mechón de cabello suelto detrás de la oreja con una gracia practicada. "Por favor, preséntame al resto del equipo. Soy la esposa de Benny y la nueva directora de diseño".
El destino tenía un curioso sentido del humor. Justo el día en que Kristine descubría la verdad, Emily hacía su gran entrada, reclamando su lugar tanto en el matrimonio como en los negocios.
Sin embargo, nada de eso importaba.
Kristine ya había empacado sus cosas y se había ido, dejando nada más que un acuerdo de liquidación y su anillo sobre la mesa de la sala mientras salía.
Con su partida, la villa quedó vacía y silenciosa, despojada de todo lo que alguna vez le perteneció a ella.
Kristine se negó a dejar ni siquiera el más mínimo rastro de sí misma.
Una vez que se mudó, no deambuló ni se sintió perdida: se dirigió directamente a la Mansión Rose, decidida a reinventarse.
En su mente, se imaginaba a Benny viendo algún día su transformación, sintiendo nada más que arrepentimiento.
La llamada de su marido llegó justo después de terminar su carrera vespertina.
El sudor le corría por el rostro mientras recuperaba el aliento, sus mejillas brillaban rosadas bajo las luces del estudio.
Incluso con una figura más rellena, sus rasgos aún conservaban un encanto particular, y se desenvolvía con una confianza natural que se negaba a ocultar.
Estabilizándose frente al espejo, Kristine observó su pecho subir y bajar, y luego contestó el celular que sonaba.
"Supongo que ya has revisado el acuerdo".
"Estabas fuera de mi oficina al mediodía. Lo escuchaste todo, ¿verdad?".
Hablaron casi al unísono, cayendo de nuevo en ese viejo y extraño ritmo.
Una risa amarga se escapó de la joven, afilada como el vidrio. Aunque se sentía vacía por dentro, sus ojos brillaban con una frialdad inusual.
"Entonces, ¿cuál era tu objetivo, Benny? Cinco años de mentiras, ¿para qué? ¿Una broma? Simplemente pido diez millones como compensación por toda esta farsa. Lo creas o no, eso ya es ser generosa de mi parte".
La respuesta de Benny llegó con una risa que le puso los nervios de punta.
"Kristine, por favor. Te pedí que te casaras conmigo por la emoción del momento, de la misma manera que la gente reparte recuerdos en las fiestas. Fuiste tú quien se aferró a la idea y la convirtió en algo importante. No dejaste de insistir en el certificado de matrimonio. Yo solo te di lo que querías. Pero he estado casado con Emily todo este tiempo".
Dejó que las palabras flotaran en el aire un momento antes de añadir: "Emily es partidaria del estilo de vida DINK, así que me hice una vasectomía hace años para evitar cualquier desliz. Pero ella dijo que si alguna vez veía a alguien amar a otro lo suficiente como para renunciar a su carrera, para cambiarlo todo de verdad solo por la oportunidad de tener una familia, entonces volvería a casa y tal vez incluso me daría un hijo. Bueno, Kristine, tú hiciste que eso fuera posible. Y ahora ella ya ha vuelto".
Mientras Benny hablaba de Emily, toda su expresión se suavizó, sin darse cuenta de lo hirientes que eran sus palabras para su interlocutora.
"No estoy ignorando lo que hiciste por mí, Kristine. Te enviaré esos diez millones como te prometí. Pero quiero algo a cambio. No te cases con nadie más. No soporto la idea de que lo que fue mío acabe con otro hombre después de todo lo que hubo entre nosotros. Si aún quieres verme, siempre que dejes en paz a Emily, te mantendré en la empresa en un puesto administrativo. Incluso haré tiempo para visitarte un par de días al mes. Seamos realistas, Kristine, no tienes ni las habilidades ni los contactos para salir adelante por ti misma. Dejar que yo me ocupe de ti es tu mejor opción", continuó Benny, con un tono de calma condescendiente.
Por primera vez, la chica escuchó de verdad mientras Benny soltaba su discurso, y solo hizo que se preguntara cómo pudo haber estado tan cegada por él antes. Se dio cuenta de que nunca lo había oído sonar tan arrogante e inconsciente.
"¿Así que esas son todas mis opciones? ¿Y si no quiero ninguna?", espetó Kristine, con voz fría. "Con quién me case no es asunto tuyo".
Benny replicó: "Entonces inténtalo y verás...".
Kristine no se molestó en dejarlo terminar. Colgó la llamada, bloqueando su número con una mirada furiosa.
Una risa amarga se escapó de sus labios. Así que Benny esperaba que ella se consumiera por él, sin seguir adelante, como si le debiera todo su futuro.
Todavía no tenía ni idea de con quién se estaba metiendo.
Sacó su celular, escribió un nuevo mensaje y se lo envió directamente a su asistente: "Mañana a las diez, que alguien me espere en el juzgado. Quiero casarme".





