La noche es larga y fría.
Finalmente, el silencio de la casa se rompe por los pasos de Mateo bajando las escaleras.
Ya no está borracho. Ahora su mirada es fría y calculadora.
«Levántate», me ordena.
Me pongo de pie, mi cuerpo tiembla por el frío y el miedo.
«Isabela dice que la miraste mal. Dice que la hiciste sentir incómoda en su propia casa».
«Esta es mi casa», susurro, mi voz apenas audible.
Una risa amarga escapa de sus labios.
«¿Tu casa? No tienes nada, Lucía. Vives aquí por mi caridad. Y ahora, me has faltado al respeto».
Me agarra del brazo y me arrastra hacia la puerta.
«Fuera».
Me empuja al frío de la noche. La fina tela de mi pijama no ofrece protección contra el viento helado de Jerez.
«Mateo, por favor. Hace frío».
«Quizás así aprendas a comportarte», dice, y cierra la puerta en mi cara.
Me quedo allí, temblando, mientras las luces de la casa se apagan una por una. La tos me sacude, cada bocanada de aire frío es como un cuchillo en mis pulmones.
Camino sin rumbo por los viñedos, la oscuridad me rodea.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que mis piernas cedan. Caigo al suelo, sin fuerzas, la conciencia se desvanece.
Lo último que recuerdo es el sonido de un coche acercándose y una voz familiar gritando mi nombre.
«¡Sofía!».
Despierto en una cama de hospital. La luz blanca me ciega.
Javier está a mi lado, su rostro lleno de preocupación.
«Tuve que buscarte toda la noche», dice, su voz suave. «Te encontré inconsciente cerca de la carretera. Tuvo una crisis respiratoria severa, Sofía».
Intento hablar, pero solo sale un susurro ronco.
«El frío...».
«Lo sé. Sofía, no puedes seguir así. El estrés y el esfuerzo físico están acelerando la enfermedad. Necesitas el trasplante ya. Y necesitas alejarte de él».
Asiento débilmente. Sé que tiene razón.
«Antes de... antes de irme, tengo que hacer algo», digo, con una determinación que no sabía que tenía. «Tengo que hacer que pague».
Javier me mira, sus ojos reflejan una mezcla de tristeza y comprensión.
«Te ayudaré», dice. «Pero primero, tienes que recuperarte. Y tienes que prometerme que te cuidarás».
Miro por la ventana, hacia el cielo gris.
Ya no queda tiempo para cuidarme. Solo queda tiempo para la verdad.





