Mi Imperio, Mi Revancha: De la Nada al Todo

El pánico se apoderó de la fiesta. La gente gritaba el nombre de Isabella, pero nadie se atrevía a saltar a la corriente furiosa.

Mateo, empapado por mi empujón y la cercanía al agua, me miró con una mezcla de shock y furia.

"¡Santiago! ¿Qué haces? ¡Sálvala! ¡Tú la amas!", gritó, intentando usar las mismas armas emocionales de siempre.

Isabella, luchando en el agua, también me vio. Su rostro, pálido por el miedo, mostró un destello de esperanza. "¡Santiago, por favor!".

Parecía que ellos también recordaban. Interesante.

Me detuve y los miré con una sonrisa fría.

"¿Yo? Soy solo el hijo del ama de llaves", dije en voz alta, para que todos escucharan. "Pero tú, Mateo, eres famoso en toda la región por ser el campeón de natación del club. ¿O es que tu valentía solo aparece cuando no hay peligro?".

El rostro de Mateo se puso rojo de vergüenza y rabia. Los murmullos comenzaron a extenderse entre los invitados.

Con la presión de todas las miradas sobre él, no tuvo más remedio. Maldiciendo por lo bajo, se lanzó al río.

Observé desde la distancia cómo luchaba contra la corriente. Logró alcanzar a Isabella y la arrastró hacia la orilla. Justo cuando llegaban, una rama afilada, la misma que me había lisiado a mí, le rasgó profundamente la pierna.

Un grito de dolor, esta vez de Mateo. El "héroe" había pagado el precio.

Me encogí de hombros y volví a la pequeña casa que compartía con mi madre en los terrenos de la hacienda.

Horas después, la puerta se abrió de golpe.

Era Isabella. Su cabello todavía estaba húmedo, su vestido de fiesta arruinado, pero sus ojos ardían con una furia que nunca le había visto en mi vida anterior.

"¿Cómo te atreviste?", siseó, acercándose a mí. "¿Por tu culpa, Mateo está herido! ¡Su pierna podría quedar dañada para siempre!".

"Ese fue el precio por salvar a la mujer que ama. Un precio que yo ya no estaba dispuesto a pagar", respondí con calma, sin levantarme de la silla.

"¡Tú eras mi plan B! ¡Mi red de seguridad!", gritó, perdiendo toda la compostura. "¡Siempre fuiste el tonto útil que me sacaría de cualquier apuro!".

"Las cosas han cambiado, Isabella".

Anuncié mi intención. "Mi madre y yo nos vamos de la hacienda. Mañana mismo".

La desesperación cruzó su rostro. No podía perderme, no todavía. Su plan dependía de tenerme cerca, de controlarme.

"¡No irás a ninguna parte!", me amenazó. Vio el viejo escapulario de plata que colgaba de mi cuello, un regalo de mi padre antes de morir. Con un movimiento rápido, me lo arrancó. El metal frío arañó mi piel.

"Esto me lo quedo yo", dijo, apretándolo en su puño. "Lo usaré para rezar por la recuperación de Mateo. Y tú te quedarás aquí, bajo mi control".

La miré, no con el dolor de la pérdida, sino con una fría determinación. Había cruzado una línea.

"Quédatelo", dije. "Rézale a todos los santos que conozcas. Los vas a necesitar".

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