La hierba funcionó.
Una semana después de mi boda con un hombre al que no conocía, Catalina despertó.
La noticia llegó como un milagro. Mi familia estaba eufórica. Mi padre no paraba de alabar a Mateo Vargas, llamándolo un santo. Mi madre lloraba de alegría.
Y yo... yo sentía un vacío extraño. Había sacrificado mi futuro por ella, y ahora ella volvía.
La familia organizó una gran fiesta de bienvenida en nuestra casa. El jardín se llenó de flores, luces y la gente más influyente de la ciudad. Todos querían ver a la "bella durmiente" que había vuelto a la vida.
Yo me quedé en mi antigua habitación, preparándome. Un amigo diseñador, conmovido por mi historia, me había creado un vestido de alta costura exclusivo. Era de un azul pálido, como el cielo al amanecer, y me hacía sentir, por un momento, casi hermosa.
Cuando bajé las escaleras, el murmullo de la fiesta se detuvo.
Todas las miradas se clavaron en mí.
Pero no en mí, sino en la mujer que estaba en el centro del jardín, riendo y recibiendo halagos.
Era Catalina.
Y llevaba puesto mi vestido.
Se lo había puesto sin preguntar, como siempre hacía. Se apropiaba de lo mío como si fuera suyo por derecho.
Me miró desde la distancia, con una sonrisa triunfante en los labios. Una sonrisa que decía: "He vuelto. Y todo vuelve a ser mío".
Adrián estaba a su lado, mirándola con una adoración que nunca me había dedicado a mí. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, solo vi desprecio. Como si yo fuera una usurpadora.
Me quedé paralizada a mitad de la escalera, sintiéndome desnuda y ridícula con mi ropa sencilla.
Mi padre se acercó a Catalina, radiante de orgullo.
"Hija, estás deslumbrante. Ese vestido parece hecho para ti".
Luego se giró hacia mí, con el ceño fruncido.
"Isabela, ¿por qué no has bajado todavía? No seas maleducada. Tu hermana es la protagonista hoy".
Su voz era un látigo. Apoyaba a Catalina, como siempre. La humillación era pública, deliberada.
Sentí que me ahogaba. Quería huir, esconderme.
Pero entonces, sentí una mano en mi espalda. Era Mateo.
No me había dado cuenta de que había llegado. Estaba a mi lado, su presencia sólida y tranquila.
No dijo nada. Solo me miró, y en sus ojos oscuros vi algo que no esperaba: comprensión.
Puso su mano en la mía y me guio escaleras abajo, atravesando la multitud que se apartaba a nuestro paso.
Nos detuvimos frente a Catalina y Adrián.
Catalina arqueó una ceja. "Vaya, vaya. Miren quién está aquí. Mi hermanita y su... salvador. Gracias por la hierba, Mateo. Y gracias por el vestido, Isa. Me queda mucho mejor a mí, ¿no crees?".
Su voz era dulce como la miel, pero sus palabras eran veneno.
Antes de que pudiera responder, Mateo habló. Su voz era baja, pero cortaba el aire.
"El vestido era un regalo para mi esposa. Te lo has puesto sin su permiso. Eso te convierte en una ladrona, Catalina".
El silencio que siguió fue absoluto. La sonrisa de Catalina se congeló. Adrián dio un paso adelante, protector.
"¡No te atrevas a hablarle así!".
Mateo ni siquiera lo miró. Sus ojos seguían fijos en Catalina.
"Devuélvele el vestido. Ahora".





