El olor a gas llenaba mis pulmones, espeso y dulce de una manera horrible.
Mi madre yacía en el sofá, ya inconsciente, y mi padre estaba desplomado en su sillón favorito, con el periódico aún en su regazo.
Yo era la última.
Mi hermana, Elena, nos había encerrado en la casa y abierto todas las llaves de la estufa.
Lo hizo mientras nos sonreía, diciéndonos que era por nuestro propio bien, que pronto seríamos libres de todas las deudas y el sufrimiento que ella misma había causado.
Su obsesión con las narconovelas finalmente nos había alcanzado. Ella no quería ser la heroína, no, quería ser la esposa del capo, la reina de un imperio de sangre y dinero.
Y para conseguirlo, creía que tenía que sacrificar a su familia.
Cerré los ojos, sintiendo cómo la oscuridad me envolvía. Mi último pensamiento fue de un profundo arrepentimiento. Debería haberla detenido antes.
Deberíamos haberla abandonado a su locura mucho antes.
…
Desperté con el sonido de sartenes chocando en la cocina.
El olor no era a gas, sino a huevos con chorizo.
Me senté de golpe en mi cama, con el corazón latiendo desbocado en mi pecho. Mi habitación era la misma, los pósters de la universidad en la pared, mi pila de libros en el escritorio.
Todo estaba como antes.
Me levanté y corrí a la cocina.
Mi mamá estaba de espaldas a mí, cocinando el desayuno, tarareando una vieja canción. Mi papá estaba sentado a la mesa, leyendo el periódico, con una taza de café en la mano.
Levantó la vista y me sonrió.
"Buenos días, mija. ¿Dormiste bien?"
Me quedé helada, mirando el calendario que colgaba en la pared.
Marcaba el 15 de abril.
Un año. Habíamos retrocedido un año completo. Hoy era el día. El día en que todo comenzaba. El día en que Elena arruinaría nuestras vidas por primera vez.
Esa tarde, mi hermana vería en las noticias que el famoso y temido jefe del cártel, "El Patrón" , daría una fiesta en su mansión a las afueras de la ciudad.
Obsesionada con la idea de seducirlo, Elena se colaría en la fiesta.
En su mente de telenovela, no bastaba con presentarse. Tenía que hacer una entrada dramática.
Vería a El Patrón junto a la piscina, y en un acto de supuesta torpeza seductora, lo empujaría al agua.
No contaba con que El Patrón llevaría puesto su reloj de oro Patek Philippe, una pieza de colección valorada en más de trescientos mil dólares. El reloj, por supuesto, se arruinaría.
El Patrón no se enamoraría de ella. La mandaría arrestar.
En nuestra vida pasada, mis padres y yo nos volvimos locos.
Vendimos la pequeña ferretería familiar, hipotecamos la casa que mis abuelos construyeron, pedimos dinero prestado a todos los que conocíamos.
Sacrificamos nuestro futuro para pagar la deuda de Elena y sacarla de la cárcel.
Pero ella no aprendió nada.
Para ella, solo era una prueba de amor. Su obsesión se intensificó. El acoso, las escenas, las deudas… cada error era más grande que el anterior.
Y todo terminó con nosotros tres, asfixiándonos con gas en nuestra sala.
Pero ahora… ahora estábamos aquí. Vivos.
Miré a mis padres. Sus sonrisas no llegaban a sus ojos. Había una sombra en su mirada, un cansancio que no estaba allí ayer.
"¿Ustedes…?" empecé a decir, con la voz temblorosa.
Mi madre se dio la vuelta. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero su expresión era dura, resuelta.
"Sí, Sofía. Lo recordamos todo" .
Mi padre dobló el periódico lentamente y lo puso sobre la mesa. Su voz era grave, firme como nunca antes la había oído.
"Esta vez" , dijo, mirándome directamente a los ojos, "no haremos nada. No moveremos un dedo por ella. Que se hunda sola" .
Un acuerdo silencioso se selló en esa cocina. Un pacto nacido de la traición y la muerte.
Esta vez, nuestra familia se salvaría.
Aunque eso significara sacrificar a mi hermana.
Esa tarde, tal como lo recordaba, Elena entró corriendo a la casa, con los ojos brillantes de emoción.
"¡No lo van a creer! ¡El Patrón dará una fiesta hoy! ¡Es mi oportunidad!"
Mis padres y yo nos quedamos en silencio, mirándola desde el sofá.
No hubo palabras de aliento. No hubo ofertas de ayuda.
Solo un silencio frío y pesado.
Elena pareció no notarlo, demasiado absorta en su fantasía. Subió corriendo a su habitación para prepararse, y nosotros nos quedamos abajo, escuchando los ruidos, como si fuéramos espectadores de una tragedia que ya conocíamos de memoria.
Esa noche no dormimos.
Esperamos.
Y tal como estaba escrito, el teléfono sonó en la madrugada.
Era la policía.





