En la opulenta hacienda de los Reyes, a las afueras de la Ciudad de México, mi voz cortó el silencio del atardecer.
"He pensado bien."
Mi padre, Ricardo, levantó la vista de su copa de tequila.
"Me casaré con el español en coma, el de los Castillo. Yo lo haré."
La sorpresa casi le hace soltar el vaso. Un alivio mal disimulado cruzó su rostro.
Sonreí, pero mi sonrisa no llegó a mis ojos.
"Tengo dos condiciones," continué, mi voz firme.
"Primero, los quinientos millones de euros del fideicomiso de mi madre. Los quiero en mi cuenta mañana."
"Segundo," hice una pausa, saboreando el momento. "Mi guardaespaldas personal, Alejandro de la Vega, será reasignado. Protegerá a tu querida hijastra, Camila."
Ricardo, que habría vendido su alma por salvar a Camila de ese matrimonio arreglado, no dudó.
"Hecho," dijo, su voz ronca por el alivio.
Esa noche, en la soledad de mi habitación, el recuerdo de la noche anterior me quemaba.
Tres años.
Tres años amando a Alejandro en silencio.
Tres años intentando romper su fachada de profesionalismo con coqueteos y sonrisas que él siempre ignoraba.
Ayer, todo se rompió.
Lo escuché hablar por teléfono en el jardín. Su voz, usualmente tan controlada, sonaba relajada, íntima. Hablaba con un amigo.
"Sí, soy yo, el heredero del imperio de la Vega," confesó con una risa. "Esta chamba de guardaespaldas es solo una fachada."
Mi corazón se detuvo.
"La conocí en una gala benéfica," continuó. "A Camila. Es un ángel. Tuve que encontrar una forma de estar cerca de ella."
Luego, habló de mí.
"¿Sofía? Es solo una niña mimada y vulgar. No vale ni un solo cabello de Camila."
El desprecio en su voz fue un golpe físico. Me apoyé contra la pared, sin aire.
Ese fue el momento. El momento en que decidí cortar todo.
El recuerdo de cómo empezó todo era una herida vieja. Mi madre acababa de morir. Yo era una adolescente sola en una casa enorme, ignorada por mi padre.
Alejandro fue asignado como mi protector.
Al principio, era solo una presencia silenciosa. Un hombre guapo y fuerte que me seguía a todas partes.
Pero en mi soledad, empecé a verlo como algo más. Un ancla.
Intenté hablar con él. Le contaba de mi día, de mis clases, de los libros que leía. Él solo asentía, sus ojos siempre alerta, nunca fijos en mí.
Una vez, tropecé en las escaleras. Él me sujetó con una fuerza increíble, su mano en mi brazo. Por un segundo, sentí un calor que no era mío.
"Gracias," susurré, mirándolo a los ojos.
"Es mi trabajo, señorita," respondió, soltándome al instante, su rostro inexpresivo.
Cada intento era un fracaso. Cada coqueteo, una humillación silenciosa. Pero seguí intentando, creyendo que bajo esa coraza había algo más.
Qué tonta fui.
Ahora entendía. Su corazón nunca estuvo disponible. Pertenecía a una ilusión, a un "ángel" llamado Camila.
Y yo no era más que un obstáculo molesto en su camino.
La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás. Me iría lejos de él, lejos de esta casa, lejos de todo el dolor.





