Mi esposo millonario: Felices para siempre

El departamento, una vez acogedor y lleno de calidez, ahora estaba desordenado. Su encanto había desaparecido por completo y ahora solo quedaba caos.

Linsey continuó empacando los artículos restantes en su maleta, con movimientos decididos: parecía que estaba dispuesta a borrar todo rastro de lo que había construido ahí.

Felix se quedó congelado por un momento, recorriendo con la mirada los escombros de la casa, con una expresión de incredulidad, antes de abalanzarse sobre ella.

"Linsey, ¿estás loca?", la cuestionó, alzando la voz por la frustración. "Me fui por un ratito, ¿y tú te pones así?".

Acto seguido, inhaló profundamente en un intento por controlar su ira y sentenció: "¡Te doy una hora para que dejes todo como estaba!".

La otra, imperturbable, empacó lo que tenía en las manos y luego se giró lentamente para encararlo. Su expresión era fría y distante; de hecho, daba la impresión de que estaba lidiando con un extraño.

"Felix, ¿no te has dado cuenta? A veces, cuando algo se rompe, es imposible repararlo. Nunca vuelve a ser igual", dijo, con una sonrisa burlona en los labios.

"¿Qué carajo estás tratando de decir?", contestó él, frunciendo aún más el ceño y con la impaciencia grabada en su rostro.

Linsey se percató de la audacia en sus palabras y se preguntó si de verdad no la había entendido. Pensó que tal vez los hombres como él creían que nunca se equivocaban.

Sin embargo, rápidamente desestimó la idea, pues era consciente de que su ternura siempre había estado destinada para otra persona: Joanna, la mujer a la que realmente amaba.

"Me abandonaste en el altar el día de nuestra boda, ignorando mi dignidad y mis súplicas. ¿Tienes idea de cómo se siente eso? ¿En algún punto te detuviste a pensar en mí? Me humillaron hasta el cansancio, ¿y aun así crees que solo estoy haciendo un berrinche?", declaró, con voz firme e imprimiéndole a cada palabra el peso de la situación, mientras le sostenía la mirada.

Ella no parpadeó en ningún momento y mantuvo sus ojos clavados en los del hombre. De repente, el dolor que había enterrado profundamente en su interior fluyó a la superficie; se le nubló la vista conforme las lágrimas brotaban. A pesar de ello, en ningún momento rompió con el contacto visual; su resolución era tan firme como el acero.

Al verla así, Felix sintió una punzada de culpa, pero fue fugaz; desapareció tan rápido como llegó. Luego desestimó ese sentimiento, como lo había hecho en incontables ocasiones.

A lo largo de los años, él la había lastimado repetidamente, pero ella siempre lo había perdonado, así que no veía la razón por la que las cosas debieran ser diferentes en esa ocasión.

Estaba seguro de que, con un poco de encanto, la mujer cedería como siempre; a fin de cuentas, esa era la dinámica entre ellos.

Con ese pensamiento, su ira se disipó y la remplazó con una sonrisa serena, que rayaba en la satisfacción.

"Linsey, está bien, lo entiendo. Estás enojada", comenzó en un tono suave y condescendiente. "Pero no por eso tienes que actuar así. Mira lo que le hiciste a nuestro hogar".

Después, suavizó su sonrisa y colocó sus manos en los hombros de la mujer, con fingida ternura. Intentó calmarla diciendo: "Vamos, pórtate bien. Ya te desahogaste, así que no hagas esto más grande, ¿de acuerdo? Es más, te propongo algo. Elegiremos otro día para nuestra boda, uno mejor, y te prometo que la ceremonia será aún más grandiosa y lujosa. ¿Qué dices?".

Linsey contempló atentamente la sonrisa de Felix. A pesar de que las palabras de este eran dulces, en sus ojos había una indiferencia escalofriante. De hecho, parecía que estaba seguro de que ella caería en su trampa y no podía culparlo, pues así se habían desarrollado las cosas entre ellos.

Soltó una carcajada silenciosa y llena de amargura. Le había dado tantas oportunidades que ahora él creía que no tenía que tratarla con respeto.

Esa constatación hizo que su expresión se volviera fría y distante. Sin decir palabra, se quitó de encima sus manos como si no fueran más que un peso molesto.

"No me toques, que me pones los pelos de punta", dijo ella con indiferencia.

Felix se quedó paralizado y abrió los ojos de par en par por la sorpresa, pues Linsey nunca le había hablado así.

"Felix, no habrá ninguna boda. De hecho, no tengo intención de continuar con nuestra relación. Vine para mudarme", continuó ella, en un tono tan frío como el hielo, cortando la tensión.

"¿Mudarte?", repitió él, todavía aturdido por su rechazo, frunciendo el ceño mientras su mente luchaba por procesar lo sucedido.

"Sí. Me voy ahora", respondió Linsey, con resolución.

Ante eso, Felix dejó escapar una risa hueca, como si acabara de escuchar un chiste absurdo. "¿Y a dónde vas a ir?".

Sabía perfectamente que ella no tenía familia a la que recurrir, ni una red de seguridad en la cual apoyarse. Aparte de ese departamento, ¡no tenía ningún otro lugar a donde ir!

Durante los últimos cinco años, su mundo entero había girado en torno a él, así que estaba seguro de que no podría dejarlo.

De hecho, consideraba todo ese numerito de "mudarse" como una artimaña para que se doblegara a su voluntad.

Sacudió la cabeza con incredulidad y abrió la boca para hablar, pero una voz a sus espaldas lo interrumpió.

Era Joanna.

"Felix, ¿no dijiste que te tomaría un minuto empacar y bajar? ¿Por qué tardas tanto?", resonó en el aire la voz de la recién llegada, que en ese momento entraba en el departamento. Cuando sus ojos se posaron en Linsey, parada frente a Felix, su expresión cambió a una de sorpresa. "¿Qué haces aquí?".

"Este es mi departamento, ¿no? ¿Por qué tendría que explicar qué hago aquí? La verdadera pregunta es qué haces tú aquí", replicó Linsey, con un tono frío y una mirada gélida.

"Me corté accidentalmente con un cuchillo de fruta, y Felix se preocupó tanto que insistió en quedarse conmigo unos días", explicó la otra, bajando la mirada, fingiendo inocencia y vergüenza. Luego, sus ojos se posaron en la maleta que estaba al lado de su interlocutora y jadeó dramáticamente, cubriéndose la boca con la mano.

"Linsey, ¿qué estás haciendo? ¿Estás enojada? Incluso si lo estás, esto no tiene sentido. Si estás molesta, puedes hablar conmigo. Me disculparé si eso te hace sentir mejor, pero no hay necesidad de que hagas todo esto".

"¿De verdad vas a disculparte? ¿Lo dices en serio?", soltó la aludida, con una sonrisa fría, casi cruel, dando un paso hacia ella.

Joanna, consciente de que Felix la observaba, siguió con su actuación. "Por supuesto, si esto te ayuda. De hecho, estoy dispuesta a hacer lo que sea", respondió con falsa sinceridad.

"De acuerdo. ¿Por qué no aprovechar tu oferta?", dijo Linsey, cuya sonrisa se ensanchó, aunque en sus ojos no había calidez, solo un frío calculador. "Ya que realmente quieres disculparte conmigo, no puedo rechazar tu amabilidad".

Acto seguido, y sin previo aviso, levantó una mano. El fuerte sonido de la cachetada rompió la tensión de la habitación, justo cuando la palma de Linsey se impactó contra el rostro de Joanna, dándole un eco de rotundidad a sus palabras.

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