La sonrisa de Ricardo se ensanchó, una mueca desagradable que pretendía ser encantadora.
Disfrutaba de la atención, del poder que creía tener sobre ella.
"De hecho, Elena, he estado pensando" , continuó, bajando la voz a un falso tono confidencial, aunque lo suficientemente alto para que los curiosos escucharan.
"Mi empresa está expandiéndose, siempre necesitamos gente con... ciertas habilidades manuales, si alguna vez te cansas de tu tiendita, podría ofrecerte un puesto, serías mi jefa de diseño personal, ¿qué te parece?" .
La oferta era un insulto envuelto en veneno, no le estaba ofreciendo un trabajo, le estaba ofreciendo una jaula dorada, una forma de volver a tenerla bajo su control, de demostrar que él seguía siendo superior.
Sofía se acurrucó contra él, pasando una mano por su pecho en un gesto posesivo y vulgar.
"Cariño, eres demasiado generoso" , ronroneó, luego miró a Elena con ojos de serpiente.
"Pero no creo que Elena esté a la altura, para trabajar contigo se necesita clase, algo que ella nunca tuvo" .
Acto seguido, Sofía jaló a Ricardo hacia ella y lo besó apasionadamente, un espectáculo grotesco y calculado para humillar a Elena, para restregarle en la cara lo que había perdido y lo que ella había ganado.
Elena los observó sin expresión, el beso no le provocó celos, sino un profundo asco, era como ver a dos alimañas devorándose.
Y entonces, otro recuerdo, más oscuro y doloroso que el de la boda, emergió de las profundidades de su memoria.
Pocas semanas después de la boda cancelada.
Ricardo había sufrido un "accidente" de coche, nada grave, pero los médicos dijeron que tenía amnesia selectiva.
No recordaba los últimos meses, no recordaba a Sofía, no recordaba haberla abandonado.
Solo la recordaba a ella, a Elena, su prometida.
Cuando ella fue a verlo al hospital, él la miró con ojos llenos de una confusión que parecía genuina.
"Elena, mi amor, ¿qué pasó? ¿Por qué todos me miran así? ¿Dónde está mi anillo?" .
Ella, con el corazón todavía hecho pedazos, se aferró a esa pequeña y cruel esperanza, quizás fue un error, una locura temporal, quizás el hombre que amaba todavía estaba allí, atrapado en una mente confundida.
Cuidó de él, creyó en su amnesia, creyó que podían reconstruir lo que se había roto.
Pero una tarde, al llegar al hospital antes de lo esperado, se detuvo frente a la puerta de su habitación al escuchar voces dentro.
Era Ricardo, y estaba hablando con Sofía.
No había confusión en su voz, solo una fría y calculadora claridad.
La puerta estaba entreabierta, y Elena se quedó paralizada, escuchando la conversación que terminaría de destruir su vida.
"¿Estás seguro de que funcionará, Ricardo? ¿Qué pasa si se da cuenta?".
La voz de Sofía era un susurro ansioso.
La respuesta de Ricardo fue una risa baja y cruel, un sonido que se le grabó en el alma.
"Tranquila, mi vida, esa tonta de Elena se tragó todo el cuento de la amnesia, es tan noble y estúpida que cree que puede 'curarme' con su amor, mientras tanto, su padre, conmovido por mi 'tragedia' , está moviendo sus influencias para ayudarme a conseguir el préstamo para la nueva fábrica textil, una vez que tenga el dinero en mis manos, le diré que 'recuperé' la memoria y que me doy cuenta de que te amo a ti, será un golpe final para ella, pero nosotros seremos ricos" .
Sofía soltó una risita.
"Eres un genio, mi amor, siempre consigues lo que quieres" .
"Y te quiero a ti, no a una diseñadora sin ambición que se conforma con un tallercito de mala muerte, tú y yo, Sofía, conquistaremos el mundo" .
El aire abandonó los pulmones de Elena, se apoyó contra la pared fría del pasillo, el sonido de su corazón roto era un estruendo en sus oídos.
No fue un error, no fue una locura.
Fue un plan.
Una conspiración fría y metódica para usarla, humillarla y desecharla.
La amnesia era una mentira, su amor era una mentira, todo era una mentira.
El dolor fue tan inmenso, tan físico, que sus piernas cedieron.
Se deslizó por la pared hasta el suelo, ahogándose en un sollozo silencioso, el mundo se volvió negro.
Cuando despertó, estaba en la cama de su infancia, en casa de sus padres, su hermano le contó que la habían encontrado desmayada en el hospital.
No dijo nada sobre lo que había escuchado, el dolor y la vergüenza eran demasiado grandes.
Días después, su familia, al verla consumida, pálida y sin vida, tomó una decisión.
La enviaron fuera del país, a Europa, para que estudiara, para que se alejara del veneno que eran Ricardo y Sofía, para que tuviera una oportunidad de sanar y empezar de nuevo.
Fue su exilio y, sin saberlo, su salvación.
La imagen de Ricardo y Sofía besándose frente a ella en el evento de moda se superpuso con el recuerdo de sus voces conspirando en esa habitación de hospital.
La Elena del presente miró al hombre que la había engañado de la forma más vil.
Y una calma glacial la invadió.
La hora de la justicia había llegado.





