Pasaron tres días. Tres días de silencio, de llamadas ignoradas y de mensajes sin respuesta. Mis padres se quedaron conmigo, moviéndose por la casa en silencio, como si temieran romper algo más.
Al cuarto día, Sofía apareció en la puerta de mi piso. El piso que debíamos compartir.
Llevaba la misma ropa que el día de la boda, ahora arrugada y sucia. Su pelo estaba desordenado y tenía ojeras profundas.
«Mateo, lo siento tanto».
Su voz era un susurro.
La dejé entrar. Se quedó de pie en medio del salón vacío, rodeada de cajas de mudanza sin abrir.
«Leo estuvo muy grave. Los médicos dijeron que casi no lo logra».
Esperaba que yo la consolara, que la abrazara como siempre hacía.
Pero algo dentro de mí se había roto en ese altar.
Me senté en una de las cajas y la miré con una calma que me sorprendió a mí mismo.
«Se acabó, Sofía».
Ella parpadeó, confundida.
«¿Qué? No, Mateo, escúchame. Fue una emergencia. Él me necesitaba».
«Y yo no, ¿verdad?».
«No es eso. Tú eres fuerte, tienes a tu familia. Él no tiene a nadie».
La misma excusa. La misma manipulación. Pero esta vez, sus palabras no me afectaron. Solo sentí un frío inmenso.
«He estado pensando estos tres días», dije, mi voz plana. «He pensado en los cinco años. En todas las veces que cancelaste nuestros planes por él. En todo el dinero que te di para sus 'emergencias'».
Ella retrocedió un paso.
«No es justo, Mateo. Él está enfermo».
«Lo nuestro está enfermo, Sofía. O mejor dicho, muerto. Quiero que te vayas».
Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo. Lágrimas que ya no me creía.
«No puedes hacerme esto. Te quiero».
Me levanté y caminé hacia la cocina. Abrí un cajón y saqué una libreta y un bolígrafo.
«Tenemos que dividir las cosas», dije, volviendo al salón. «El dinero de la entrada del piso lo puse yo. Los muebles los pagamos a medias con una cuenta conjunta. Tenemos que calcularlo todo».
Ella me miró como si estuviera loco.
«¿Estás hablando de dinero? ¿Ahora?».
«Sí. Ahora. Es lo único que nos queda por hablar».
«¡No quiero el divorcio! ¡Fue un error!».
«No fue un error», la corregí. «Fue una elección. Y tú elegiste a Leo. Ahora asume las consecuencias».
Le acerqué la libreta. Ella no la tomó.
«Vete, Sofía. Recoge tus cosas y vete. Hablaremos a través de abogados».
Ella empezó a sollozar, un sonido fuerte y desesperado.
«¡No puedes ser tan cruel!».
La ignoré. Fui a la ventana y miré a la calle. Me sentía vacío, pero también extrañamente ligero.
Cuando finalmente escuché la puerta cerrarse, me di la vuelta. El salón estaba vacío de nuevo.
Cogí un cojín del suelo, el único mueble que habíamos comprado juntos, y lo lancé contra la pared con toda mi fuerza.
Luego me dejé caer en el suelo, y el dolor que había mantenido a raya durante tres días me golpeó de lleno.





