Mi Esposa, Mi Verdugo

Sofía llegó a casa horas después, cuando yo estaba a punto de irme, entró como una tormenta, su cara era una máscara de furia.

"¿Cómo te atreviste a humillarme así?", gritó, arrojando su bolso de diseñador al suelo. "¡Arruinaste todo! ¡Toda la prensa estaba allí! ¡Ahora soy el hazmerreír de todo México!".

La miré, y por primera vez, no sentí amor, ni dolor, solo un vacío frío.

"¿Tú hablas de humillación?", respondí con calma. "¿Después de anunciar públicamente que te acuestas con otro y esperas un hijo suyo?".

"¡No entiendes nada!", insistió, acercándose a mí. "¡Era un plan! Miguel Ángel es un noble, tiene conexiones, nos iba a llevar a la cima, ¡una cima que tú nunca podrías alcanzar con tu mentalidad de pobre!".

A pesar de todo, una parte de mí, una parte estúpida y rota, todavía quería salvar algo de los escombros.

"Escúchame, Sofía", dije, mi voz más suave de lo que pretendía. "Olvida a ese tipo, despídelo, podemos irnos de viaje, empezar de nuevo, solo nosotros dos".

Ella se rio, una risa amarga y cruel.

"¿Empezar de nuevo? ¿Contigo?", dijo con desdén. "Ricardo, por favor, no seas patético, lo nuestro se acabó hace mucho tiempo, solo que eras demasiado tonto para darte cuenta".

Mis ojos se posaron en un frasco de vitaminas prenatales sobre la cómoda, las había visto antes pero no les di importancia, pensé que eran parte de su nuevo régimen de salud.

"¿Estás embarazada?", pregunté directamente, aunque ya sabía la respuesta.

La pregunta la tomó por sorpresa, su arrogancia vaciló por un segundo. Luego, una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

"Sí", dijo, casi con orgullo, acariciando su vientre plano. "Estoy embarazada".

Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies.

"Y es de Miguel Ángel", añadió, paladeando cada palabra, disfrutando de mi dolor.

Me quedé sin aire, el dolor era físico, una presión insoportable en el pecho.

"¿Por qué?", fue lo único que pude susurrar.

Y entonces, dijo las palabras que me romperían para siempre, las palabras que revelaron la verdadera podredumbre de su alma.

"Para mejorar la raza, Ricardo", dijo con una naturalidad escalofriante. "Miguel Ángel tiene sangre noble, sangre española pura, nuestro hijo tendría lo mejor de ambos mundos, su linaje y mi ambición, no la sangre de un plebeyo como tú, un boxeador de barrio".

La náusea me subió por la garganta, un asco tan profundo y violento que tuve que apartarme. La miré como si fuera un monstruo, una criatura extraña y deforme que había estado viviendo a mi lado.

"Estás enferma", le dije, retrocediendo.

"No, estoy evolucionando", corrigió ella, su voz llena de una convicción demente. "Tú me sacaste del barrio, te lo agradezco, pero te quedaste estancado ahí, yo aspiro a más, a la realeza, a la historia, algo que tú y tu familia de gente común nunca entenderían".

Me aparté de ella, ya no podía soportar su presencia, su perfume, su voz, todo en ella me causaba una repulsión física.

"Lárgate de mi casa", siseé.

"¿Tu casa?", se rio. "Legalmente, la mitad de todo esto es mío, Ricardo, y pienso quedarme con cada centavo, Miguel Ángel y yo construiremos nuestro imperio sobre las ruinas del tuyo".

Su descaro, su total falta de remordimiento, era algo que mi mente no podía comprender, era como hablar con una extraña, una sociópata vestida con ropa de miles de dólares. La mujer de la que me enamoré, la chica con sueños en los ojos, había sido devorada por este monstruo de vanidad y ambición. O quizás, el monstruo siempre estuvo ahí, y yo, ciego de amor, me negué a verlo.

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