Los guardias de la propiedad, que momentos antes no habían aparecido, los mismos que tampoco habían estado al tanto de la oscuridad en mi bungalow, vinieron como en manada y me levantaron del suelo. Cuatro de ellos, aunque solo dos me sostuvieron, los otros miraban horrorizados la escena.
Yo temblaba, lloraba y me convulsionaba sobre Roman, el guardia de mi abuelo, el más cercano conmigo. Ya tenía sus años pero seguía siendo protector.
El acariciaba mi espalda con cariño y evitaba que yo siguiera viendo, como la sangre coloreaba el suelo de mi piscina, en el que yacía mi adorado abuelo, ahora muerto. Él era el guardia de mayor confianza para todos. Y después estaban los demás. Unos mejores que otros.
Todos cumplían un rol que yo ignoraba.
De un momento a otro, cada uno tomó una conducta distinta y así, repartían el trabajo que tenían de imprevisto.
Unos llamaban una absurda ambulancia, que ya no tenía sentido alguno, pues al abuelo no vivía. Otros a la policía y Roman cuidaba de mí.
No supe cuando ni cómo. Solo sé, que minutos después, me ví en el salón de la casa principal siendo interogada por la policía, que aseguraba que mi abuelo, había sido asfixiado con alguna cuerda que no habían encontrado. Las huellas que allí debían estar, no podían ser identificadas, pues el arma homicida no aparecía.
La sangre en mis manos y en mi ropa, se veía sospechoso según ellos y ya les había explicado, que me tropecé y caí sobre mi abuelo.
Me parecía casi una falta de respeto, que sugirieran algo así, ignorando el dolor que me quemaba por dentro.
Mis tíos Manu y Karla, habían aparecido después y la tía no podía dejar de llorar... Su padre había muerto.
Su marido la consolaba, sentados en el sofá más apartado de la sala y aparte de ellos, nadie más, había aparecido.
Por más que llamaron a Bianca, no respondió. Hacía tiempo ya, había borrado el contacto de Marcos, por lo que no podía usarlo a él para dar con ella. Tocaba esperar.
La llamada con mis padres fue dolorosa. No podía hablar casi y mi papá estaba destruido por la situación del abuelo y por lo peligroso que podía ser todo. Incluso preocupado por mi seguridad y la de mi bungalow.
Alguien había entrado en una propiedad tan custodiada y matado a sangre fría a mi abuelo.
Habían cortado la luz de mi casa y burlado los guardias de la propiedad, incluso lo perros habían sido controlados de alguna manera, pues estaban sueltos y ni siquiera habían ladrado.
¿Cómo había sido posible eso?...
Pues con bastante tiempo de por medio.
Eso era algo, que descubriríamos después.
No habían querido llevar la contraria a mi abuelo y supuestamente, mi tío Manu, se ocupó de todo el tema de cremación y velatorio de las cenizas del abuelo. Justo como él lo dejó ordenado. No sabía en qué documentos. Pero no podía ni quería saber esos detalles ahora. No era el momento y luego no tendría ninguna lógica. Ya estaba hecho.
Éramos una familia demasiado conocida y aunque tratábamos de evitar a la prensa, en un caso como este, se hizo difícil. Se nos llenó la calle de reporteros.
Mi vestido negro, mis botas grises y mis espejuelos de sol, grandes y oscuros, definían mi tristeza y mi luto. El dolor no podía verse, pero mi expresión corporal lo dibujaba bastante bien.
Decidieron hacer la ceremonia en uno de los jardines traseros de la casa y allí estaba yo... Sentada en la primera fila, sin poder dejar de ver las dos gigantografías de mi abuelo, que acompañaban la base alta de madera oscura, dónde roposaba la urna con las cenizas.
Verlo reducido a aquel polvo me partía el alma.
Horas después, muchas hipócritas condolencias mas tarde y con una desolación incontrolable, subí al podio improvisado para despedir a mi abuelo y como pude, expresé toda mi admiración por aquel ser que tanto amé y que tanto me quiso.
Ese fue, el final de una era, me atrevo a decir... Lo que vino después de eso, fue mucho más que lágrimas.
Cuando alguien tan querido muere, esperas que el dolor te acompañe un tiempo, hasta que aprendas a lidiar con él.
En mi familia no había sido así.
Todos una vez que se cerraron las puertas de la propiedad, la prensa se retiró y el abuelo fue llevado hacia el cementerio a descansar al lado de la abuela, hicieron punto y aparte y salvo mi padre y la tía Salime que había llegado de París con urgencia y se veía devastada, el resto continuó como siempre. No sé cómo lo hicieron; pero lo lograron.
Habían pasado dos días ya.
Ni me quitaba la bata de dormir, porque no salía de mi casa, de mi cama y de mi pena.
Solo Coolen, mi primo amado, pasaba sus horas conmigo. El estaba menos afectado, pero me acompañó en mi dolor. Pasábamos horas hablando del abuelo o recordando la infancia que nos dió y eso, me hacía sentir que seguía cerca. Los recuerdos son vivencias a cualquier instancia y están disponibles en cualquier momento que los quieras volver a vivir.
— Tenemos que ir a la casa principal Sammy, van a leer el testamento y el notario llega en dos horas con la desición del abuelo — mi primo, me revolvía en el colchón para que me levantara.
— No quiero, ve tú y me cuentas — dije, desde abajo de mi almohada. Tapando mi cuerpo con capas de seda roja, ocultando mi hastío por la situación.
— Sabes que eso no es posible. ¡Venga!...
Fue tanta su motivación, y tanta la molesta insistencia, que al final claudiqué.
El sabía ser persuasivo.
Me metí a la ducha, aseé mi cuerpo y lavé incluso mi pelo rubio cenizo. Hasta mi cabello se veía apagado y triste. Toda yo era un reflejo de mi dolor.
Tomamos un café en mi cocina y cuando estuve lista, otra vez de negro y con el pelo seco y recogido y mis ojos azules menos rojos por el logrado control del llanto, nos fuimos a la casa principal, a leer el maldito testamento.
— Hola familia — dijo Coolen con su característico buen carácter y entramos siendo saludados por todos. Yo no dije nada, no tenía el ánimo y tampoco consideré que fuera necesario.
Como éramos tantos, no cabíamos en el despacho. Habían sacado una mesa para el salón y todos nos acomodamos esperando a que leyeran el dichoso testamento.
No podría contaros como fue todo aquello. Aunque quisiera no podría, porque fue tan grande lo que sucedió allí, que solo puedo decir, que el dinero es algo, que controla los sentimientos. Que motiva los pecados capitales y corrompe las almas más limpias. El dinero es algo tan tóxico, que ni siquiera vemos cuán intoxicados estamos, hasta que se nos tranca la glotis y morimos de asfixia... Metafóricamente hablando, claro está.
Cuando se trata de dinero, la humanidad desaparece o merma bastante. Las personas olvidan que son familia o seres queridos y empieza la lucha por el poder.
Increíblemente, mi abuelo había destinado toda su fortuna, que era muchísima, solamente a mí.
Todas y cada una de las propiedades, me pertenecían y nadie podía mover un dedo sin mi consentimiento. Estaba en shock.
— ¿Perdón? — aquella expresión salió de mi boca, y más de uno me miró con recelo y envidia — eso no puede ser. Lea bien, tiene que haber algún error.
— Su abuelo cambio su testamento hace dos meses, señorita y este es el que está validado y el que es efectivo ahora mismo. Usted es la heredera universal de todo el patrimonio Morrison — confirmó el notario y no supe ni como reaccionar.
Todas las miradas sobre mí. Todo el odio reflejado en rostros envidiosos, innecesariamente, me veían a mí. Nadie, ni siquiera yo, entendía como podía haber hecho algo así el abuelo. Estábamos poderosamente asombrados.
— Pues la rechazo. No quiero nada. ¿Quien es el siguiente heredero?
Aquella pregunta llevó al caos total.
Todos empezaron a discutir, sin ningún cuidado.
Muchos me acusaban de mosquita muerta. Mis padres me defendían como fieras. Otros estaban descolocados y exigían una explicación.
Bianca y Coolen, afirmaban que tenía que recibir la herencia, que era lo que dispuso el abuelo y no podía negarme. Todos habían armado una escandalosa situación, de la que solo salimos, cuando un intruso, ajeno a la familia, dió los buenos días.
Rubio, de traje oscuro, gafas negras, boca sexy. Ojos oscuros y penetrantes. Manos viriles y labios carnosos. Todo un misterio y potente aspecto, acompañaba al rubio que dejando las manos dentro de sus bolsillos, se acercó al notario y le dió la mano. A modo de saludo.
— Soy Aarón Stanley, albacea y heredero universal del señor Edmund Morrison...
Aquello ya fue, lo que casi nos provoca un infarto masivo y en colectivo.
Ni siquiera pudimos salir de aquel estado, cuando el notario prosiguió...
— Por orden testamentaria, todo este patrimonio será manejado, solamente por los señores Aarón Stanley y mi nieta Samantha Morrison, después de contraer nupcias y bajo el apellido Morrison, que el señor Aarón aceptará adoptar. Deberan casarse a las setenta y dos horas de mi muerte y desde ahí, gobernar el imperio Morrison. De no estar de acuerdo, todo será donado al gobierno y deberan abandonar las propiedades hoy mismo — estaba a punto de gritar y el siguió — el señor Edmund dijo lo siguiente... « No tengo porque explicar lo que he hecho con mi fortuna, pero espero que un día entiendan mi postura. Confía en mí, Sammy»
Aquellas fueron las palabras que cerraron el testamento de mi abuelo.
Silencio total. Nadie decía nada y todos se miraban entre sí.
Bien podía largarme y alquilar un estudio para vivir y seguir con mi negocio, pequeño pero mío, al margen de mi familia y toda esta locura,¿Pero qué clase de persona sería si hiciera eso?
Mi abuelo siempre fue alguien sensato y no creo,que hubiese hecho algo así, de la nada.
Sus últimas palabras me convencieron. Aquel, confía en mí Sammy, me hizo suya.
A partir de aquel momento, dejé de ser mía, para pertenecerle a otro. Eso sería algo, que descubriría mucho, mucho tiempo después.
— ¡Supongo que tenemos que asistir a una boda!
Todos me miraron cuando me levanté y dije aquellas palabras y Bianca sonreía, supongo que por ser quien organizaría todo o por el tremendo rubio, que se acercó a mí y tomándome una mano, besó mis nudillos y dijo...
— Sí...quiero.





